27 marzo, 2020

La casona de la palmera

por Cecilia Rodríguez

Redacción por Redacción En Narrativa

Heredé la casona de la palmera, sobre calle Riobamba, en el año 2019, pero no fue sino mucho tiempo después que llegué a habitarla.

Cuando el tío falleció, la ocupaba un partido de izquierda. Era la sede de su multimedio (versión 2.0 de las viejas prensas socialistas, supongo). Hubiera preferido tirar casona e izquierda abajo, a pura topadora. No me fue posible. El lugar estaba protegido: patrimonio de la ciudad. Venderla como estaba, sin una sustancial inversión de dinero, era una utopía. Así que la izquierda siguió de inquilina hasta que la situación política llevó a ese partido, y a todos los otros, a distintas partes.

La casona de Riobamba era la menor de mis preocupaciones. Ahora es todo lo que tengo.

Llegué hace seis meses. Hubiera querido contratar gente para limpiarla, pero por estos días nadie parece estar disponible. Apenas dos conseguí para la mudanza y, debido al estado paupérrimo del edificio de conjunto, dejaron mis cosas apiñadas en el salón del primer piso y me desearon buena suerte. La primera semana la dediqué a despejar el hall de entrada, el salón, la cocina y el baño de la planta baja. Nunca había lidiado con lavandina, de modo para los dos primeros días ya tenía las manos quemadas. La segunda semana recuperé el patio. La tercera, la habitación de la planta baja. Decidí armar mi vida allí, clausuré los dos pisos de arriba y ni me interesa ir a ver qué hay en el altillo. Con el sótano, en cambio, aún no sé qué hacer.

Noté la presencia del extraño desde el primer día. No era difícil detectarlo. Esas películas que hablan de gente viviendo de incógnito en los sótanos la verdad es que son muy inverosímiles. Todo el mundo sabe lo que pasa en su propia casa. No soy la excepción. Apenas bajé a dejar unos bultos lo vi: estaba tirado en un catre construido con pilas de revistas y acolchonado por unas veinte frazadas, una encima de la otra. Me recordó al cuento de la princesa y el guisante, solo que en vez de princesa era un hombre peludo, alto, de espalda amplia, pecho desnudo y piel morena. Olía peor que la casa. Estaba rodeado por cinco cajas de vino vacías más una sexta, quizá todavía llena, que abrazaba. Proseguí con mis labores. Por algún motivo su presencia me hizo más productivo, y esa misma tarde terminé de despejar el salón y la cocina. Bajé varias veces al sótano y en ningún momento se despertó, hasta que la décima vez ya no estaba. Se había llevado todas las cajas de vino menos la llena. La cama parecía tendida, si es que una cama así puede tenderse. Y sobre ella, una nota: vuelvo en unas horas, no te tomes mi vino.

Esa noche se oyó mucha conmoción en la calle. Lo oí mover la reja de la entrada a las 5 y algo. Amanecía. Oí sus pasos en el sótano, luego en la escalera, más tarde en la cocina. Por último, lo oí volver hasta perderse en el sótano y roncar. El bullicio de la calle se había aplacado totalmente. Algunos pájaros cantaban. Tuve la sensación de que la vida volvía a la normalidad. Me dormí profundamente, como un bebé, hasta entrado el mediodía. Noté que el extraño se había llevado la mitad de un queso y había dejado en su lugar la mitad de un pan de campo. Había otra nota: gracias por no tomarte mi vino y por compartir tu queso. Lo del queso me indignó un poco. Pero con el pan compensaba la actitud y entonces desistí definitivamente de la idea de llamar a la policía. Por esos días no era claro, además, cuál era el teléfono de la policía. Y hasta el día de hoy no estoy muy seguro quién es el que toma las decisiones cada vez que hay movimientos en el barrio. Por suerte ya no tengo ni que salir a la calle. Todo es demasiado confuso. Por las noches se escuchan cosas y no tengo fuerzas para asomarme a la ventana. Tampoco me gusta escuchar las noticias. Muchas veces me dieron ganas de preguntarte al extraño qué es lo que pasa, pero salvo por las notas no hemos hablado, ni siquiera esa vez que llegó acompañado y notablemente herido. Oí que trababan las puertas del sótano y que sus voces, como murmullos, ocupaban de repente toda la casa. Nada entendí. Era como si hablaran otro idioma.

A los pocos días las cosas se calmaron y volvió a ser él solo. Desde entonces sostenemos un acuerdo beneficioso para ambos. Cada mañana le dejo dinero y una nota con la lista de las compras. Siempre le dejo algo extra para que él se traiga su vino. Por ahora los dólares circulan y yo tuve a bien quedarme con una buena reserva que él jamás encontrará. A él le viene bien porque parece que tiene muchos compromisos allá afuera, pasa largas horas haciendo dios sabe qué cosa, entonces solo tiene que traer los víveres y yo me encargo de todo, cocino almuerzo, merienda y cena para ambos. Comúnmente él se traga las tres comidas juntas cuando llega, siempre tarde. El sótano se lo limpia él solo.

Ayer por la mañana, no sé por qué, se me ocurrió festejarle el cumpleaños. Le hice comprar harina, dulce de leche y chocolate y también le dejé mucho dinero extra para que se compre un buen whisky. Desde que le convidé un poco del mío le hace asco al vino en caja. Me imagino la cara de felicidad que habrá tenido cuando vio la lista y los billetes. Por la tarde me puse a mirar videos de programas de cocina. Hacía mucho que no encendía el celular y lamentablemente no pude evitar ver algunos titulares y un mensaje de hace tres meses de mi ex… Me sentí un estúpido, con el delantal lleno de harina, pensando en ella, pensando si responderle o no. Decidí que no. Anoté los ingredientes y pasos de la receta que más me gustó en una hoja. Apagué el celular y horneé una hermosa tarta tofi, que dejé en el sótano con una velita azul, la botella de whisky y una tarjeta de feliz cumpleaños. Supongo que de algún modo quiso agradecerme, porque esa noche la ausencia de ronquidos me despertó. Estaba sentado a los pies de la cama. No supe con seguridad si me veía o si su mirada apuntaba a otra parte. Siempre dejo las persianas cerradas y de él sentía nomás un peso en el colchón y una figura más oscura que el paisaje. No supe qué hacer más que rodarme a un lado, cerrar los ojos y dormir.

Me voy, dice la nota que aún no moví de la almohada. Ahora son las dos treinta y cinco de la madrugada. La reja de entrada no suena. En los escondites no falta ni un dólar. La tarta tofi y la botella de whisky están completas, sin tocar, arriba del catre tendido. Solo se llevó la tarjeta de cumpleaños ¿Lo habré ofendido de algún modo? ¿Estará bien? Espero que esté bien. Espero que vuelva. Espero que se le pase el enojo, que se dé cuenta de que es todo una tontería, un malentendido. A esta altura del partido (¡seis meses ya!) no debe conseguirse un whisky de esta calidad sin moneda extranjera. Mientras más lo saboreo más me digo que vuelve seguro. En la calle hay un bullicio tremendo. Todavía es temprano.

Cecilia Rodríguez

Deja un comentario