28 septiembre, 2019

Para leer dándolo todo

Diarios del capitán Hipólito Parrilla de Rafael Spregelburd

Yanina Giglio por Yanina Giglio En Reseña

Quizás solo haya una razón para leer diarios ajenos: su actualidad. ¿Qué podría haber de contemporáneo en las memorias de un colono español? Diarios del capitán Hipólito Parrilla, de Rafael Spregelburd (Entropía, 2018) logra, como un f5 imprescindible, traer y retrotraer la misma idea/rutina/condena sísifa: nada ha cambiado en ese habitus esencial al ser humano. “La rutina es una sepulturera” diría la dramaturga y bióloga Carina Maguregui, acaso la mejor descripción posible sobre el arco narrativo de esta pieza filosofal.

El tema central de la obra será la violencia, y todas sus ramificaciones prodigiosas, absurdas y posibles dentro de un ambiente natural maravilloso que dejará siempre sin las palabras justas (o estructura psíquica) al narrador. El capitán Parrilla y su etnocentrismo europeo imperante no podrá resistir ante el embate de pajonales, tierra colorada, fauna diversa, pantanosos caminos irreductibles. Todo un mundo que lo ve, a él: “al gran observador”; y le apunta: al “puntero” y lo pone en constante ridículo justamente a él: el capitán.

El hombre es un desubicado, un utilitarista del rango más extremo; el capitán Parilla, también es un hombre. ¿Qué hubiera pasado con nuestra humanidad si en lugar de servirse de la Tierra, le sirviéramos a ella? ¿Estaríamos a tiempo? Preguntas que ruedan, como las ropas inadecuadas que el capitán transpira en la actual provincia de Formosa, pero que nunca acaba por deshacerse de ellas; las ropas vuelven a su cuerpo, como la desidia en su interior. A propósito, ¿cómo se escribe en la piel de un hombre de más de 500 años? Rafael Spregelburd es también (o a su vez) actor, cineasta, guionista, dramaturgo, docente y traductor; un artista excepcional por su versatilidad y brillantez, entonces ¿qué procedimientos de escritura pone a jugar en esta memoire?

Bien, por un lado, al ser —en la “vida real”— el actor que en el filme Zama (Lucrecia Martel, 2017) interpretó al capitán Parrilla y por otro, al tratarse de una “presunta bitácora” de aquel rodaje, podemos pensar en la utilización de una técnica de las Ciencias sociales, más específicamente de la Antropología social, llamada “observación participante”. Esta metodología que culmina como acción participativa, es una de las técnicas más completas, ya que además de realizar un proceso de observación, elabora propuestas y soluciones. Aún más elaborada es en la descripción densa, y similares recursos se hallan en el realismo literario contemporáneo, cuando un autor/a convive en inmersión total en el mundo del cual quiere reunir vivencias para sus personajes, con la adopción de un rol; un ejemplo muy conocido es el de Mark Twain, con su libro La vida en el Misisipi. Esta obra de Spregelburd puede que sea el resultado de este procedimiento, pero en sentido inverso: devenir sujeto cargado del acervo histórico, para devenir personaje, para devenir libro, para devenir en la mirada del otro, siendo múltiples otros, porque todo lo que vemos nos ve.

 

Quizás solo haya una razón para leer diarios ajenos: su actualidad. Pero no, no la hay. Quizás el racionalismo, el iluminismo contaminaron la primera lectura crítica. No hay razón para leer, no seamos mercaderes del arte. Habrá que dejar pasar todo resabio cartesiano en nuestras miradas occidentales post coloniales para volver a leer Diarios del capitán Hipólito Parrilla sin fines; como un ejercicio rítmico (la musicalidad en la obra merece completísima reseña aparte) de empatía y desinteresado, sin primeras ni segundas intenciones, sin pedir nada a cambio, al contrario, como lo hace su autor: dándolo todo.

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