26 julio, 2019

Cositas Rojas

por Pablo M. Ruocco

Redacción por Redacción En Narrativa

No sé, oficial. En realidad, no me acuerdo. O me acuerdo por partes. Pero no entiendo qué pasó. Perdone, no puedo abrir los ojos. Me pesan. Tampoco quiero. Tengo miedo que la luz de la habitación me haga doler más la cabeza. Siento un puntazo en la panza, ¿sabe? Fernanda. Estoy con ella. Estaba. ¡Ay, la puta madre! ¡Me duele la cabeza! ¿Puedo llamar a mis viejos? Ellos saben qué puedo tomar para el dolor de cabeza. Bueno, está bien. Ya vendrán… Siento los recuerdos desacomodados, todo un quilombo. Como pasados por una picadora de papel. O de carne, peor. Pero estaba con ella, sí. En mi casa. Pizza, cervezas… y las cositas rojas. No, eso fue más tarde. Estábamos en el living, todavía no había pasado nada. Ella me miraba, se ve que esperaba a que yo avanzara. Me divertía jugarle. Ir despacio, a fuego lento. Le había escrito Pampita en el papelito que se había pegado en la frente sin ver. No sé por qué Pampita. Ella nada que ver, eh. Pero me causaba algo lindo. Me entusiasmaba que ella me preguntara en primera persona cosas como ¿alguna vez actué en una película? o ¿salí desnuda en alguna revista? Como para adivinar qué personaje era. Aaaagh… Ahí se me vienen: las cositas rojas. Las siento por todos lados: en las piernas, el pecho… ¡Me pica todo! Llame una enfermera. Necesito que alguien me revise las piernas. Siento un calor que me sube… No, no quiero abrir los ojos. No insista, por favor. No sé de dónde salieron, en qué momento… Si había limpiado todo, sabía que venía ella. Yo adiviné enseguida: Barak Obama. Malísimo. Pero no le dije. Me hacía el despistado como para estirar el juego. A ella se le agrandaba la mirada cada vez que yo ponía cara de desorientado, de no saber qué personaje tenía en el papelito que me había pegado en la frente. La había conocido en la facultad, a principios del cuatrimestre, en el Taller de Narrativa. La primera vez que la vi, me encantó en seguida. Después coincidimos en el tren y ahí la cosa se hizo un poco más fácil. Ella siempre Lanús; yo, Lomas. Algún día tenemos que juntarnos a estudiar, le dije un viernes, antes de que se bajara. Ella se dio vuelta, me miró mordiéndose los labios y levantando las cejas como diciendo ¡qué vas a estudiar vos! ¿Qué es ese olor? Como a flores o algo así… ¿Hay alguien más en la habitación? No sé, tengo ganas de irme, pero me siento sin fuerza. ¿Qué hora es? Parece tarde ya… ¡Pampita!, gritó, estirando la última a mientras se paraba de un salto. Levantó los brazos, puños cerrados. Gritaba, saltaba… ¡Golpeaba la mesa! Los vasos de birra se tambalearon, pero no llegaron a caerse. Vos eras Obama, me dijo, ingenua. Oh, ¿really? le respondí fingiendo sorpresa. Se río con la boca bien abierta, tirando la cabeza para atrás. Se acercó para despegarme el papel de la frente. La miré desde la derrota mal actuada. Nos besamos. Le saqué la remera; ella, la camisa. No sé si sirve que le cuente esto, oficial. Me da un poco de vergüenza. Nos acostamos en la cama. Y ahí empezaron a aparecer. O más bien a hacer. Porque verlas, así, nítidamente… No, eso había pasado antes. Ella todavía estaba vestida. Sí. Me preguntó qué tenía en el cuello. Algo rojo. Un lunar. No, es una cosita roja. Y ahora me siento el cuello… ¿Tengo algo? Hace calor acá…. Bah, no me doy cuenta si es de ahora o del recuerdo: de ella desnuda, yo arriba de ella. Me clavaba los dedos en la espalda, como queriendo acercarme cada vez más a su pecho. ¿Y esto? No es nada, sigamos. Sí, pará, Javier. Otra cosita roja, como la del cuello. Debe ser una pelusa de la sábana. Sí, así fue. Pero después ya no me acuerdo… Ella empezó a gritar, yo no le estaba haciendo nada. Gritos cortos. Se miraba los brazos, la panza, entre las tetas. ¿A vos no te pica?, me dijo con un tono que parecía una amenaza. Y no sé si fue porque ella me preguntó, pero empecé a sentir como una avalancha de pinchazos que me subía por las piernas hasta el pecho. Fue todo muy confuso. Enredados en las sábanas, desnudos, a los manotazos limpios, tratando de espantar vaya a saber qué. ¿Las viste? ¡Ahí están…! Y eso es lo último que me acuerdo de ella… La verdad, yo nunca llegué a ver nada. Lo único que sé es que estábamos a punto de garchar y se fue todo al carajo. De lo que pasó después no le puedo decir mucho, es todavía más borroso todo. En algún momento se ve que me quedé dormido. Me despertó el viento que entraba por la ventana. Ella ya no estaba en la cama. Me quedé algunos segundos con la mirada fija en el techo, esperando a que volviera. Quizás esté en el baño, pensé. Pero nunca apareció. Levanté la cabeza, miré en dirección a la cocina, tampoco estaba ahí. Me empecé a impacientar. Supuse que podía haber salido al patio a fumar un pucho… Cuando traté de levantarme, sentí un fuego que me paralizó las piernas. Me caí al piso del dolor. ¡Yo no le hice nada, se lo juro! Me gustaba, sí. Me calentaba, obvio. Pero nada más. Yo sería incapaz de lastimar a nadie. Puede preguntarles a los que me conocen. Me caí al piso y ahí sí vi a las cositas rojas. Y no me animo a abrir los ojos por pánico de volver a verlas. Horribles, se lo juro. No se lo puedo explicar. Eran eso: cositas rojas. Cositas rojas alrededor de su cuerpo, o lo que quedaba de él, a medio camino entre la carne y los huesos.


Publicado en La Pluma Nº2 en diciembre de 2017.

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