31 marzo, 2020

El telón

por Nicolás López Alfonsín

Redacción por Redacción En Narrativa

1.

Empecé a fumar a la hora en que me apago. Yo pienso que todos tenemos —me dijo Leandro, una vez, arrastrando apenas las palabras— un momento del día en el que nos apagamos. Un momento que es siempre el mismo, en el que quisiéramos no estar en el mundo, más allá de la situación en la que nos encontremos. Un instante en el que algo, adentro nuestro, nos dice con un grado de certeza que jamás alcanzaríamos mediante la lógica: esto no da para más. A mi me pasa —continuó, mientras bebía un trago de su quinto o sexto vaso de gin tonic— apenas me despierto. Cada mañana siento una pesadez terrible y lo primero que pienso antes de abrir los ojos es que quisiera seguir durmiendo. No media hora, o una hora, no: dormir, y no levantarme más. Luego, por supuesto, me levanto y empiezo el día. ¿El tuyo cuándo es? —preguntó. Tras pensarlo unos segundos respondí al atardecer, pero no llegó a escucharme. Ya había salido corriendo al baño y comenzaba a vomitar sobre el bidet. Dejé mi gin tonic sobre la mesa, me acerqué a él con pasos tambaleantes y me agaché a su lado, balbuceando alguna palabra de aliento.

2.

Empecé a fumar a la hora del ocaso y encontré, en las hebras de tabaco, un pequeño refugio. Armo mis propios cigarrillos, lo cual envuelve al asunto de cierta ritualidad y hace que fume poco, tres o cuatro por día. El tomar uno de los papeles que se encuentran plegados, uno sobre el otro, después acomodar el filtro en uno de los extremos cuidando que no quede salido, pero tampoco muy metido para adentro, y desparramar el tabaco previamente desmenuzado a lo largo del papel, por lo general me tranquiliza, casi tanto como las pitadas sucesivas. De esto podría deducirse que fumo cuando estoy nervioso, pero no es así: fumo cuando veo asomar los primeros indicios de un proceso del cual conozco el desenlace. Porque, aunque pueda sonar extraño, apagarme me tranquiliza. A mi, para serte sincero, no me llama la atención, dijo Leandro otra vez, una que tomábamos mate. Y tras una pausa, en la que terminó el mate que le había cebado y se quedó observándolo durante varios segundos, agregó: quizá sea que no le temés a la muerte.

3.

A Leandro lo conozco desde hace más de veinte años. Compartimos grados escolares, campeonatos de fútbol, fiestas, nos prestamos libros, hasta que en un momento dado nos distanciamos. No por alguna pelea, sino porque esas cosas suceden. Hace tres o cuatro años nos volvimos a acercar. Para entonces él ya trabajaba de corredor en una distribuidora de vinos, lo cual lo hacía viajar dos o tres veces por mes a pueblos cercanos del interior de la provincia. Yo, que ya manejaba mis horarios como editor independiente, empecé a acompañarlo cada vez que podía en sus viajes laborales. Salíamos bien temprano, él terminaba con sus obligaciones pasado el mediodía y después comíamos en alguna parrilla de la ruta. Más tarde, aprovechábamos para dar una vuelta por alguno de esos pueblos que, aunque para muchas personas son aburridos y excesivamente parecidos unos con otros, a nosotros nos gustaban, y hasta el día de hoy lo siguen haciendo.

Por fortuna, desde que empezó a trabajar en la distribuidora tiene ese tipo de jefe al que lo único que le preocupa es que las cosas se hagan. No se interesa por la forma ni los detalles. Y como Leandro desde el principio cumplió, nuestros asados de tira a punto con ensalada mixta, con un vino chico y dos aguas, que más de una vez pasaron por viáticos, y nuestros paseos por plazas desoladas a la hora de la siesta, nunca molestaron a nadie.

4.

Empecé a fumar hace dos meses, porque me tranquiliza y me da placer. ¿No probaste con mirar porno? —preguntó Bati, cuando se lo comenté la semana pasada en el patio de su casa. Podría llegar a cumplir la misma función —agregó, ante mi mirada un poco extrañada. No es que nunca hubiera mirado pornografía, ni que me diera culpa hacerlo; me sorprendió la pregunta, por eso la mirada. Respondí que la artificialidad de las escenas, con esos cuerpos perfectos de acuerdo al canon de belleza de nuestra época, sumado a esos rostros que se contraen en un placer fingido, y ni hablar de los gemidos, tan propios de los malos actores, me provocan más risa que excitación. Y que además sé que hay videos con violaciones y que a veces, cuando entrás a una página, aparece la foto de una chica que supuestamente tiene dieciocho años pero es obvio que con suerte tiene quince, y eso me entristece. Y que el hecho de ser, en cierta forma, cómplice, me entristece aún más. Bati permaneció unos segundos en silencio. Después dijo: un par de cosas: en primer lugar, la industria pornográfica está muy desarrollada, no es sólo como la describís. Hay un montón de variantes, y no me digas que no las conocés porque no te creo —hizo una breve pausa, continuó. En cuanto a las violaciones y las chicas lo entiendo, no voy a decir nada al respecto. Pero… ¿cómo te explico? —volvió a hacer silencio, mientras observaba una mosca que, a unos metros de donde estábamos, revoloteaba alrededor de un pedazo de mierda ya seco que había dejado su perro, tal vez el día anterior. —Necesitás focalizarte más en el objetivo —sentenció.

5.

A Bati, o El Bati, como le decíamos, lo conozco desde la misma época que a Leandro. Empezamos a decirle así porque jugaba de nueve y tenía, con los reparos del caso, un parecido con Batistuta: era potente, se acomodaba rápido, le pegaba fuerte al arco y aprovechaba cualquier rebote en el área para hacer un gol. Siempre estaba bien ubicado. Él también era amigo de Leandro, y los tres formábamos parte del equipo de fútbol de la escuela. Durante la secundaria pasamos bastante tiempo juntos. En quinto año, por un motivo que jamás entendí, dejaron de hablarse y una vez egresados no se vieron más.

Terminada la secundaria empecé a estudiar comunicación. Bati se anotó en un curso corto de fotografía, como para hacer algo, según me dijo, pero se apasionó tanto que desde entonces continúa estudiándola. Cree haber encontrado su vocación, y desde hace algunos años trabaja como fotógrafo para varias revistas. Durante mis primeros años de carrera nos veíamos seguido. Luego cada vez con menos frecuencia, hasta que nuestros encuentros se convirtieron en tardes o noches aisladas separadas por meses entre sí.

6.

Empiezo a fumar más temprano que de costumbre, pasadas las nueve de la mañana, mientras espero a Leandro y descubro, todavía difusos, los pliegues del telón. Había quedado en pasar seis y media, como cada vez que salimos de viaje, pero llamó hace un rato diciéndome que se había quedado dormido, que lo disculpara, que ya venía para acá. Junto a la última pitada suena el timbre. Le pregunto si quiere subir y responde que sí, que necesita hacer unos llamados. Al abrir la puerta de mi departamento lo veo ansioso. No sé qué pasó —dice. Escuché el despertador pero no pude levantarme, fue como si una fuerza me lo impidiera. Entonces me quedé dormido y lo volví a escuchar a los diez minutos, y de nuevo lo mismo. Así un par de veces hasta que dejó de sonar. Me desperté sobresaltado, haciendo un gran esfuerzo para salir de la cama. Me cambié a las apuradas y ahí te llamé. Disculpá, en serio. No sé qué pasó —dice esto último en un tono que esconde cierta desesperación. Respondo que no se preocupe, que no es para tanto, y le ofrezco tomar unos mates. Acepta. Desde la cocina, mientras espero que se caliente el agua, lo escucho hablar acerca de un desperfecto mecánico y decir algo sobre la comprensión, la seriedad con la que desde años realiza su trabajo y los imprevistos, frente a los cuales uno no puede hacer otra cosa que buscar alternativas lo más beneficiosas posibles. Regreso al living y lo encuentro sentado en el sillón, hablando por celular. Mientras tomamos mate repite su discurso cinco o seis veces. Finalmente me dice: ya está todo arreglado. La única contra es que uno se negó a suspender la siesta. Fue tajante, así que hay que pasar después de las cinco y media, ¿te jode? Le digo que no, que me reservé el día para esto, y que el hombre que se negó, en definitiva, está en todo su derecho.

Diez y media tomamos la autopista, más cargada que en nuestros viajes anteriores. Leandro continúa ansioso y está molesto. Conduce más rápido que de costumbre. Al salir a la ruta, con el camino más despejado, su ansiedad disminuye y su humor mejora. Tras cruzar un peaje me avisa que estamos cerca de nuestra primera parada. Minutos después nos detenemos frente a un almacén. La rutina es la de siempre: cuando llegamos a lo de un cliente, lo ayudo a bajar cajas de vinos que sacamos del baúl o del asiento trasero y regreso al auto. Ahí lo espero mientras arregla los detalles, algunas veces escuchando la radio, otras observando un cielo más limpio que el que estoy acostumbrado a ver. En nuestra cuarta parada se demora. Armo un cigarrillo y veo, no sólo el cielo celeste, sino los pliegues oscuros del telón. Siento un leve escalofrío que se difumina cuando exhalo el humo y lleno mis pulmones con este aire de campo, que parece más liviano que el de la ciudad, como si fuera un aire con menos preocupaciones. Cerca de las tres y media él termina con el anteúltimo cliente. Buscamos una parrilla cercana y comemos lo que nos ofrecen, dada la hora: dos sandwinches de vacío que acompañamos con gaseosas. Una vez que terminamos de almorzar nos dirigimos hacia el último pueblo de la recorrida, a unos veinte kilómetros. Tomamos la ruta, el desvío, y entramos por una de las calles principales, en la que se encuentra un negocio frente al cual Leandro estaciona. Cuando bajamos del auto, me señala un cartel que hay en la puerta, escrito en computadora y plastificado: Estoy durmiendo la siesta. Por favor no toque timbre. Abro 17:30. Pienso en hacer algún comentario pero él, con la sonrisa de quien acepta, e incluso tal vez admira, la convicción ajena, se me adelanta y propone caminar hasta la plaza principal, que está a unas ocho cuadras, mientras esperamos a que se haga la hora.

La plaza es una típica plaza de pueblo. Cuadrada, con dos diagonales que la atraviesan, tiene en el centro un monumento a San Martín con una placa de bronce. Alrededor, dispuestos en círculo, bancos pintados de verde. Fuera de esos espacios ocupados por el cemento, un césped bien cortado, y árboles y plantas podadas con esmero. Es, como toda típica plaza de pueblo, una plaza prolija. Nos sentamos en uno de los bancos de cara a San Martín. Conversamos de temas intrascendentes, hablando pausado, como si el sopor propio del lugar se hubiera metido en nuestros cuerpos, mientras observamos una pareja joven en uno de los bancos opuestos al nuestro. Un rato después, empieza a haber más movimiento. Vemos una mujer que pasea un cochecito, un hombre de unos sesenta años que pasa con una bolsa para hacer las compras, un grupo de adolescentes; hombres y mujeres que cruzan la plaza con alguna finalidad. A las seis menos cuarto, Leandro se levanta para ir al negocio y yo lo imito. Él me detiene con un gesto. Es probable —me dice— que la cosa vaya para largo. La última vez tuvimos una discusión por los precios y hoy, con esto del cambio de hora, seguro tiene algo para decir. Siempre tiene algo para decir este hombre. Además quiero consultar algo en otro negocio. Si querés esperame acá, y cuando termino paso. Le pregunto si no necesita ayuda con las cajas. Responde que no hace falta, que son pocas. Bueno, por mi está bien —digo— y me inclino sobre el banco.

Con el cuerpo inclinado, mi mirada queda en línea recta al monumento. San Martín, sobre su caballo, que tiene la cabeza levemente hacia un lado y parece ir al galope, mira a lo lejos y, con el brazo derecho en alto, señala con el índice. Me acomodo, saco de uno de mis bolsillos el paquete de tabaco, lo abro y empiezo a desmenuzar las hebras. Cuando termino lo dejo abierto al lado mío, agarro un filtro y tomo uno de los papeles que se encuentran plegados, uno sobre otro. Acomodo el filtro en uno de los extremos, cuidando que no quede salido pero tampoco muy metido para adentro, dejo caer el tabaco a lo largo del papel, corrijo alguna irregularidad con el dedo índice de la mano derecha, lo enrollo y le paso la punta de la lengua para cerrarlo. Enciendo el cigarrillo y veo nítidos los pliegues del telón. Con la segunda pitada percibo cómo empieza a desplegarse desde lo alto de mi cabeza, unos centímetros por encima de la coronilla. Doy otra pitada más. A la vez que se despliega, sin prisa, desde la parte superior, avanza también desde mis pies. Las dos partes van a unirse a la altura de mi ombligo. Antes de que el telón oculte mis ojos veo nuevamente a San Martín, tan confiado de la dirección que debe tomar, tan seguro de sí mismo. Alrededor suyo, un cielo azul en el que asoman las primeras manchas naranjas.

por Nicolás López Alfonsín
nlopez_87@yahoo.com.ar

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