2 diciembre, 2019

En el café (breve ensayo académico)

por Nicolás López Alfonsín

Redacción por Redacción En Narrativa

1.

El café es mío. Quiero decir: el líquido oscuro que ocupa unos tres cuartos de pocillo, no la cafetería, que tal vez sea del hombre canoso cuyo cuerpo asoma por detrás del mostrador y al lado de la caja. Porque los dueños siempre están al lado de la caja. O de ser, pongamos por caso, una concesión, es probable que el hombre canoso sea el encargado y que el dueño esté afuera, atendiendo una caja mayor. Pero el café es mío, así como la medialuna y media que descansa en el plato. Sí, por qué no: también las medialunas descansan. Pero a lo que iba, para no dispersarme, es que el café y las medialunas son míos aunque todavía no los pagué. Son míos por adelantado. Y gracias a lo que es, en última instancia, un gesto de confianza.

Entonces, ¿qué hace que el hombre canoso confíe no sólo en mí sino además en la mujer que, a unas mesas de distancia, lee un libro del cual no alcanzo a ver la tapa, y también en aquél hombre que habla por celular? ¿Qué lo hace confiar no sólo en nosotros, sino además en los futuros clientes, así como confió en los anteriores? Y por sobre todas las cosas: ¿cómo es posible, hoy en día, que una práctica que se sustenta en la confianza sea lo normal? Porque lo más llamativo es que sea una costumbre extendida, un hábito que está, como le gusta decir a un conocido que estudia una ciencia social, y aprovecha casi cualquier excusa para utilizar su lenguaje, naturalizado. (Mi conocido, ya lo veo venir, con ganas de derribar los primeros cimientos de mi investigación, atacaría de inmediato: “Lo mismo sucede con las tarjetas de crédito. Se compra algo que se termina de pagar hasta doce meses después”, podría decir. Y yo, apelando a lo mejor de mi retórica, dando una estocada simple pero eficaz: “No hay ni punto de comparación. Porque si de un día para el otro, pongamos por caso, saliera un decreto que obligara a pagar las medialunas y el café por adelantado, el mundo seguiría bastante parecido a como está; en cambio, si se suspendiera el crédito, ocurriría un colapso financiero que tendría consecuencias políticas, económicas y sociales que te las ahorro, porque ahora no tengo tiempo, estoy en medio de una investigación”).

Bebo un sorbo de café, termino el cuarto de luna. Dejo de observar las migas dispersas a los costados de la medialuna que aún no comí, pero ya es mía, y bebo otro sorbo más. El hombre continúa hablando por teléfono en un tono de voz cada vez más elevado, que choca, por así decir, con el ambiente. Nada pretenciosa, la cafetería es agradable. Sus diez o doce mesas de madera, su casi nula decoración —tres cuadros con imágenes alusivas al café, granos y cosas por el estilo, un reloj, un póster enmarcado del Racing campeón de dos mil uno— y su silencio, invitan a hablar lo mínimo y necesario; y, de ser necesario, a hacerlo en voz baja. Esta sí que es una rareza particular que probablemente dependa del hombre canoso de rostro cansado: sea dueño o no, que no haya música y la televisión esté apagada debe haber sido una decisión suya. Aunque tal vez haya algún desperfecto técnico. No lo sé. Como sea, en este ambiente de silencio y austeridad, con una moza que cuando se desplaza lo hace con pasos lentos, casi en puntas de pie, y una mujer que lee en estado de absoluta concentración, y yo, que parto con ambas manos un pedazo de luna en una pausa de mi investigación, los ahora ya gritos del hombre resultan, no sólo desagradables, sino fuera de lugar. Pero ahí está: sirviéndose en un vaso largo, de vidrio, el final de una gaseosa que fue suya por adelantado.

2.

Hay personas que encuentran en el caos su elemento. A medida que aumenta se convierten, si tienen pericia, en surfistas capaces de deslizarse con estilo por olas cada vez más peligrosas. Algunas veces logran hazañas que yo, ajeno al surf, admiro; otras, tienen suerte si se rompen sólo un par de huesos. En cualquier caso, jamás persiguen el orden. Y cuando, por alguna casualidad, el orden se les presenta, lo rechazan con una mirada altiva que tiene mucho de coraje, aunque no menos de desesperación. A este grupo tal vez pertenezca el hombre que hace unos minutos terminó su conversación a los gritos, con un grito. “Sí, ya sé. No te preocupes, después lo arreglo”, dijo, en un tono que no tranquilizaría a nadie con un mínimo de sensatez. Luego cortó, empezó a grabar un audio, tomó su campera, dejó un billete bajo la gaseosa y salió, llevándose por delante algunas sillas mientras seguía grabando el audio y se pasaba el celular de una mano a la otra a la vez que intentaba ponerse la campera —objetivo que, hay que reconocerlo, cumplió.

Desde que el hombre se fue, la mujer dejó de leer. Desde entonces, está inquieta. Ya se acomodó varias veces en su silla, revisó el celular, miró por la ventana, me observó beber el último trago de café y terminar mi luna, abrió el libro, lo volvió a cerrar. Pareciera que ahora, cuando por fin hay una calma más propia de una biblioteca que de un bar, el lugar se convirtió para ella en poco propicio para la lectura. Quizá forme parte de la clase de personas que necesitan de un ambiente hostil para sacar lo mejor de sí mismas. Y que, cuando la situación ya es adversa de por sí, suman dificultades. Para decirlo claramente: preferirían escalar el Aconcagua engripadas. (Ella sigue sin dejar de moverse, y yo, que me distraigo con facilidad, que me contagio de casi todo lo que anda dando vueltas a mi alrededor, pierdo la calma y olvido lo que empecé a investigar hace un rato. Ya sin café, bebo un trago de soda).

3.

La mujer retomó su lectura unos segundos después de que el hombre canoso prendiera la televisión y subiera el volumen a un noticiero. ¿Hay relación entre un acontecimiento y otro? Imposible saberlo. ¿Importa? Muy difícil saberlo. Más importante es, sobre todo en una investigación seria, tener un gesto de honestidad intelectual.

Hay personas que en un momento de su vida se enojaron demasiado con eso que llamamos mundo —con sus cosas y sus seres, sus relaciones, visibles o no, de poder, sus límites, tan humanos, tan difíciles de olvidar— y decidieron tomarlo como enemigo. No es relevante el motivo de su enojo, ni si tiene o no fundamento. Pero lo cierto es que con el transcurso de los años ese enojo llegó a calar muy hondo, y su origen a volverse cada vez más difuso. Estos humanos, cuando no naufragan en el alcohol o la academia, ocupan buena parte de su tiempo en empezar investigaciones que abandonan de inmediato; en forjar teorías, cuando no conspirativas, ridículas o absurdas, siempre inútiles. Ni surfistas ni adaptados por completo a la adversidad, vuelven cada tanto a su enojo, o para ser más preciso, al intento de hallar la raíz de su enojo, la cual, si bien desconocen, no está lejos de la fantasía. Porque, aunque suene extraño, cuando eligieron a su enemigo por un instante creyeron que lo podrían vencer. Quizá en esta creencia —exceso de ingenuidad siendo compasivos, lisa y llana estupidez para más de uno— radique gran parte de su destino y su dificultad para torcer un rumbo que conduce, casi de manera inexorable, al alcohol o a la academia —o a ambas, lo que no sería precisamente una excepción. Ya se sabe: nada más difícil para un orgulloso que asumir la dimensión de su error.

Sin embargo, y por fin llegamos a lo que tal vez sea la otra cara de la moneda (de qué moneda, cabría preguntarse, con razón), el orgullo, cuando viene acompañado de la astucia, tiene otro cariz. Por eso al comprobar, de una simple mirada, que la mujer amiga de la adversidad continúa sumergida en su lectura, que la moza, con sus patines, se demora en la cocina, y que el hombre canoso habla por teléfono mientras revisa unos papeles de espaldas a mí, me levanto sigilosamente y camino hasta la puerta, la abro, y apuro el paso hasta llegar a la esquina. Feliz, de que al menos una vez, sea dios el que pague.

Nicolás López Alfonsín
nlopez_87@yahoo.com.ar

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