24 julio, 2019

Predominio de la lectura

Entrevista a Martín Kohan

Redacción por Redacción En Nota

Martín Kohan en diálogo con La Pluma se refirió a su experiencia docente en Artes de la Escritura, las problemáticas actuales en torno al mercado editorial y la figuración del escritor que a menudo se interpone a la escritura.

 

En cuanto a la carrera, ¿cómo fue para vos? ¿Qué esperabas encontrar? ¿Algo parecido a un Puan 2? ¿Se concretó como lo pensabas en cuanto al tipo de estudiantado? ¿Qué diferencias hubo con respecto a tu experiencia anterior como docente?

Debo decir que la experiencia fue muy buena respecto de una prevención. No le llamaría prejuicio; sí una prevención general que yo tengo en cuanto a lo que podría suponerse en la literatura como predominio de la escritura respecto a la lectura. El escritor, el querer ser escritor, la figuración del escritor, una cierta carga de valores que se ponen sobre la condición del escritor sobre todo y sobre la escritura. Con respecto de todo eso, yo tengo muchas prevenciones. Incluso respecto a la idea misma de la formación del escritor tengo muchísimas. En cuanto a la posibilidad de esa formación y en cuanto a la idea misma de alguien que dijera “quiero entrar a una institución para ser formado como escritor”.

Te hace ruido.

Mucho. Lo que sí creo, y así es como encaro mi trabajo docente, es en la formación de lectores. En eso creo fuertemente. Esa formación de lector, configurar una relación con la lectura y una subjetividad de lector en alguien que, en principio, no tiene una preferencia por la literatura. Eso me interesa muchísimo. En el encuadre general de la UNA tenía esa prevención: qué podría implicar el predominio del deseo de ser escritor o de la condición del escritor respecto a la lectura. Y para mi absoluta felicidad me encontré con una (lo que yo percibí) dichosa predisposición a asumirse como lectores, a trabajar desde la lectura con todo lo que eso implica. Disponerse respecto del texto de otro. Un lector se dispone respecto de un texto de otro y no del predominio del yo de la propia escritura y del yo soy escritor. Tenía muchas prevenciones con respecto al yo soy escritor. Es una formulación de la que me alejo, en general. Y aquí no hizo falta. Mi experiencia fue extraordinaria.

En este número de La Pluma tocamos el tema de los problemas en torno a publicar. Hablemos un poco de eso. ¿Tuviste algún problema con alguna editorial alguna vez?

No. Que yo me acuerde, no. O sea, como todas las generales de la ley: lo que te liquidan, cuánto te liquidan, lo que no.

Y en cuanto a las editoriales independientes y las grandes con los pagos, ¿suelen cumplir con los contratos?

Depende. He tenido experiencias muy buenas y otras no tanto. Pero no es un problema de grandes-chicas. Sí, las grandes no pueden no pagarte porque hay todo un aparato legal. Te pueden pagar con libros. Y después, habría que ver en el caso de editoriales pequeñas y medianas; cuándo el autor paga la edición y cuándo no.

Editoriales medianas e independientes que te cobran la edición. Dunken, por ejemplo.

Funcionan igual. Entonces ahí hacés otro arreglo que depende del caso. Muchas veces el arreglo es que te den libros para que vos los vendas.

Te pagan con libros.

Entonces: pagaste la edición. No sé cuánto es. Vale, ponele, $10.000 una tirada de 500 ejemplares. De esos te dan 300. Si los vendés, recuperás tu plata. ¿Y cómo los vendés? Hacés una presentación, lo llevás a tal feria y recuperás…

Estuvimos investigando la letra chica de algunos contratos. Varios ofrecen el 10% en la letra grande, pero en la letra chica dicen que es respecto de la ganancia que se queda la editorial y no al precio de tapa. Cuando pasa eso, te quedás con un 5% y no con un 10%. ¿Te pasó eso?

No.

Siempre sobre precio de tapa.

Sí, de tapa el 8%. Pero me ha pasado con Dos veces Junio. Creo que tiene nueve o diez ediciones, pero a partir de la segunda ya es edición de bolsillo.

Y ahí es menos. Es un 6%, un 5%, la famosa booket. Y ahí te bajan el porcentaje.

Claro. Y eso debe estar en el contrato que yo firmé.

Claro, lo aceptás de antemano.

Sí. Siempre está la posibilidad de agarrar el contrato y consultar a alguien, y que te digan sí o no. Un contrato, como su nombre lo indica, es un acuerdo entre partes.

Pero ahí está el riesgo de que no te publiquen. Sobre todo si uno es un escritor que recién comienza.

Todos, alguna vez, empezamos.

¿Vos usás agente literario? ¿Alguien que te maneje los contratos?

Sí, hace unos años Ricardo Piglia me lo sugirió. Pero más pensando en manejar cosas en el exterior, no tanto acá. Por otra parte, el agente literario se queda con una parte, no lo va a hacer de macanudo. Para mí fue muy beneficioso porque soy muy tímido, poco proclive a hablar de mí mismo o de mis libros, ni voy por los lugares difundiendo mis libros. Me aburre. No lo hago. No lo sé hacer. Me da pudor hablar de mis libros. Alguien tiene que hacerlo y nunca voy a ser yo.

Para el que tiene su primer libro, ¿qué le recomendás? Que envíe veinte mails a las editoriales…

No soy proclive a dar consejos de nada ni recomendar porque no es un lugar en el que me sienta cómodo. Sí creo que hay algo de lo que hay que hacerse cargo. A menudo la ambición de ser escritor es tan excesiva. No digo de escribir y ser leído (hago una distinción ahí muy grande), sino de ser escritor, de esa fantasía. Cada cual se tiene que hacer cargo de sus propias fantasías y del precio que paga por ellas (usando fantasía en un mal sentido). A mi criterio, lo mejor es impulsar la propia escritura y que los propios textos vayan ganando su lugar.

Pero, ¿cómo?. Esa es la pregunta.

Es que creo que hay un problema ahí donde la vanidad del yo escritor queda por delante de la escritura. Y hace que firmes cualquier cosa porque querés ver tu nombre en un libro.

O sea, ¿para qué publicás…?

Para qué querés publicar, ésa es la pregunta. Es muy personal. Yo no puedo aconsejarle a nadie. ¿Dunken cómo funciona? Salís en Ñ; tenés un stand en la Feria del Libro, que es muy grande; firmás ejemplares… Hay para quien, y no lo digo despectivamente ni peyorativamente, ser escritor es que exista un libro con su nombre y foto en la solapa y aparecer en Ñ y firmar ejemplares en la Feria del Libro, que vaya a Dunken. Ahora, no sean peyorativos con los escritores de Dunken, cuando quizá no están tan lejos de ellos. Querés la solapa, querés decir soy escritor, querés fotografiarte a vos mismo firmando ejemplares… Bueno, cada uno tiene su idea. Y yo no aconsejo a nadie porque depende de lo que cada uno quiera. Ahora, creo que cuando alguien tiene una vanidad tan grande, después tiene que calmarse porque, cuando el mundo no corresponde al tamaño de la vanidad, el problema no es del mundo. Creo que en muchos casos, los egos, la convicción que uno tiene de ser Faulkner, Proust, y no encontrar una correspondencia en la realidad del mundo, se traduce en resentimiento, rencores, envidia, agresividad.

¿Y cuándo no es ese el caso?

Cuando no, creo que estamos en condiciones bastante buenas. No sé si hubo otro momento con tantas posibilidades de publicación en la literatura argentina. Quizá superada por fines de los 60.

A nosotros, como estudiantes de esta carrera, nos gustaría poder vivir de la escritura. Poder hacer de esto una profesión. Si un editor puede vivir de su editorial, un escritor también debería poder hacerlo de su escritura.

Ahí hay una cosa también muy concreta que hay que hacerse cargo. Vos producís un bien. Hay un texto de Walter Benjamin, El autor como productor, que para mí es…

Es terrible.

Yo soy marxista. Por lo tanto, no participo de ninguna de las formas metafísicas de prestigio del escritor. Es un trabajo y hay dinero. Vos producís bajo condiciones de explotación, como todos los trabajadores. ¿Qué vamos a descubrir, que las fábricas de libros producen plusvalía con nosotros? Y sí, corazón ¿creías que no? Como le cuentan a Naomi Klein en el libro No Logo: les mostraron a los semi-esclavos o esclavos tailandeses que las zapatillas Nike que ellos cosen se venden a 100 dólares. Ellos cobran 10 centavos de dólar por un par de zapatillas.

En Facebook, cuando alguien promociona sus textos y lecturas, todos los que ponemos “me gusta” y decimos que vamos a ir somos también gente que está en el ambiente.

Para mí ahí hay una trampa. No lo tengo muy claro eso. No me opongo ni tengo por qué decirle a nadie lo qué tiene que hacer. Yo sé lo que hago yo, pero a título personal creo que hay una variable de la autopromoción que evidentemente no está jugando a favor. Primero, porque el gesto mismo de la autopromoción tiene su potencia e impotencia al mismo tiempo. Un libro funciona en la medida en que genera cosas, no si se las hacés generar vos. Cada uno es el propagandista de sí mismo. A mí me parece que hay una distorsión, sobre todo para el propio autor que empieza a medir su significación en la escala de su propia autopromoción. Después, cuando el resto del mundo no responde a su autopromoción, se llena de veneno, de resentimiento, y empieza a agredir a los que le parece que les va un poco mejor.

Claro.

Me parecería mucho más productivo que uno dedique ese mismo tiempo a hablar de los escritores que le gustan, no de sus amigos. Qué lecturas le interesaron y por qué. Poner en juego esas lecturas.

Como hacía Borges en sus ensayos, que siempre hablaba de otros escritores, hasta inventaba. Igual… Borges hablaba de él mismo también…

De sus libros no. A él le preguntaban y contestaba. Yo prefiero un poco más de pudor y un poco más de generosidad. Ese mismo espacio, donde te estás dedicando a hablar de vos mismo y a decir que salió tu nueva novela, ¿por qué no comentás un poco la novela de los otros que te hayan gustado? Proponé una lectura que pueda atraer a otros lectores y que pueda atraer a otras lecturas que no necesariamente pasan por el “amiguismo”. Porque también, como somos muy pocos, todos sabemos quién es amigo de quién. Tal dice “salió la novela de este genio”. Ya sé que es amigo tuyo este genio. Es el mismo que la semana pasada dijo de vos que eras un genio, entonces no le creo a ninguno de los dos. Por qué no hacer una cosa más auténtica, donde nos leemos y comentamos lo que leemos. Yo puedo decir mi recorrido de lectura, de escritores de los que me he hecho más o menos amigo (hasta donde yo soy capaz de tener un amigo): Juan José Becerra, Gustavo Ferreyra, Luis Sagasti. Los conocí porque yo había comentado sus libros. Al revés. Cuando reseñé Santo de Juan José Becerra, no lo conocía, después lo conocí. Cuando reseñé en Prensa (el diario), El desamparo de Gustavo Ferreyra, tampoco lo conocía, después lo conocí. Y así con muchos otros ejemplos.

Muchas veces lo que dice la gente que ya publicó es que tenés que ir a las lecturas, conocer a la gente, ese tipo de cosas.

No soy quien para decirle a alguien que no lo haga. A mí no me da la cara para ir a un lugar donde leen a, b y c, y yo voy con mis libros en mi bolsillo para que, cuando terminen, sacar otro tema de conversación para mí mucho más interesante y en vez de hablar de los libros de a, b y c, hablar de un libro que yo considero mejor. ¿Cuál? El mío. Si alguien quiere hacer eso, vaya y hágalo. A mí no me da la cara. Yo cursé la carrera de Letras, y tuve la posibilidad de acercarle un libro mío a Ricardo Piglia. Me lo comentó en el bar La Ópera, y Beatriz Sarlo lo comentó en lo que era el Café Gandhi cuando estaba en Corrientes al 1500. Pero, digamos, con un temor y temblor que me dura hasta hoy. Si yo le acerco un libro a Beatriz, obviamente tiemblo.

Sí, Beatriz Sarlo también comentó un cuento tuyo, el que retoma Emma Zunz de Borges: Erik Grieg.

Sí, ha escrito sobre eso. Entonces, por suerte le interesó, por suerte le gustó.

Le dieron ganas de comentarlo.

Le dieron ganas de comentarlo. Y si no te ocurre, calma. Un poco más de humildad. Todos suponen que son geniales. Luego el mundo no está a su altura. ¿Por qué no se manejan primero con la hipótesis de que no son geniales? Porque, efectivamente, te llenás de frustración si considerás que sos genial. Para mí, el mejor arquero de la historia de Boca soy yo, y no puedo creer que no me hayan dado el puesto.

De lo que se perdieron. (Risas). Hay que tratar de hacer un libro, publicarlo y olvidarse, digamos.

Poné en circulación textos que generen lecturas. Dale espacio porque, al mismo tiempo, si arriba del texto estás vos, autor, diciendo que es genial… dale un poco de espacio para que haya una repercusión genuina. Dejá que los demás lo lean. Para mí, uno de los mejores escritores argentinos de estos tiempos, Gustavo Ferreyra, no va por el mundo hablando de su genialidad.

Que el texto haga el camino.

Yo creo en eso. Ahora, que cada uno haga lo que quiera. Lo que sí veo como un rebote es que, cuando se frustran se ponen muy agresivos. Y nace un resentimiento que joroba bastante. Cada uno haga lo que quiera. ¿Querés hacer lobby? Vaya, haga. Está lleno de fiestas, reuniones… Llevá tus libros, repartilos, elogiate. El único argumento que yo interpondría es, por favor, si después el mundo no cae rendido a tus pies como vos esperabas, no te pongas agresivo porque te tenemos que aguantar todos frustradito y agresivo. Ya que te forjaste solito, te difundiste solito, y postulaste solito, bancátela solito. Como decía Guillermo Nimo “por lo menos así lo veo yo”. Si otros quieren hacer otra cosa, que hagan. Yo no soy el Papa, no le digo a los demás lo que tienen que hacer.


Entrevista publicada en La Pluma N°2 en diciembre de 2017.

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