23 julio, 2019

“Hay que reabrir la comunicación entre escritura y cultura popular”

Entrevista a Roque Larraquy

Redacción por Redacción En Nota

Roque Larraquy es escritor y Director de la Licenciatura en Artes de la Escritura. En esta nota nos cuenta cómo fue el proceso de diseñar la carrera y en qué se basó para crearla, cómo hizo la convocatoria a los escritores que hoy son nuestros profesores, en qué consiste su trabajo como profesor y su trabajo como director de la carrera, a qué problemas debe enfrentarse a diario, en definitiva, cómo es estar al frente de una carrera nueva y que, justamente por su novedad, carece de parámetros que sirvan de comparación o de guía, además de ser la primera y única en la que se enseña el arte de la escritura.

Ilustración: Valentín Cacault

 

¿Cómo te involucrás en el proyecto de Artes de la Escritura?

A principios del año 2015, me convocó el rectorado de la UNA para desarrollar un primer borrador del proyecto. Ese primer borrador lo hicimos en colaboración con Ezequiel de Rosso y con autoridades del rectorado y de diferentes carreras y unidades académicas que fueron sumando sus propuestas. Se discutió, sufrió transformaciones, y finalmente se terminó aprobando una de las versiones en diciembre de 2015.

¿Vos estuviste personalmente en todo el diseño curricular?

Sí, efectivamente, fui parte de ese proceso.

¿Y Tamara Kamenszain?

En aquel momento todavía no formaba parte. Cuando la propuesta se aprobó, la convocaron a Tamara para dirigir la carrera. Ella desarrolló actividades durante algunos meses hasta que antes del inicio, en 2016, decidió dar un paso al costado por motivos personales, quedando como asesora general de la dirección.

Volvamos al diseño. ¿Cómo lo hicieron? ¿En qué se basaron?

En primer lugar hicimos un mapeo de la situación de la mal llamada escritura creativa en el mundo. Advertimos que en habla hispana había muy poca tradición académica para la escritura creativa o estética. Sí había una larga tradición en el contexto anglosajón: en Estados Unidos, en Inglaterra. Ahí hay carreras universitarias desde hace mucho tiempo completamente distintas de las que podríamos concebir desde un punto de vista sudamericano o hispano. Esto es así porque fue en los países de habla inglesa donde se desarrolla tempranamente una industria editorial, a comienzos del siglo XIX, y comienza entonces una instancia de profesionalización del escritor y de la escritura. Antes de esto, el escritor era en general alguien que pertenecía a la clase burguesa o estaba vinculado a ese estrato social y producía su obra sin la exigencia de ganarse la vida con ella. No estaba la idea de la venta o la difusión. Era una idea romántica del arte. Cuando se desarrolla la industria editorial, el proceso alcanza mucha fuerza en los países de habla inglesa y entonces la producción comienza a diversificarse en géneros. El género a su vez define nichos de consumo de mercado y se empieza a escribir para esos nichos. Esto produce una tecnificación de la escritura, porque aparecen escritores-periodistas-cronistas que producen en virtud de la preexistencia de esos nichos editoriales y para satisfacer esa demanda. Esto es lo que provoca la profesionalización de la escritura. En el ámbito hispano la tradición es muy distinta; no todos los países tenían una industria editorial sólida o medios de comunicación muy desarrollados. Se valora entonces la destreza “autoral”, la peculiaridad de un tono, de una voz y no la adhesión a una pauta del mercado. Con esta lógica el autor se ve acá como una figura especial, con una sensibilidad peculiar, que identifica sus temas y sus procedimientos desde lo individual. Si lo vemos de esta forma, no se puede enseñar, porque estas características no serían reductibles a un formato. Por otra parte, el problema de la tradición anglosajona es justamente el mercado. Al analizar los programas de las universidades estadounidenses de escritura creativa uno se encuentra con que esos programas están vinculados con las exigencias del mercado. Te enseñan a responder a esas exigencias. Nosotros consideramos que teníamos que recuperar algo de eso en la medida justa y hacerlo convivir con nuestra tradición hispana, también inmensamente rica, que es la tradición autoral. Lo que hicimos fue tomar algo de cada una de las tradiciones. Respetamos las exigencias del mercado que profesionalizan al escritor sin dejar de explorar las peculiaridades de la escritura, de la voz propia. La formación que quedó planteada, creemos, es humanística en general, en artes en particular, y específicamente dedicada a las competencias de escritura. Combinamos y sintetizamos las corrientes preexistentes de enseñanza de la escritura siempre con un espíritu experimental porque nosotros sabemos que esto es una experiencia novedosa.

Los docentes con los que hablamos nos cuentan que fue conversando con vos que se interesaron y se convencieron de venir a enseñar a esta carrera, ¿cómo fue esa convocatoria?

A mí una de las cosas que me entusiasmaron desde el primer momento es la novedad, un espacio académico muy demandado que no existía. Yo mismo salí de la carrera de Letras entendiendo que no era exactamente lo que yo había estado buscando. Cuando llegó el momento de convocar a los docentes, la primera prerrogativa fue que los talleres estuvieran a cargo de escritores que tuvieran tradición de taller. Se trata de conquistar paulatinamente un espacio dentro de las letras en la Argentina, un espacio académico dedicado a la escritura. Yo creo que ese sencillo elemento hizo que todos se sumaran.

Muchos de los docentes vienen de Letras, ¿cómo trabajaron la diferencia que querían fundar entre una y otra carrera?

Una de las cosas que trabajamos es que nadie reproduzca de un modo acrítico y mecánico lo que se hace en Letras. Cada materia se diseña en la especificidad de este nuevo sujeto que es el estudiante de escritura, que no es el estudiante de Letras. Hay diferencias enormes. Una cosa que hablamos mucho entre los docentes es el grado de participación que tiene el estudiante de escritura en detrimento del estudiante de letras. Muchos nos preguntamos de dónde venía esa necesidad de participación, por qué eran más jetones los de escritura. Creo, ésta es mi hipótesis, que el estudiante de escritura tiene una lectura de los contenidos mucho más instrumental. Está buscando para qué le sirve lo que le están dando. El crítico en cambio tiene que incorporar esas lecturas porque tiene que ir ampliando sus competencias de lectura y sus competencias críticas, pero acá, además, hay una competencia extra que es la de la escritura estética. Hay un interés instrumental mayor y por eso vemos, y nos hace muy felices, el alto grado de participación en clase que tienen los estudiantes.

¿Qué otras particularidades podés mencionar, más específicamente, en cuanto en los contenidos?

El hecho de que no tengamos Literaturas sino Narrativas. Hay un abismo entre decir Literatura Argentina y Narrativa Argentina. La Narrativa es una modalidad que puede anclarse en diferentes soportes. La Narrativa puede ser literaria, puede ser audiovisual, u otra. Para nosotros era importante desmarcarnos de la exclusividad de lo literario. Por supuesto lo literario iba a tener mucha presencia. Desde el primer momento fue la idea que el perfil del estudiante no estuviera circunscripto a la literatura sino que desarrollara las competencias de escritura para todos los soportes disponibles en los que esta experiencia fuera viable, que su experiencia se diversificara. Por eso la presencia de la dramaturgia, del guion, la historieta, los juegos y la narrativa separada de la poesía.

¿Podrán los estudiantes diversificarse tanto?

Hay una contradicción interesante porque, si uno se pone a pensar, un estudiante que atraviesa todos los talleres que propone la carrera es alguien que todo el tiempo va a necesitar una relación flexible con su propio estilo. En esa flexibilidad muy probablemente haya un mérito, porque si uno tuvo que escribir un guion, una obra teatral, un cuento, una poesía y una novela, uno posiblemente necesite difuminar el horizonte de la propia voz. Nosotros creemos muy firmemente que esa difuminación en el siguiente paso produce una definición de la voz. Esto lo tendremos que verificar, pero también es verdad que no existe ningún método de entrenamiento de escritura que ponga en jaque las capacidades de escritura de nadie. Para nosotros la exigencia de diversidad en la producción es siempre positiva. Al principio los estudiantes me preguntaban: “¿¡Se va a respetar nuestro estilo…!?”, así, con esa angustia. Y la respuesta era: NO. No se va a respetar tu estilo. Vas a tener que destruir y rearmar, destruir y rearmar todo el tiempo.

¿Cómo te imaginás a los graduados?

Esta es una carrera artística, pero ¿produce artistas de la escritura? No lo sabemos, pero podemos asegurar que actuará de la misma manera que la carrera de filosofía que no necesariamente produce filósofos, pero sí produce profesionales de la filosofía, licenciados en filosofía. Lo mismo va a suceder con esta carrera. Muchos estudiantes saldrán identificando una voz propia, como antes, y habrá muchos otros que serán profesionales de la escritura, que es el objetivo principal de la carrera. El espacio se abre para dar lugar al estudiante que profesionaliza sus recursos de escritura. Esto se da en un contexto como el argentino, en el que la circulación de las escrituras y de las legitimaciones y de los capitales simbólicos acumulados es muy desigual. Los escritores argentinos que han alcanzado un renombre internacional, que dan entrevistas, son reseñados y traducidos, venden cifras ridículamente bajas. Mientras tanto hay otros escritores argentinos que viven de la escritura, que trabajan género, que trabajan novela histórica, fantasy, policial, que han sido proscriptos de los espacios académicos y que nosotros queremos reintegrar. Para nosotros en esta carrera es fundamental recuperar al escritor profesional que trabaja género y darle a esa tarea la dignidad que nunca debió haber perdido. Si salen estudiantes que son grandes autores, muy bien, y si salen estudiantes que escriben grandes novelas románticas, grandes novelas de consumo popular, genial. Hay que perderle el miedo a los géneros y sobre todo hay que reabrir la comunicación entre la escritura y el consumo popular. Porque la escritura argentina que va acumulando capital simbólico casi nunca es aquella que es acompañada por un caudal de lectores. Nosotros queremos trabajar de un modo horizontal con la mayor cantidad de modalidades de escritura, sea cual fuere su relación con el mercado y el público lector.


Roque Larraquy: Licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires, guionista de cine y televisión, profesor de Diseño Audiovisual y actualmente Director de Artes de la Escritura y titular de la Cátedra “Taller de Narrativa I” de la misma carrera. Escribió La Comemadre, Editorial Entropía, 2011, y, junto con el diseñador gráfico Diego Ontiveros, Informe sobre ectoplasma animal, Eterna Cadencia, 2014.


Entrevista publicada en La Pluma N°1 en julio de 2017.

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