23 enero, 2020

Peripecias del soñado

por Ariel Casaubon

Redacción por Redacción En Narrativa

I

Pongo a calentar la plancha para hacerme un bife. Me gusta comerlo con rodajas de tomate esparcidas con sal y orégano y un poco de pan. Acomodo los círculos colorados arriba de la carne y pincho cada bocado como una sola cosa, que al morderla se deshace en un solo sabor, mezcla de sangre dulce y especias fuertes. Ahora sobra una silla. Que sin embargo está apartada levemente de la mesa, como si alguien la hubiera corrido un poco para sentarse o levantarse, como si recién hubiera pasado. Entonces se desata un poco ese nudo que empezó con los sueños sobre Mariano. Yo lo sueño tratando de amigarme con las noticias de los primeros momentos, con su cara violeta quemada por el veneno que tuve que reconocer en la morgue; elementos de una violencia imposible de prever que se atascaron en mi sistema y que para atravesar su impacto es necesario atravesar la historia. Junto las pocas cosas que sé, y lo imagino al gordo sosteniendo la pieza suelta del motor, enredado en el zumbido ensordecedor de las langostas arrasando con el maizal, sobrevolando el espacio libre que forma la ruta entre los sembradíos, en busca de plantaciones nuevas. El sol de la mañana calentando las escarchas de la noche, y en esa pequeña ebullición, el aire oliendo a tierra mojada después de la lluvia. Y bajo el cielo, ya pleno de azul, las plantas elevadas alfombrando con sus sombras largas los costados de la ruta.

Lo pienso a Mariano, parado frente al capot abierto, tironeando para sacar algo mientras las langostas viajan veloces moviendo las plantas en su vuelo enmarañado, chocándolo. Y él, mirando alguna planta larga cubierta de langostas negras que la comen, quizás sintiendo un espasmo de miedo al contemplar la voracidad con que los insectos arrasan todo a su paso, se haya metido en la camioneta, cubriéndose la cara y la cabeza, con la pieza rota en la mano. Tal vez sopesara las posibilidades de su naufragio, y esperando a que el aluvión de langostas pase, se haya acordado de mí. Lo imagino al gordo, ahora que yo como y él se ha hundido bajo la tierra, pensando en salir a buscar ayuda con el sol del mediodía, atravesando el maizal deshecho; pero también lo imagino encerrado en la camioneta evaluando qué hacer, perfeccionando durante un momento la sensación del desamparo total, que en su cuerpo sería una presión en el estómago y un leve temblor en las axilas, pero que él seguro buscaría ubicar a un costado, en algún lugar perdido del cuerpo que le permitiera darse cuenta de que tenía sed, y que el calor, empezando a brotar con el sol que sube, le producía un placer dulce en la piel, adormeciéndolo, provocándole pronto muchísimas ganas de orinar; lo imagino comenzando a oír el murmullo lejano de las avionetas, distinguiendo tras ellas el pálido gris de la aureola de veneno.

Sin embargo todo esto tampoco forma parte de aquella tangente inesperada que apareció con lo de Mariano, como una lluvia paralela cayendo entrometida entre las gotas gordas del diluvio. Puedo entender el sueño infinito que me avasalla desde hace veintiún días como un taponamiento de la conciencia, una tozudez involuntaria en aras de buscarlo, de ver qué me dice, de estar con él vivo y escucharlo una vez más, y abrazarlo en el sueño y sentirlo cálido y tocarle las manos gordas y mirarlo, mirarlo mirándome. Pero con los días comenzó a aparecer una especie de hastío. Me agota la insistencia del deseo de escucharlo decir: “Estoy bien Pablito, andá tranquilo”. Por eso busco en la vigilia, opaca de sueños y despertares incompletos, calibrar los relámpagos de langostas, al veneno gris y a Mariano, con un despertar que al fin y al cabo nunca llega del todo. La bruma de su muerte se ha transformado en otra cosa, en algo que no llego a contarle al doctor Lopatín. Dormir me aburre. Soñar es el residuo imperfecto de mis anhelos.

II

El Doctor Lopatín me explicó que la abundancia de sueño es normal. Que mi necesidad dormir para, digamos, “digerir” el duelo, es un proceso natural; y que no intente persuadir su normal desarrollo con ideas tangenciales como la depresión, o la extrañeza que me provoca el hecho de tener constantemente ganas de dormir. Le parece muy bien que mi actividad onírica tenga la potencia de una explosión, y que es lógico que siempre sueñe la misma situación. Dice que es buena señal, que la conciencia se cura soñando. En su consultorio abarrotado de estatuillas y libros, siempre recubiertos por la luz tenue de su lámpara de pie y el velador que me espera al lado del diván, traté de explicarle que, en realidad, estoy un poco cansado de soñar con Mariano, que ya no estoy triste, como hace veintiún días. Me es inevitable vivirlo un poco desde afuera, como si estuviera esperando que pase. También le comenté que comenzó a resultarme un poco engorroso tener tanto sueño, impidiéndome el normal desarrollo de todas las otras cuestiones de mi vida. Rió levemente y dijo “es normal”, cuando le dije que no puedo recordar su cara una vez que salgo del consultorio. Lo hice para ver qué me decía. Agregué que puedo pensar en Mariano sin llorar. Ya sé que murió y que he quedado solo. Me acostumbré a llegar al departamento y verlo vacío, reconocer las luces del cuerpo vivo de mi hermano que se quedaron alimentando los colores de las cosas: el marrón de los sillones de gamuza disipándose en la distancia de las sombras, haciéndose tenue, desaturándose en un espectro terroso que se aleja del marrón. O las imperceptibles manchas en la blancura de la heladera captando mi atención, a pesar de su pequeñez por sobre la totalidad del espacio rectangular. He aceptado que ésta es mi casa ahora. Es por eso, le dije, que la “digestión” del duelo se ramifica en otras cuestiones. Por ejemplo hace poco tuve de vuelta ese pensamiento estúpido sobre los espejos que me viene desde que se murió mi hermano. Casi al final del día se acercó el jefe de redacción del diario. Sostenía mi artículo sobre las comparaciones entre nuestro pueblo y aquel que lleva el mismo nombre pero en la República del Paraguay, y mientras lo sacudía en el aire me dijo: “¿te das cuenta que confundís los pueblos, Pablo?, al nuestro le ponés las cosas del otro y viceversa”, y agregó “parece uno el negativo del otro”. Después siguió, alertándome otra vez sobre algo que hice de un modo distinto al que a él le hubiera gustado, y dijo cosas que yo no pude retener, porque las posibilidades de un mundo en negativo resonaron inexorables. Le dije que sí, pedí disculpas y él me miró como me miran todos en las últimas semanas y me dijo “está bien, tranquilo, prestá más atención la próxima, Pablo”. Yo aproveché esa mezcla de lástima y resignación y me fui unos minutos antes. La tarde se caía temprano del cielo, destapando una noche aún clara, teñida del azul que desaparecía. El picor helado del aire me introdujo en un letargo en que el pensamiento quedó suspendido, replicándose a lo largo de las cuadras sin resolverse en nada, flotando en la espesura del frío, montándose en el repique de las voces y las corridas de la redacción, que siempre se quedan un rato cabalgando en la cabeza, hasta que las horas los disuelven un poco y después de la ducha y alguna lectura sobreviene el sueño.

El Doctor Lopatín me dijo que pensar el mundo en negativo es, justamente, una de las posibilidades de los sueños. Me preguntó si la noche anterior había sido exactamente igual que los otros días. Le aclaré que no, que todos los días hay un poquito más de escena, y el sueño se va completando noche a noche. Hay pequeños cambios, pero lo que pasa es siempre lo mismo. Sin eludir la sistemática propensión a los latiguillos de todos los psicoanalistas, preguntó “¿y qué es lo que pasa?”. Percibiendo la media sonrisa de triunfo en la comisura de sus labios contesté:
—Pasa que Mariano está vivo.
—¿Y ése el negativo de tu mundo Pablo?
—¿Por qué afirma preguntando doctor?
—Ese es el negativo de tu mundo, Pablo.

El doctor me pidió que le cuente el sueño completo nuevamente, exactamente como lo había soñado la noche anterior. En él Mariano tosía, sacudiéndose inclinado con las manos en las rodillas entre el humo espeso, como un enorme grumo de barro suspendido en el aire, interrumpido en su silencio de aire por la avioneta que pasaba sobre el maizal. La luz diáfana de la mañana a través del veneno grisáceo, dibujaba la silueta pálida e informe que reconozco por esas cosas que se saben en los sueños, y aunque no haya llegado a hablar, porque la picazón de la garganta le impedía modular, una variante rasposa de palabras con sentido burbujeaba en su boca indicándome algo, un llamado o un aviso que nunca llego a comprender bien, pero que de todas formas es evidencia clara de que Mariano está vivo, indefectiblemente vivo inclinado y tosiendo y queriendo decirme algo, haciendo un voltereta elástica en el contra molde de la existencia, para caer del lado de la vigilia donde también la refracción de Mariano habita el departamento, impregnándolo de la sustancia del recuerdo. Después de eso le pregunté al doctor sobre la posibilidad de que el mundo real sea de hecho el negativo de lo existente.

Descubrí al doctor Lopatín en su silencio: buscaba alguna sutileza del lenguaje para contestarme, sin que se prefigure la evidente cuestión de la locura.
—No hay necesariamente un lado negativo y otro positivo Pablo, el espectro de la realidad es una sola cosa. Ahora: el impacto de la muerte puede hacer que, para absorberlo, para hacerlo entendible sin que sea abrumador, nos veamos forzados a crear una de estas ideas, donde separamos los recuerdos de la vida real. Está todo junto, en tu cansancio interminable. Necesitás dormir, para terminar de soñar a tu hermano muerto. La realidad es ésta Pablo: acá tu hermano no está. Yo soy real, aunque me borres la cara cada vez que te vas.

Yo reí.

III

Dejo los platos en la pileta porque estoy lleno y tengo sueño. La marea de modorra es casi una obligación que el invierno y el calor de la comida me imponen al mismo tiempo. La casa es helada. Carezco de estufas a gas, pero con la manta mía y la de Mariano, más el pequeño caloventor apuntándome a los pies, puedo combatir al frío polar. Antes de dormir me tomo unos mates y me fumo un cigarrillo. No lo hacía antes porque al gordo no le gusta el humo, y dice que dejo la bombilla con sabor. Pero ahora que no está, uso su manta y me caliento más, fumo un cigarrillo y dejo la bombilla con sabor. Apago la luz porque me distrae, me hace pensar en eso de los colores, que ahora son distintos. El frío picante de la noche deja sus patas de hielo en la espalda. Me estremezco en un sacudón involuntario. Calzo los pies en las pantuflas y me paso la mano por la cara apretando un poco los ojos hasta que brota su agua adormecida. Voy hasta la cocina anexada al comedor sin prender la luz. El refilón de luna que ingresa desde la calle pertrecha triángulos en el piso que se recortan entre los muebles, y con eso basta para moverse y recoger el jarrito de la pileta, llenarlo con agua, cerrar los ojos y abrir las mandíbulas en un largo bostezo que culmina en un sonido maquinal. Pongo el pequeño recipiente sobre la hornalla del anafe y me siento en el sillón. Aparece un momento de soltura en que el enjambre de pensamientos van y vienen como quieren, acunados por la placidez del sillón en la penumbra y este estreñimiento de sueños que entorpecen los procesos de la conciencia. Todas estas noches tomo mate y fumo. Caliento el agua en ese jarrito que no alcanza a cubrir la hornalla y dormito mientras se calienta. En esos minutos también sueño, hasta que despierto con el golpeteo metálico cuando el agua hierve. Meto la cara entre las frazadas. El calor del cuerpo empapado de sueño y conservado bajo la manta me tironea otra vez hacia un dormir leve. Y entonces es así, Mariano está vivo, mínimamente vivo en el sueño que vuelve ya emancipado en una duermevela, donde puedo alcanzarlo y oírlo, y ayudarlo a escaparse a campo traviesa por las plantaciones de maíz infestadas de langostas que se cuecen en el murmullo gris de las avionetas. Y nosotros a tientas, uno medio vivo y el otro medio muerto, ganando un espacio vital de sol donde el veneno gris se deshace con el viento y la distancia y Mariano escupe y vomita y al fin me habla.

El parte policial dice que a Mariano lo encontraron boca abajo, a cincuenta metros de la camioneta. Se supone que decidió salir cuando se dio cuenta de que venían tres avionetas esparciendo el veneno por el campo. Hace unos días apareció en mi imaginación el momento en que él distingue en el fondo del espejo retrovisor los tres puntos en el cielo, con sus colas de veneno grises e inmensas, taponando la luz del sol en su vuelo rasante. Es una parte de la historia que no la sueño, la imagino cuando, en la desesperación de respirar en el sueño, el movimiento resquebraja la cáscara de agua condensada en los bordes de la nariz que el frío del departamento ha endurecido y me despierta con dolor. Abro los ojos a las cuatro de la mañana, y veo enrevesada en los recodos de las cosas la melaza espesa de Mariano. Recojo pedacitos de sueño y los adhiero al capricho de mi anhelo en esos momentos de conciencia malograda en que los recuerdos, las fantasías y los sonidos de la casa construyen a Mariano refractando sus vapores de memoria en las madrugadas. Los percibo primero en su violento sopor, suspendidos en toda la casa. Enturbiado por un despertar prendido aún al sueño que acaba, confundo el calor del agua hirviendo con la frescura invencible que corría con nosotros a campo traviesa bajo el resplandor del mediodía ya libre del veneno.

Pero luego la quemazón furiosa del agua me despierta completamente y comprendo todo. Me subo al sillón reconociendo la cantidad improbable de agua que inunda la cocina. Intento distinguir de dónde viene y veo el movimiento parpadeante del fuego tras el humo. Reconozco la probabilidad del cortocircuito y miro hacia atrás adivinando la puerta. Me paro en el sillón calculando la distancia y la maniobra, apoyo un pie sobre el respaldo grueso dejando caer mi peso hacia adelante. Quedo a poca distancia de la puerta, donde aún no ha llegado el agua hirviendo y electrificada. Me cubro la nariz con el cuello del buzo y me acuclillo para saltar hasta el rellano. Lo logro, pero rozo la puerta con los dedos del pie y el dolor triunfante del agua hirviendo me arranca a un despertar absoluto. Ya no se ve nada. Salgo cuando el fuego crece atrás mío. Cuando bajo las escaleras, el humo envuelve todo incoherentemente. La puerta de calle está abierta, como si alguien ya hubiera salido y por lo tanto la posibilidad de una desgracia ajena a mi está transcurriendo en este momento y entonces todo es un poco más fácil.

En la calle las sombras de las personas parpadean tras el vaho que cubre el aire. Van y vienen, corren apagándose intermitentes. En la locura de la huida empiezo a correr, también yéndome, atravesando la bruma que se mete en la boca. Siento la densidad de esa materia suspendida en todo, oigo las voces de catástrofe y entonces reconozco la sombra de Mariano y estoy contento, porque es mi sueño y entonces está vivo, y yo estoy vivo también porque sueño. Y entiendo ahora que en la lucidez de esta nueva vigilia, las preocupaciones se despreocupan, y aparecen en los sueños ilaciones espontáneas y sutiles de momentos que se luego se sustraen de la memoria. Y se desprenden de ella las fantasías que habitan la conciencia. Entonces siento una especie de libertad que no se parece a nada pero en este mi sueño estoy bien, y entonces los días sólo me sirven para soñar y es correcto; y lo toco y él tose, como siempre, lo agarro del brazo y comienzo a correr con él, y sentimos el aire viscoso aun de bruma pero ya llega el mediodía y el sol y Mariano me detiene y dice: “¡Pará, pará!”. Yo voy experimentando cómo se descerraja el sueño escuchándolo entre los espasmos de tos: “Te quedaste dormido, Pablo. Nunca prendiste la hornalla para el agua. Hace veinte días que trato de decírtelo. No paro de soñar con vos.”

Ariel Casaubon
arielcasaubon2@gmail.com

2 Comentarios
  1. Erre Guerena 31 enero, 2020

    Muy buen cuento.
    Chuang Tze y el sueño de la mariposa atravesado por la pesadilla de los agrotoxicos.
    El Ser atravesado por el tiempo que va y viene.
    Fantástico !

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    • Administrador La Pluma
      Administrador La Pluma 31 enero, 2020

      Erre: Para nosotros es muy bueno recibir comentarios, para bien o para mal. Gracias por comentar. ¡Saludos!

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