12 abril, 2020

Verano en Buenos Aires

por Diego Garcés

Redacción por Redacción En Narrativa

Ilustración: Otro Malbec por J.S.B.

En una de las mesas al aire libre del restaurante Vittorio, ubicado en la esquina de Yrigoyen y Sáenz Peña, Facundo, escurrido de calor comía parsimoniosamente un bife de chorizo acompañado de una copa de Malbec; mientras, Nicolas, con quien compartía la mesa y quien habiendo terminado ya su comida, bebía lentamente su segunda copa. Facundo cortaba el pedazo de carne en pedazos pequeños y después de trincharlos con firmeza trinchaba las papas fritas con la que venía acompañado, hasta formar un pequeño tren roji-amarillo. Esto resultaba en lo que podría llamarse, para cualquiera que no fuese oriundo del país, claro está, un pincho común en la ciudad de Buenos Aires, un pedazo de carne con tres o en su defecto dos papas en fila, dependiendo del tamaño del tenedor que, placenteramente, Facundo dirigía a su boca para masticarlo en conjunto. Nicolas veía las mandíbulas de Facundo abrirse y cerrarse en movimiento automático e ininterrumpido y con desagrado veía el puré resultante sobre su lengua, pues Facundo abría la boca mientras masticaba. Si bien se dice que el vino tinto, preferentemente, debe tomarse a una temperatura ni muy fría ni muy caliente, estos dos hombres, por no decir compadres, amigos de toda la vida, lo preferían helado, por lo que en cada restaurante que concurrían, y sin importar la impresión que podría generar en los demás comensales, pedían la botella sumergida en una cubeta con hielo, como si se tratara de una botella de champagne.

Para Facundo el almuerzo era la comida más importante del día y el placer temporal de comer al aire libre, que el verano le regalaba, a él y a todos los habitantes de la ciudad de Buenos Aires, era de un valor incalculable. Por su parte, Nicolas compartía el gusto de su amigo, aunque no por las mismas razones. Si bien nunca decía que no a las invitaciones de Facundo, la realidad era que odiaba el calor, pero el comer al aire libre, escondido detrás de sus Ray-Ban originales, le permitía disfrutar impunemente el desfile de mujeres en ropa corta que se bamboleaba por las calles a esas horas. En tanto que Facundo, chorreadas las sienes y las axilas de sudor, suelto el botón del pantalón que arduamente podía abotonar, aun sin estar comiendo, encorvado sin cuello como un toro, y la boca pintada con la sangre del corte tres cuartos, alzaba pesadamente el brazo para pedir el segundo plato a la camarera, Nicolas se acomodaba a sus anchas en la silla de madera, con un brazo estirado apoyado en el espaldar y el otro sosteniendo con suficiencia la copa de Malbec; la camisa azul clara con rayas blancas, remangada y abierta hasta el segundo botón, exhibía varonil los pelos ensortijados del pecho, algunos canos, que hacían juego con los de la barba candado que le rodeaba la boca fina de dientes blancos con la que sonreía sin disimulo a cualquier chica linda que pasara. Cuando la camarera interrumpió, experimentada, la conversación de los dos amigos, que tenía a Facundo riendo con toda la panza, golpeando la mesa con su puño de elefante, medio atragantado con su propia saliva, rojo hasta las orejas, para bajarle el segundo plato, Facundo la tomó de la mano y le pidió la segunda botella de Malbec. En el tiempo en que la camarera regresó a la barra, se limpió las manos, agarró la botella de la cava, llenó la cubeta de agua con hielo, hundió la botella y la llevó a la mesa, la temperatura en el exterior aumentó tan repentina como exageradamente; por lo que, al regresar a la mesa, los dos hombres, lejos de su actitud dicharachera de antes, habían caído en el mutismo, presas del sopor súbito que se adueñaba de toda la ciudad. Facundo, con las mejillas casi moradas, se tiraba aire en el cuello empapado, con la carta como abanico, mientras Nicolas, sofocado, anhelando el Malbec en la garganta, veía sorprendido que su compadre no devoraba el plato frente a él.

El calor se elevaba del piso como un gas. Las nubes se habían borrado del cielo azul. No había un soplo de viento y los autos, recalentados, arrojaban aire hirviendo. El paisaje, a lo lejos, vibraba agobiante. Una vez estuvo en su poder la botella, sin haberse ido la camarera, ni haberle regalado una mirada insinuante o una tocada de mano, Nicolas sirvió el contenido con urgencia hasta casi rebozar las copas, entregó una a su amigo que reaccionaba lento por la modorra y sin importarle el hecho de perder la elegancia se tomó la copa hirviendo, roja bajo la luz intensa, de un respiro. Los dos hombres parecieron revivir con el vino en su garganta. Facundo se secó la frente con la manga de la camisa, agarró el tenedor con la servilleta, después de haberse quemado al intentar levantarlo a viva piel, y con movimientos adormilados, casi vacunos, reanudó el masticar del bife que se asaba sobre el plato con cada segundo transcurrido. El movimiento hipnótico de las fauces al masticar, el chasquido de los dientes sobre la carne, el puré resultante que reposaba en la lengua y golpeaba el paladar, la saliva que escapaba por la comisura de los labios, era, para Nicolas, un grotesco onírico inexorable; que el calor, violento, empedernido, se encargaba de acentuar. Nicolas se sirvió una segunda copa, rebosada como la anterior y devolvió la botella a la cubeta, pero esta vez, un vacío repentino, seguido del sonido del choque de vidrio contra aluminio, le adelantó lo que iba a ocurrir. La cubeta cayó al piso, seca. La botella cayó también, y se rompió contra el asfalto enrojecido de tanto calor. Nicolas, presa de la vergüenza, dio un salto en la silla, e instintivamente buscó a la camarera con la mirada, pero no la encontró por ningún lado. Miró las mesas cercanas, pero nadie parecía notar el accidente, ni siquiera Facundo que masticaba monótono el bife con fritas. La mandíbula subía y bajaba, ininterrumpida; estaba totalmente calado en sudor, las gotas espesas le caían por los ojos, los labios, la nariz, las mejillas y golpeaban pesadas sobre el mantel que brillaba blanco por la luz. Nicolas se vio a sí mismo, empapado, untando el mantel con gotas rosadas. Quiso tocarlas, sorprendido, pero sus manos, como sopa, emanaban un líquido rosado que creyó sudor, escurría como cera de vela por sus palmas, desde el lugar donde debían estar sus dedos. Aterrado y sin poder gritar miró a Facundo, quien seguía masticando el bife, goteando de la nariz el mismo líquido rosado que él, haciéndosele más pequeña con cada gota que se le escapaba.

Súbitamente, Facundo dejó de masticar, levantó la mirada, posó los ojos nublados en Nicolas, y masculló algo inteligible. Su rostro se escurrió presa de la gravedad insostenible. Las orejas, lentamente, le cayeron hasta la altura del cuello; las cejas, deformadas, le escurrieron por las cuencas. En ese instante, Facundo miró a su amigo por última vez, en la cara tenía dibujada la expresión de un sabueso; hasta que la piel, fofa, le cubrió los ojos azules por completo. El bulto, abotagado, se enrollaba sobre sí mismo, quitándole a cada instante mayor sombra de humanidad. La mandíbula, toda abierta, sin lengua, aun repleta de comida masticada, colgaba inerte cada vez más bajo. El cuello, poco a poco, se hundió en los hombros; entre tanto, el cuerpo, presa de espasmos, exhalaba un vapor nauseabundo. Facundo se convirtió en una masa amorfa y peluda que se derretía sobre la silla. Nicolas se agitó en su sitio, pero no podía moverse, le chorreaba, en cascada, el líquido rosado frente a los ojos. Con lo que le quedó de manos, se quitó las Ray-Ban que permanecían intactas. Miró a los demás comensales, escurridos sobre sí mismos, igual que Facundo, convertidos en bolas desinfladas que goteaban su propia carne.

Diego Garcés
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