19 abril, 2020

Mariposas blancas

por Nicolás López Alfonsín

Redacción por Redacción En Narrativa

Ilustración: “All work and no plays makes Jack a dull boy…” por J.S.B.

1.

En el sueño: lagartos. No exactamente lagartos. Anfibios o reptiles, como víboras grandes con aletas, con cabeza de lagarto. Animales prehistóricos bajo el agua. Yo, con medio cuerpo sumergido, los veía moverse a mi alrededor. Como mucho te van a morder una pierna, o las dos, pero no te van comer, son parte de tu familia, me decía Lucila, mi vecina de la infancia. Ella hablaba desde una orilla. Había cada vez más agua y más lagartos. En un momento dejé de ver la costa y también a Lucila. No sentía miedo, pero sí la necesidad de ser prudente. Pensaba que los lagartos tarde o temprano se irían, que el agua comenzaría a descender, que volvería a ver la costa. Entonces desperté con una sensación apenas extraña. Observé el reloj y, al comprobar que faltaban quince minutos para que sonara el despertador, aproveché ese tiempo para quedarme en la cama. Cuando escuché el sonido habitual, empecé mi rutina de cada mañana y me fui a trabajar.

Lucila hace natación y vive con una gata. Lo sé porque me lo dijo, es decir, no lo sé. No la vi hacer brazadas, ni flotar, ni escuché maullidos, ni vi otro animal, además de Lucila. Tampoco la escuché decir mi novio, ni mi marido, ni mi madre o mi padre tal cosa, ni nunca, que yo sepa, la fueron a buscar a la salida del trabajo. Cuando llego la encuentro sentada detrás del mostrador de recepción. Intercambiamos un buen día ajeno a las alteraciones climáticas y los resultados deportivos, y me dirijo a mi oficina. A veces coinciden unos minutos de nuestro horario de almuerzo. En esos casos, en los que nos encontramos en el comedor, nos recomendarnos películas. Nuestro límite es la sugerencia. Ninguno pregunta, después, si el otro tomó en cuenta la recomendación.

2.

Debo hacer una aclaración: la Lucila de mi infancia nada tiene que ver con la Lucila actual. Son personas distintas. Con esto no quiero decir que todo ser un humano, al crecer, se transforme en otra persona, una que conserve más o menos características de las que tuvo en sus primeros años. No. Cada una de ellas tiene su propio cuerpo, sus ideas, su familia, su historia personal. Por lo que para evitar confusiones, lo mejor será que las nombre diferente. Llamaré a mi vecina de la infancia, por haberla conocido antes, Lucila. Y a mi compañera actual de trabajo, a quien conozco desde hace algunos meses, Lucila Lucila.

La lógica es simple, por eso eficaz. Sus zapatos combinan con el sweater, cuando no del mismo color, de la misma tonalidad, y el pantalón clausura toda pretensión monocromática. Rara vez se altera el patrón. En concreto, hoy: zapatos marrón claro y sweater beige, jean celeste; ayer: zapatos y sweater bordó, pantalón de vestir negro. Ella entra a trabajar una hora antes que yo, por lo que se va una hora antes. Cuando coincidimos en el comedor, como ahora, es porque se demoró con algún llamado telefónico o surgió un imprevisto, o porque pude adelantar mi hora de almuerzo, aprovechando que mi jefe directo no estaba en la oficina. Lucila, Lucila Lucila, dice:

—La película es cíclica, sobre todo repetitiva, pero en lo que se repite hay variaciones. Ves al mismo tipo que se despierta todos los días a la misma hora, sin despertador, y lo primero que hace es darle un beso a su mujer. Luego se va a trabajar, siempre con la misma ropa. Es chofer de colectivos. Anda con un anotador y ahí escribe los poemas en sus momentos libres, sentado en el colectivo mientas espera el horario para salir, o en un cuartito que tiene. Y cuando no los está escribiendo los está pensando, siempre atento a los detalles, observando la ciudad, escuchando conversaciones. A la tarde, cuando vuelve de trabajar, se encuentra con su esposa que es lo opuesto a él: cambia todos los días de intereses, es extrovertida, inquieta. La pareja es hermosa, se complementan a la perfección. Por la noche, después de cenar, él saca a pasear al perro y se va a tomar una cerveza, siempre al mismo bar. Bueno, no te cuento más, así la ves. Creo que te va a gustar.

3.

A Lucila la vi durante la mayoría de las tardes entre nuestros cinco y diez años. Mis padres eran amigos de los suyos desde antes de que nosotros naciéramos. Como íbamos a la misma escuela, vivíamos cerca y mis padres volvían tarde del trabajo, la madre de Lucila nos retiraba a los dos y nos llevaba a su casa. Cerca de las ocho pasaban a buscarme en auto para regresar a la nuestra. Ahí mi madre terminaba de cocinar una cena que había dejado preparada, o casi preparada, esa misma mañana, y mi padre se dejaba caer en el sillón. El recuerdo que tengo más presente de él es ese: el de un hombre cansado que cae en un sillón. A mi madre la veía más tiempo. Ella entraba a las dos a su trabajo y era quien me llevaba a la escuela al mediodía. Ahí me encontraba con Lucila. Compartía con ella cerca de siete u ocho horas diarias, una cantidad similar a las que paso con Lucila Lucila, pero en otro contexto. Porque Lucila y Lucila Lucila habitan mundos diferentes.

Lucila Lucila me dijo, es decir, confío que sé, que vive con una gata. Tengo mis cosas, agregó. Soy así. Me refiero a que es difícil acostumbrarse a otros hábitos, por ejemplo, me gusta nadar de noche. Voy tres veces por semana, lunes miércoles y viernes, y casi siempre me voy última del gimnasio. Es más, hay días en los que el hombre tiene que acercarse a la puerta del vestuario, en el que quedé yo sola, y gritar que por favor me apure, que es la hora de cerrar. Para serte sincera, yo mucho no me apuro, pero tampoco me demoro a propósito. A lo que iba. Hay días en los que llego a casa a las once, le doy comida y le cambio las piedritas a Atenea y recién ahí me pongo a cocinar. Y a la mañana siguiente me levanto temprano para venir para acá. ¿Te pensás que hay muchos capaces de soportar eso?

4.

Los semáforos son más grandes de lo que parecen. Lo descubrí hace un par de noches, mientras cenaba en la terraza de una pizzería. Estaba sentado en una de las mesas cercanas a la baranda, sobre la avenida, a pocos metros de la parte del semáforo en la que están las tres luces de colores. La parte fundamental. Porque también está la otra, esa ele invertida que actúa de soporte y que, si bien es constitutiva del objeto semáforo, es secundaria e incluso reemplazable. Esto lo demuestra el hecho de que hay semáforos con formas diferentes, como esos más pequeños que se asemejan a una i. También hay semáforos pintados de distintos colores. Pero en todos los casos -es decir, sin importar la forma ni el color del objeto- encontramos las tres luces que dirigen el tránsito. ¿Son acaso las luces lo esencial del semáforo? O pensándolo mejor: ¿son las luces, con su soporte material, ese mismo que vi hace un par de noches mientras terminaba mi fugazzeta y me sorprendió por su tamaño, o lo son únicamente los colores rojo, amarillo y verde, los colores en sí, si se me permite la expresión? No hay dudas de que es un tema arduo, que conviene dejar para otro momento. Sobre todo teniendo en cuenta que mi jefe acaba de salir de la oficina y Lucila Lucila todavía está en el comedor.

No dice Lucila Lucila, digo yo:
—Te muestra su forma de trabajo, lo obsesivo que era. Porque era muy obsesivo. Para Ojos bien cerrados tuvo un año a una persona fotografiando fachadas de casas en Nueva York. Quería encontrar la fachada justa, la que más se pareciera a la que él tenía en la cabeza. Y como vivía recluido con su familia en Inglaterra, trabajaba así. El documental no es gran cosa, pero aporta datos, ese tipo de curiosidades… ¡ah! Al final la fachada que se filmó no fue ninguna de las fotografiadas. Qué se yo, te tiene que gustar mucho su obra para verlo. ¿A vos te gusta?
—Muchísimo —responde Lucila Lucila.
—¿Película preferida? —pregunto.
—Barry Lyndon.
—¡Esa! Apuesta fuerte.
—¿Me estabas tomando examen?
—No, no… me sorprendió, sólo eso.
—¿La tuya?
—El resplandor.
—¿En serio?
—Sí. En general no veo mucho suspenso ni terror, pero El resplandor tiene algo. Ni hablar que hay un montón de planos impresionantes, pero eso pasa en muchas, y que las actuaciones están muy bien. Pero ese personaje, completamente desquiciado, escribiendo en una máquina de escribir la misma frase una y otra vez, esa frase… no sé, hay algo ahí…
—No tiene mucho que ver, o quizá sí, pero mientras te escuchaba me acordé de una película que vi hace mucho. No me acuerdo el nombre, ni el director, pero sí unas imágenes hermosas de mariposas blancas. La historia era simple, un conflicto familiar, lo de menos. Lo curioso era que cada tanto, sin motivo, se colaban las mariposas interrumpiendo la escena. Por ejemplo, en medio de un diálogo, de repente veías una mariposa blanca cerca de una margarita, en toda la pantalla, durante algunos segundos y después se retomaba el diálogo. Así varias veces, en diferentes situaciones. Mariposas blancas en el cielo, o posadas sobre el marco de una ventana, o volando entre los árboles.
—¿Pero no tenían nada que ver con la historia? ¿O con algo que en ese momento hubiera dicho un personaje?
—No. Quizá habría alguna conexión rebuscada que yo no vi, pero estoy casi segura que no.
—Suena un poco a capricho del director…
—Puede ser. Pero al día de hoy lo único que recuerdo de la película es eso, las mariposas. Ni siquiera me acuerdo el nombre.
—Tal vez era un fanático de las mariposas blancas.
—No, no, lo que trasmitía no era fanatismo, era amor. Amor por una imagen. Como otro puede enamorarse de un color, o de una textura, o del sonido de una palabra, ¿por qué no? Enamorarse de una imagen, o de varias imágenes, e incluirlas sin motivo aparente, aunque suene a capricho.

5.

En la casa de Lucila había una pecera con peces de agua caliente. Eran peces de distintos colores. Cada tarde, durante los primeros años de la primaria, los alimentábamos. Entre los dos dejábamos caer sobre el agua esos papelitos de textura extraña que conforman el alimento para peces, mientras Lucila sonreía y su madre parecía feliz. Años después los peces murieron, creo que por un cambio brusco en la temperatura del agua. Fueron días tristes para Lucila, durante sexto o séptimo grado. Tal vez para animarla, al poco tiempo le regalaron una iguana que ella cuidaba en su habitación dentro de una pecera. Para ese entonces yo ya volvía solo a mi casa después de la escuela o me iba al entrenamiento de básquet, aunque cada tanto seguía yendo a su casa a ver la iguana. Ahora que lo pienso, siendo varón, haber ido casi todas las tardes durante más de cinco años a la casa de una amiga no es algo común. Es probable que haya recibido burlas, pero no las recuerdo. Lo cierto es que fuimos muy buenos amigos hasta que terminamos la primaria y ella se mudó con su familia a Mendoza, por una oportunidad laboral que tuvo su padre, la cual, según me dijo Lucila que le había dicho su madre, era imposible rechazar. De modo que el padre aceptó y nunca volví a verla.

Estoy dando vueltas alrededor de un círculo muerto. Cada mañana escucho el despertador a la misma hora, me levanto, me baño, tomo el subte, voy al trabajo, en el mejor de los casos converso con Lucila Lucila, regreso del trabajo, voy dos veces por semana al gimnasio, dos o tres al cine, ceno en mi casa o afuera, miro televisión, me lavo los dientes, me acuesto, me duermo. Los fines de semana me encuentro con algún amigo o visito a mis padres, y de vez en cuando a mi tía. Así estoy desde hace meses. El círculo puede parecer vivo, e incluso quizá para otro lo esté, pero está muerto.

6.

Tuve una pesadilla que no recuerdo. Desperté hace diez minutos con un grito y desde ese momento estoy nervioso. Lo que más me inquieta es no recordar qué me hizo gritar, qué me obligó a salir del sueño. Doy vueltas en la cama hasta que escucho el sonido del despertador. Me levanto, empiezo mi rutina de cada mañana y me voy a trabajar. En el subte me empujan más que de costumbre. Llego al trabajo, saludo a Lucila Lucila y de camino a mi oficina me intercepta mi jefe con un tema que, según él, es urgente. Para mi lo urgente es saber qué soñé. Hasta que no lo sepa me veré envuelto en un miedo sin nombre, sin forma ni color. Pero bueno, cada cual tiene sus prioridades, sus miedos, sus urgencias. Sí, por supuesto, respondo, y recibo el informe.

Dedico buena parte de la mañana a lo urgente, a lo urgente para mi jefe, que me lleva más tiempo del que suponía. No es fácil detectar la falla primaria, esa que desencadena una serie de cálculos y decisiones que, aunque en apariencia es correcta —de hecho, si se la evalúa de manera independiente lo es— termina provocando un error que se manifiesta en el resultado y que tarde o temprano salta a la vista. Paso la mañana haciendo cuentas, revisando mails viejos y presupuestos. De a ratos se acerca mi jefe para recordarme lo apremiante del asunto, y es entonces cuando intento recordar qué soñé y no lo consigo. Al fin encuentro la falla: cinco números y una interpretación que alguien de mente muy abierta hizo de una cláusula. Mi jefe me felicita a su manera: te tomás tu tiempo, no lo voy a negar, dice, pero el resultado es satisfactorio. Yo quisiera mandarlo a la mierda, pero no puedo. Así que vuelvo de su despacho a mi oficina y me pongo a jugar al tetris, a ver si supero mi propia marca.

Dice Lucila Lucila (zapatos apenas más oscuros que el sweater, ambos verdes, jean azul):
—Bueno, tampoco es para tanto…
—¡Sí, lo es! —respondo, y de inmediato bajo el tono— El protagonista se enamora de una consciencia, y ese amor es correspondido.
—La consciencia, para usar tu palabra, se enamora también de ochocientos hombres más, hombres y mujeres, si no recuerdo mal.
—Sí, eso es cierto. Pero hay una conexión real, la palabra es ésa. Y la relación que tienen en cierto sentido es muy pura, como dice la mujer que quiere representar su cuerpo en ese encuentro frustrado. Y a la vez… es un poco aterrador, ¿no?
—¿Un poco? Para mi bastante. ¿No la habías visto?
—No, la vi ayer por primera vez, y me encantó. ¿Vos viste algo bueno?
—Hace días que no. Pavadas en la tele, para pasar el rato mientras estoy con Atenea… —Lucila Lucila se queda observando una pared del comedor, como si quisiera traspasarla con la mirada. Yo permanezco en silencio, imantado por sus aros verdes, circulares, con una gema celeste en el medio. De repente sonríe de una manera que jamás la había visto sonreír, y dice, como si fuera algo sabido desde hace tiempo, un detalle que conoce y acepta, o el peligro de un espejo: tarde o temprano vas a entender que no estás solo contra el mundo.

 
 

Nicolás López Alfonsín
nlopez_87@yahoo.com.ar

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