23 julio, 2019

Delmira Agustini: la poeta de fuego

por Víctor Pedro Giménez

Redacción por Redacción En Ensayo, Poesía

Integrante de la llamada Generación del 900, Delmira Agustini fue una poeta modernista uruguaya que nació en Montevideo el 24 de octubre de 1886. Si bien su familia (de carácter muy tradicional, propio de las familias de clase media alta de la época) observaba una conducta muy conservadora y estricta, esto no impidió que Delmira tuviera la posibilidad de una sólida formación cultural y artística y fuera muy libre para desarrollar su creatividad. Compuso poemas desde los diez años mientras estudiaba francés, dibujo, pintura y música. Sus padres, Santiago Agustini Medina (uruguayo, 1856-1925) y María Murtfeld Triaca (argentina, 1859-1934) siempre le brindaron pleno apoyo a sus intereses artísticos y culturales.

A sus dieciséis años, en 1902, comenzó a publicar sus poemas en las revistas La Alborada y Rojo y Blanco de Montevideo. Al año siguiente y con el seudónimo Joujou inició, en La Alborada, una sección llamada Legión Etérea, en la que se ocupó de trazar perfiles de mujeres destacadas en el ámbito cultural y social de la sociedad uruguaya de la época. Fue en estos retratos de esas mujeres donde comenzó a tratar de visibilizar algo que si bien estaba presente se ocultaba sistemáticamente, las nacientes inquietudes de la mujer como actor social. Y así también comenzaron a aparecen la concepción y dimensión que Delmira tenía de lo femenino, concepción y dimensión que incluían el deseo y el cuerpo como materialidad. Presentó a las damas de la burguesía destacando sus cualidades e inclinaciones culturales y artísticas como mujeres luchando por ganar visibilidad tanto en el entorno social como en el cultural y artístico. Una de las mujeres retratadas por Delmira fue la poeta María Eugenia Vaz Ferreira (uruguaya, 1875-1924), quien junto con Delmira y con Juana de Ibarbourou son consideradas las principales poetas uruguayas.

A los diecinueve años, en 1905, se comprometió con Amancio D. Solliers, periodista uruguayo, y mantuvieron una relación que duró un año.

En 1907 representa el papel femenino en Le Luthier de Crémone, comedia en verso de 1876 del poeta, dramaturgo y novelista francés François Édouard Joachim Coppée (1842-1908), a beneficio de los damnificados por el terremoto acaecido el año anterior en Valparaíso, Chile.

Ese mismo año publicó su primer libro, El Libro Blanco. Frágil, que fue editado por Orsini M. Bertani, con prólogo del escritor Manuel Medina Betancort (1882-1949, Canelones, Uruguay) y carátula del pintor italiano Alphenore Goby. Esta obra fue muy bien recibida por la crítica aunque su temática claramente erótica contrastaba fuertemente con los estereotipos femeninos de la época, marcados por el costado puritano y conservador en cuanto a la sexualidad y la deferencia entre los sexos. Pero la sociedad montevideana era, en esos momentos, una sociedad que también poseía un costado progresista y libertario. Por esos años, y sobre todo durante los gobiernos de Battle y Ordoñez (1903-1907, 1911-1915), se produjeron importantes reformas: la primera ley de divorcio del continente (1907) y la creación de la Universidad de Mujeres (1912). Así las cosas su talento e intelectualidad fueron bien recibidos pero se intentó neutralizar su voz poética enfatizando su belleza física y adjudicándole cierta aura etérea, con lo que se le construyó, entre sus contemporáneos, rasgos míticos al nombrarla como “la niña virginal” o “la pitonisa de Eros” para “justificar” su escritura como si fuera producto del instinto y no de su intelectualidad.

Pero nada de esto impidió que muchas figuras intelectuales y sobresalientes de la época reconocieran su talento y se acercaran a ella. De este modo estableció contacto con Juan Zorrilla de San Martín (1855-1931), Carlos Vaz Ferreira (1872-1958), Rubén Darío (1867-1916), Julio Herrera y Reissig (1875-1910), Manuel Ugarte (1875-1951) y Samuel Blixen (1867-1909) entre otros. En 1910 publica su segundo libro, Cantos de la Mañana, también editado por Orsini M. Bertani y prologado por el poeta uruguayo Manuel Pérez y Curis (1884-1920). Con esta obra se consolidó su prestigio como poeta y llegó a ser elogiada por Rubén Darío, a quien conoció personalmente en 1912 durante una visita del nicaragüense a Montevideo. Este contacto se mantuvo epistolarmente durante un tiempo.

El tercer libro de Delmira, y el último que publicó en vida, apareció en febrero de 1913. Fue editado por Orsini M. Bertani y se tituló Los Cálices Vacíos, fue ilustrado con una carátula del pintor uruguayo Carlos A. Castellanos (1881-1945) y contuvo, a manera de prólogo, un “Pórtico” que Rubén Darío escribió luego de conocer a Delmira. Se trató del poemario de mayor contenido erótico de los publicados por Delmira, sus poemas resultaron escandalosos debido a que su autora fuera una mujer joven y soltera y se consideraba obsceno que la mujer fuera sujeto de deseo, aunque sí se aceptaba que fuera objeto deseado. Y sus versos apuntaban, mediante el uso de elementos culturales de la época exaltar un sujeto femenino nuevo y complejo, poseedor de un erotismo propio y personal, y distinto del impuesto por la tradición literaria masculina, precisamente a confrontar con un paradigma machista que cosificaba la sexualidad de la mujer. Delmira, en esta obra, habla de sus experiencias como mujer subvirtiendo imágenes y conceptos del modernismo de manera totalmente novedosa.

Ese mismo año en agosto, y tras cinco años de un noviazgo clandestino, se casó con Enrique Job Reyes. Fueron testigos del acto civil Juan Zorrila de San Martín, Carlos Vaz Ferreira y el escritor argentino Manuel Ugarte (curiosamente con éste último Delmira mantuvo un curioso apasionamiento del que atestigua el contacto epistolar que mantuvieron). El matrimonio duró apenas un mes y medio. Y la separación acentuó la relación con Ugarte, relación que ya había comenzado hacía algunos años.

Enrique Reyes, que tal vez haya conocido a Delmira alrededor de 1908, era un hombre que no pertenecía al ámbito intelectual, se dedicaba a la compra y venta de caballos, era de naturaleza algo agresiva y no dedicaba ningún interés por el talento poético de Delmira. Más bien pretendía que ella abandonara la escritura.

En noviembre del mismo año en que se casaron, Delmira inició una demanda por divorcio. Reyes no se presentó al juicio de conciliación y Delmira insistió en su demanda. Ante esto Reyes aceptó la disolución del matrimonio y el juez emitió el fallo definitivo de disolución. Todo esto ocurrió entre octubre de 1913 y junio de 1914. Sin embargo, en pleno trámite de divorcio, Delmira y Enrique se encontraban en secreto en un departamento que Enrique alquilaba en Montevideo. En uno de estos encuentros, el 6 de julio, discuten fuertemente y Enrique la asesinó disparándole dos veces en la cabeza, suicidándose luego. Todo esto ocurrió en una habitación que Enrique tenía repleta de fotografías, pinturas y otros objetos de Delmira. Sin lugar a dudas se trató de un femicidio prototípico, producto de un entorno machista que no toleraba la libertad e independencia femenina en ámbitos como el de la sexualidad, el erotismo y la intelectualidad, entre otros. Diez años después, en 1924, fueron publicados Los Astros del Abismo y El Rosario de Eros, ambas obras ya habían sido anunciadas por Delmira, en una edición a cargo de Maximino García con la colaboración de familiares de Delmira. También póstumamente, en 1969, se publicó Correspondencia Sexual.

En 1992 los restos de Delmira Agustini fueron trasladados al Panteón Nacional.

 

Lo inefable

Yo muero extrañamente… No me mata la Vida,
No me mata la Muerte, no me mata el Amor;
Muero de un pensamiento mudo como una herida…
¿No habéis sentido nunca el extraño dolor

De un pensamiento inmenso que se arraiga en la vida,
Devorando alma y carne, y no alcanza a dar flor?
¿Nunca llevasteis dentro una estrella dormida
Que os abrasaba enteros y no daba un fulgor?…

Cumbre de los Martirios!… Llevar eternamente,
Desgarradora y árida, la trágica simiente
Clavada en las entrañas como un diente feroz!…

Pero arrancarla un día en una flor que abriera
Milagrosa, inviolable!… Ah, más grande no fuera
Tener entre las manos la cabeza de Dios!!


El poema Lo inefable, pertenece a Cantos de la mañana, es aquí presentado tal y como fuera publicado y editado por la Editorial O. M. Bertani en 1910. También fue publicado en Los cálices vacíos (1913) con pequeñas variantes que se limitan a variaciones de puntuación y selección de palabras, sin alteraciones en la forma y el sentido del poema. Posteriormente y con arreglos destinados a una actualización ortográfica fue publicado en Los astros del abismo de 1924.


Ensayo publicado en La Pluma N°1 en julio de 2017.

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