18 marzo, 2020

La capa caída

por Nicolás López Alfonsín

Redacción por Redacción En Narrativa

Ilustración: Oquídea Lorenza (acrílico y lápiz sobre papel, 40x80cm, año 2008) por Inés de Borbón

1.

Sentí el viento en las rodillas, las pantorrillas y dije claro, una capa cayó, sin embargo todavía delante está el jardín, y adelante y atrás, la pesadez de los candados, la paz de las lilas. Pero volvamos, sin ir más lejos, al presente. Habrá algún adjetivo capaz de expresar esta pérdida parcial de la urgencia y de la angustia, este preludio a la angustia. Quizá lo haya, pero últimamente no encuentro no sólo los adjetivos precisos sino que confundo, además, los sustantivos, sobre todo los abstractos, cosa que —y he aquí lo curioso, o parte de lo curioso, o un aspecto específicamente llamativo dentro de lo que, sin temor a equivocarme, podría llamar confusión estructural— también le ocurre a mi amiga. Por ejemplo, ella, ayer, tras un comentario mío confundió soberbia con cobardía. Y yo, que no ando por ahí corrigiendo lo que dicen los demás, aunque a veces crea tener razón o acertar, como quien dice, la palabra precisa, me mantuve en silencio no por soberbia o cobardía sino porque un cansancio atroz me obligó a emplear una buena cantidad de energía en no caer desmayado. He aquí, tal vez, pensé, buena parte del problema. Pero, a lo que iba: ayer vi a mi amiga, que en sus manos llevaba una regadera, y me conmoví tanto que no expresé sentimiento alguno.

2.

Por supuesto, mi amiga no es jardinera. Y aunque lo fuera, ¿qué cambiaría?, podría decirse, ya que para regar un tallo no hace falta la mano de un especialista ni mucho menos, sino tan solo buena voluntad y un mínimo de disciplina para repetir la tarea día tras día, o día o por medio, o día entre días, esto dependiendo, entre otras cosas, de la estación del año, la frecuencia de las lluvias y el tipo de planta al que el tallo responda. Pero, como decía, con buena voluntad, un mínimo de dedicación y disciplina, por lo general alcanza y sobra. Porque regar es una actividad bastante sencilla, no por eso innecesaria, sino al contrario: acción al reparo de la recompensa inmediata, abrigo que abriga, condición, acaso inevitable, para alcanzar la obra. ¿De qué obra estás hablando?, preguntó ayer mi amiga, tras una parrafada mía mientras tomábamos cerveza después de habernos encontrado, mientras, en realidad, nos seguíamos encontrando, o empezábamos a encontrarnos, y en un momento en que la punta de su nariz, con un copo de espuma, bajo el brillo de sus ojos verdes era la imagen de la ternura. Se lo dije. Lo del copo y su nariz, no de lo de la obra. No por gesto de astucia para evitar la aridez de un asunto por demás escabroso, sino porque la imagen me conmovió tanto que casi me hizo demostrar un sentimiento, y luego la risa, nuestra risa, me hizo olvidar la aridez, tan frecuente desde hace varios meses. Reíamos, decía, y el mozo, un cincuentón de bigote que a cada paso arrastraba esa forma del tedio que en los mozos adquiere un matiz tan particular, se acercó y preguntó, en un tono que en casi cualquier otro momento me hubiera molestado, pero como venía de la risa y la regadera preferí hacerme el desentendido, o acaso lo transformé en el aire, malabares de la alquimia: los jóvenes, ¿desean algo más? Nos miramos —no con el mozo, con mi amiga— y respondí: no por ahora.

3.

Yo venía de varios días de conversar la mayoría de las veces conmigo y cada tanto con un gato que algunas noches, de forma inesperada, cruzaba la medianera que ahora observo —continúo en el patio de mi casa, con la capa caída—, cuando, de manera inesperada —como un felino— mi amiga me escribió. Mensaje va mensaje viene, como dicen, terminó diciéndome que saliera un rato, que me iba a hacer bien, que ella estaba por el centro, que si no quería ir. ¿Por qué no?, pensé. Y fui. Al salir la cantidad abrumadora de estímulos casi me hace regresar, las luces los ruidos, ¡ay! los ruidos, pero aún así seguí caminando durante cinco, seis cuadras, hasta la estación de tren más cercana. Porque a mi, cuando puedo elegir, quiero decir, cuando la elección, de ser posible, no implica una vuelta disparatada, prefiero los trenes, siempre los trenes, a los colectivos. De modo que tomé un tren. Media hora más tarde, más o menos, bajé a dos cuadras de la esquina del bar en el que ella estaba con la regadera, mirando por la ventana con la mirada perdida. Sonrió al verme acercarme y dijo qué bien, dudaba de si vendrías. Y yo, como quien se hace el ofendido pero deja claro, mediante el tono, que la cosa no va en serio, repliqué pero cómo no iba a venir. Más tarde ocurriría, como ya conté, el episodio del copo.

4.

La capa, aún tibia, roza mi talón izquierdo. El viento, que inexplicablemente sopla desde adelante y desde atrás mío, como si estuviera en un remolino o más bien en el ojo de una brisa amable, y que hace algunos minutos percibí cómo blandía los pelos de mis piernas, sobre todo a la altura de las pantorrillas, continúa soplando. Inhalo. Retengo el aire tres segundos. Exhalo. En algún momento, mi amiga preguntó: ¿estás mejor? Y yo hubiera querido decir: cuando, en el extremo de los dedos de las manos o en las plantas de los pies, que son, en definitiva, otro extremo, siento un leve hormigueo sin sentir el calor que otras veces, cuando siento el cosquilleo, siento, o cuando el aguijón que vive en estado de latencia en medio del estómago se transforma en un pinchazo insoportable acompañado de un leve mareo, o aquellas otras veces en que se me nubla la vista y no veo, te juro que no veo, es sólo un instante, pero las figuras desaparecen, dejando sólo sus contornos tan definidos con un brillo que tendrías que ver, porque no hay palabras, pero te juro que es hermoso y aterrador a la vez, y por eso, cuando algo de todo eso ocurre, o todo a la vez, siento miedo. Pero permanecí en silencio. Y ella, que como quien dice me conoce, no volvió a preguntar.

5.

Quedémonos en la noche anterior. Mi amiga acaba de preguntarme, hace un minuto, si estoy mejor. Yo, que no lo estoy, continúo en silencio porque no me gusta mentir. Ella busca algo dentro de una bolsa que cuelga de su silla, dice: te traje un regalo. De inmediato, me entrega una pequeña maceta de plástico naranja envuelta en papel verde y blanco, cuadriculado, y agrega, con otras palabras, lo que viene a continuación:

En Japón hay una flor, no sólo en Japón, también en la India y en otros lugares, la mayoría de oriente, que es más que una flor aunque bueno, qué sé yo, tal vez sea sólo una flor. Lo cierto es que es hermosa, que crece en el fango y por la noche se cierra, a la mañana siguiente se vuelve a abrir, y así cada día. Ahí se encuentra, ¿me seguís?, la metáfora. Me hubiera gustado muchísimo haberla encontrado para vos, pero no pude, así que te traje una orquídea, que tampoco es ninguna pavada. Y yo, tras haberla escuchado en silencio y contenido el líquido que en más de una oportunidad amenazó desde mis lagrimales, permaneceré en silencio unos minutos más. Luego la charla tomará otro rumbo, terminaremos nuestras cervezas y nos iremos cada uno por su lado, caminando en direcciones opuestas. No tan opuestas, a decir verdad.

Nicolás López Alfonsín
nlopez_87@yahoo.com.ar

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