24 julio, 2019

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Entrevista a Entropía, Eterna Cadencia, Evaristo y Textos Intrusos

Redacción por Redacción En Nota

En diálogo con editores acerca de la realidad argentina, las distintas opciones editoriales, el fenómeno de autoedición, sugerencias a escritores noveles, criterios sobre los catálogos y las relaciones de poder en el mundo editorial, realizamos un recorte para intentar echar luz sobre la situación en la que se encuentran editores y escritores hoy.

 

SEBASTIÁN MARTÍNEZ DANIELL

EDITOR | ENTROPÍA

La edición argentina atravesó doscientos años de historia. Es evidente que en una trayectoria tan prolongada, con dos siglos de modificaciones sociales, políticas, demográficas, culturales, tecnológicas y tantas más, la edición naturalmente ha sufrido todo tipo de transformaciones, a la par de la historia de la lectura, de la escritura, de los consumos culturales, de la producción. No hay respuestas fáciles. Quizás, sí, lo que podemos hacer es un intento –somero, breve, imperfecto– por caracterizar la actual situación de la edición en el país. Y, al respecto, remarcaría cuatro rasgos predominantes. Primero, un proceso de enorme concentración económica que ha dejado una inmensa porción del mercado editorial en manos de dos empresas. Segundo, la vital proliferación de editoriales independientes, que suman más de cuatrocientas, aunque con una participación muy minoritaria en el mercado. Tercero, la gran efervescencia en la producción textual que se da actualmente en la Argentina: una gran voluntad de escribir, de la cual la carrera de Artes de la Escritura es una alentadora prueba. Y cuarto, cierta incertidumbre sobre la evolución técnica de los hábitos de escritura y lectura, no ya por la consolidación de los medios virtuales, sino por el impacto que éstos producen en la formación de las subjetividades. En medio de esas cuatro variables, siguen apareciendo libros. Muchísimos. Eventualmente, algunos se leen.

Las diferencias entre las editoriales son muchas. La más evidente pasa por el tamaño y las posibilidades y restricciones económicas que rigen las actividades de cada una. Esto implica que las grandes empresas editoriales alcancen una posición dominante en el mercado: mejor distribución, mayor alcance en la difusión, una exhibición privilegiada en las mesas de las librerías. Después podríamos pensar el problema de los catálogos. Pongo un ejemplo que imagino didáctico: una editorial grande, obligada por la lógica de la rentabilidad, publica desde una novela vanguardista hasta un libro de cocina, de actualidad periodística, de autoayuda o una guía para pintar mandalas. El catálogo de una gran editorial es inevitablemente amorfo. En cambio, los catálogos de las editoriales independientes son más coherentes, más identificables. Tienden a crear comunidades de lectores más fieles, a arriesgar más en la selección de los autores. También tienden más a fundirse, hay que decirlo. Esto no implica que no haya libros extraordinarios en las grandes editoriales; por el contrario, su potencia económica les da la chance de tentar a los autores para publicar en sus sellos especializados en narrativa. En los últimos años podemos ver muchísimos autores que comenzaron publicando en editoriales independientes y luego migraron hacia las grandes editoriales. Pero, por lo general, llegan ahí una vez que abandonan el “semillero” de la edición independiente. Tengo entendido que actualmente las grandes editoriales no reciben originales de autores
inéditos
. Es decir, no realizan un trabajo de exploración de voces emergentes, de descubrimiento de nuevos autores. En cambio, sí leen a los autores ya publicados en las independientes y se acercan a aquellos que despertaron su interés.

Hay que diferenciar diferentes tipos de autoedición. Primero, digamos que las redes sociales son una plataforma casi omnipresente de auto-publicación. Desbordan de textos. Varios de ellos encierran una voluntad o pretensión literaria (poética, narrativa, ensayística). Es decir: casi todo el mundo se auto-publica hoy. En cuanto al viejo libro en papel, también hay matices. Por un lado, está quien fotocopia su libro y lo reparte a mano, entre conocidos o desconocidos. Por otro lado, están quienes se reúnen en algún tipo de funcionamiento cooperativo y arman una pequeña editorial independiente para dar a conocer sus textos. Un tercer caso es el de los que recurren a las ediciones financiadas: van a “editoriales” que a cambio de una suma de dinero diseñan e imprimen el libro, y hasta le dan una mínima distribución. Cada quien deberá evaluar cuál de estas opciones le parece que se ajusta más a sus necesidades como autor.

Si bien tengo mis preferencias personales, a priori no condeno ninguna de las variables. En todo caso, lo que sí hay que pensar es para qué existen los editores. Y en todo caso, si debieran existir o no. A ellos, a los editores, les gusta pensar que son necesarios. Que son una instancia de validación de la producción cultural. Que son (como la crítica, la academia, el propio mercado, los medios) una de las variables que determinan –basándose en su experiencia lectora– qué se lee y qué no se lee. Yo, que también soy editor, acuerdo parcialmente con esto. Creo que el editor cumple en los hechos una doble función. Por un lado, social: ordena el flujo de textos, realiza una trabajo curatorial. Una tarea funcional a la circulación de la producción cultural, establece una disponibilidad. Irremediablemente, también, es un agente dentro de un mercado: opera en la determinación de lo que es una mercancía cultural. Por otro lado, también cumple una función heurística, creadora. Lee de modo fértil, interviene textos, crea un catálogo –que es una forma de entender lo literario y también de obra–. Ahora volvemos a la autoedición, entonces: ¿es necesario un editor o lo importante es el libro? No lo sé. Pero sí pareciera que los hábitos de consumo cultural están cambiando: la televisión por las redes, el cine por el streaming, las radios por los podcast, las discográficas por la música on line. Las artes performáticas todavía resisten por aquello de que, hasta el momento, requieren del “aquí y ahora”. ¿Y los libros? ¿Van a ir directo del autor al lector? ¿Cómo el capitalismo tratará de mediar esa relación? ¿El editor se transformará en algo prescindible? Nuevamente, no lo sé.

No soy quién para andar dando consejos. Pero lo primero que se me ocurre decirle a un autor inédito es que tenga paciencia. Que no se frustre. Que trate de entender por qué quiere publicar. De dónde provienen esas ansias no ya de escribir –que son más comprensibles– sino de poner su obra en circulación. Y una vez que pasó por esa etapa, que entienda que publicar hoy es muy difícil. Pongo el ejemplo de Entropía. La editorial publica, humildemente, entre siete y diez libros al año. De esos libros, la mayoría son de autores que ya forman parte del catálogo, o cuya obra conocemos por publicaciones anteriores, o que llegan a nuestras manos por recomendaciones muy enfáticas de personas allegadas a nuestro trabajo. Es decir que quizás sólo uno o dos libros al año llevan la firma de autores inéditos sobre los cuales desconocemos todo. Y debo aclarar que recibimos alrededor de ciento veinte originales al año. Hacemos una cuenta rápida y nos damos cuenta de que publicamos apenas un uno o dos por ciento de lo que nos llega al buzón sin un contacto o recomendación previa. Es una operación de selectividad brutal, impiadosa. Algo similar debe ocurrir en otras editoriales independientes. Este panorama puede ser muy frustrante. ¿Qué hacer? Quizás haya un par de ideas fructíferas. Una es leer a los contemporáneos, de modo que el autor empiece a entender la lógica de los catálogos y, de este modo, establecer cuál editorial puede adaptarse mejor a sus textos. La segunda es poner los textos en circulación antes de publicar. Lecturas, talleres, clínicas, concursos. Hay varios mecanismos para que el trabajo y la voz empiecen a ser conocidas antes de publicar. Si uno tiene suerte, algo de esa circulación puede llegar al editor como una resonancia fértil antes de que el original aparezca sobre su escritorio.

Me veo en la obligación de aclarar que formo parte de una editorial que funciona como un colectivo. Somos cuatro y eso exige ponerse de acuerdo en la selección de material a editar. Esto quiere decir que muchas veces hay textos que yo estaría encantado de publicar, pero que no encuentran la misma recepción en mis compañeros. Y viceversa, por supuesto. En cuanto a los criterios, es otro misterio. Tanto que la palabra “criterio” le queda un poco grande. A mí, personalmente, me convocan las voces que me sorprenden. Aquellas que están explorando los bordes de lo literario. No necesariamente experimentales, pero sí que provoquen un extrañamiento en la lectura, una ruptura en la superficie de lo previsible. A veces por el tono, por el ritmo, por la gramática, por la poética, raramente por el tema pero a veces también. No me alcanza, por decirlo así, que algo esté “bien escrito”. Tiene que dislocar mi posición de lector.

Injusticias se cometen todos los días en todos los ámbitos. Es estructural del modo de vida que aceptamos llevar. Las del mundo literario no son las más indignantes, pero existen, sí. Entre librerías con pretensiones oligopólicas y pequeños libreros, entre editores inescrupulosos y autores, entre grupos concentrados de la industria editorial y pequeños editores, entre un Estado ausente en el fomento de la edición y la sociedad. Hay más, seguramente. Y, sin embargo, no hay muchos lugares mejores para estar que en medio de la creación y producción de literatura.

 

LEONORA DJAMENT

DIR. EDITORIAL | ETERNA CADENCIA

Me parece que gracias a las nuevas tecnologías, su accesibilidad y bajos costos, editar libros es mucho más económico, simple y viable que hace décadas atrás. Por eso es más fácil que en el pasado crear una editorial y publicar libros. En ese sentido, para los escritores seguramente sea más sencillo encontrar editor hoy, ya que las posibilidades de publicación no son pocas (libros papel, ebooks, plaquetas, impresión por demanda, postear textos, etcétera). Ahora bien, eso no significa que la industria del libro esté necesariamente en una mejor situación. Al contrario, diría que la situación que atravesamos es cada vez más compleja por la concentración editorial de los grandes grupos, por la aparición de grandes empresas que provienen de otros sectores y se insertan en la comercialización y distribución de ebooks, y por la falta de políticas públicas sostenidas de fomento a la lectura y al sector, entre otros factores.

Lo que llamamos editoriales independientes (más por comodidad que por precisión) es un tipo de editorial que tiene una concepción del libro muy distinta a la de los grandes grupos y donde el norte no está marcado por el rápido retorno económico de los libros y la alta rentabilidad sino por la construcción de un catálogo como apuesta cultural y política. Esto último, por supuesto, no se puede lograr en el tiempo sin una reflexión sobre la dimensión económica de la editorial independiente. Sobre la autoedición, creo que es todo un fenómeno. Pero en la autoedición no hay editores (en todo el sentido de la palabra), de modo que estamos hablando de otro tipo de producción.

Al escritor que busca publicar su primer trabajo le sugeriría que no mande su texto a cualquier editorial, sino que analice cuáles son las editoriales donde su libro podría dialogar bien en términos de catálogo. En Eterna Cadencia, en materia de ficción, nos interesan los textos que por su escritura, su forma, su sintaxis, proponen una mirada distinta sobre el mundo o una relación diferente con la lengua.

 

DAMIÁN VIVES

EDITOR | EVARISTO

La situación actual es distinta. Si para peor o para mejor, eso depende del lugar en el que se pare cada uno. Por un lado es evidente que ya no somos los surtidores de libros para todos los países de habla hispana que circunstancialmente fuimos en algún momento y nuestro mercado interno no es lo suficientemente grande (más allá de la pauperización cultural y económica) como para que editar sea un gran negocio para nadie (ni para el editor, ni para el autor, ni para el librero, etcétera). Por otro, las nuevas formas de edición abrieron la posibilidad de editar a una nueva generación de escritores que ya no necesita recorrer cenáculos y demostrar una maduración de estilo (la desaparición de la figura del librero/lector, del escritor/lector y muchas veces del editor/lector también facilita el acceso). Como decía, esto no es bueno o malo de por sí, simplemente es. Habrá que ver cómo decanta.

Hay tres niveles de editoriales. Por un lado están los grupos transnacionales, cuyas características son las de agrupar sellos, firmas, derechos de autor. Si trabajás adentro vas a tener un buen sueldo, pero difícilmente puedas marcar una diferencia en el criterio de edición. Si sos un autor best-seller vas a contar con todo un aparato de prensa, de distribución y de presión en las librerías que va a asegurarte una base de venta aunque tu libro lleve las páginas en blanco. Si sos un escritor de segunda línea puede ocurrir que cuentes con el apoyo de algún editor, pero mayormente no vas a contar con ese aparato, que va a estar ocupado con los tanques editoriales y tu libro va a correr el riesgo de ser opacado por los mismos, quedando preso de una multinacional que no va a mover tu obra por dentro ni por fuera del país.

Tenés también las editoriales independientes adultas. Buena parte de ellas están impulsadas por gente adinerada, lo que les permite, de movida contar con la libertad de posibilidades que da el dinero para visibilizar, tener presencia en las ferias internacionales y gestionar derechos de autor, traducción y edición. Ocuparían de alguna forma el rol social de la clase media/alta. Si trabajás adentro y tenés criterio es posible que marques una diferencia. Si editás con ellos podés contar con una visibilización media. Todos, autores, editores, distribuidores, corren el riesgo constante de caer en un elitismo que les sea contraproducente.

Finalmente, las independientes emergentes, que suelen ser autogestionadas a pulmón. Si trabajás adentro sabés que vas a poner más de lo que vas a sacar, por lo que no puede ser tu laburo de cabecera, va a ser tu pasión. Si publicás ahí sabés que todos los involucrados van a hacer lo mejor posible para difundir y vender tu libro, porque de esas ventas depende el destino de todo el proyecto. Si la línea editorial no es clara, el pastiche puede atentar contra la visibilidad del material. Muchas veces suelen ser editoriales impulsadas por escritores que, si caen presas de sus propias ansiedades de editarse o participan inocentemente en el elitismo pobre de “yo te edito a vos si vos me editás mi”, pueden llegar a restar “imagen” al público lector ajeno a esas camarillas.

Sobre la autoedición, me parece que antes era más válido que ahora. La última dictadura y la narrativa del yo terminaron perjudicando a una nueva generación de voces. Ahora es muy difícil que haya un silenciamiento, se trata de gente (alguna incluso talentosa) con bajo nivel de aceptación para la crítica. Si no encontrás editor en las transnacionales, en las independientes adultas, ni en las emergentes, tal vez sería mejor para vos que vuelvas a tu casa a seguir escribiendo y, sobre todo, a seguir leyendo. Por ahí no es tu momento. Por ahí si no pulís ahora tu estilo y comenzás a editar, vas a ser un mediocre para siempre.

Al que busca publicar su primer trabajo le recomendaría que comience a hacer circular sus escritos, que vaya a lecturas, que se ponga en contacto con otros que estén en su misma situación y que recorra editoriales pero, nuevamente; si siente una pulsión más grande por editar que por escribir, le sugeriría que se deshaga de su manuscrito y se dedique al teatro o se ponga un programa de radio, porque lo que está buscando es exposición y tal vez tenga más talento para eso que para las letras.

En lo personal, busco que el texto me subyugue de alguna forma. Ese es el criterio ideal, también considero si podemos pagarlo. Hay textos maravillosos que sé que se van a vender poco y, no obstante, quiero que estén en nuestro catálogo. Hay otros que intuyo que pueden venderse bien, aunque no me terminen de cerrar, esa es una negociación que hacemos puertas adentro, siempre teniendo en la cabeza el no romper el estilo de cada colección. En Evaristo somos cuatro editores y dos asesores. Primero proponemos el material de lectura y votamos. Si tres votos son favorables comenzamos a ver cómo editarlo, si hay empate pero los dos impulsores creen firmemente en el libro se lo pasamos a los dos asesores y ahí ambos votos tienen que ser afirmativos para que el libro salga.

El capitalismo desbocado suele ser injusto casi con todas las profesiones. Más allá de esto, a nivel planetario y en nuestro país particularmente, estamos atravesando un proceso de idiotización que poco a poco fue gangrenando a la cultura en su conjunto. Sin caer en teorías conspirativas creo que, incluso desde el Estado ha comenzado a confundirse cultura y entretenimiento. Esa confusión hace que la cultura se perciba como un gasto y no se pongan los reparos legales pertinentes para sostenerla, pero esto no tiene sólo que ver con el mundo de la edición.

 

HERNÁN CASABELLA

EDITOR | TEXTOS INTRUSOS

La situación actual es distinta en tanto es enorme la producción y edición de libros; considero que es para mejor siempre que se publique un libro, pese a que pueda pensarse que no es bueno, que carece de algo siempre es bueno que se produzca y circule literatura.

Una editorial independiente es una pymes, hay un trabajo muy cuidado y detallado de un pequeño grupo de personas que inician su labor desde lo que podríamos llamar preproducción del material (aproximación editor-autor), pasando por la producción (recepción del material, lectura, devolución, corrección, maquetación) propiamente dicha y hasta la postproducción (presentación del libro y circuito de distribución). Sobre la autoedición, me parece respetable pero yo le recomendaría a alguien que quiere publicar su primer trabajo que lo haga a través de una editorial independiente.

En Textos Intrusos recibimos muchísimos textos, la selección entonces no se reduce a criterios propios de lo que editamos sino que nos dejamos seducir por lo que el autor nos acerca; en otros casos o bien pensamos ejes o temas convocantes para antologías y en otras ocasiones conversamos con autores ya conocidos y planificamos ciertos  libros consensuados.

El mayor grado de injusticia está dado en torno del manejo que hacen las grandes editoriales, más aquellas que, de manera repentina acaparan la atención y el deseo, y se vuelven conocidas (debido a un gran caudal de dinero, que vaya a saber uno de dónde sale).


Entrevista publicada en La Pluma N°2 en diciembre de 2017.

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