22 septiembre, 2019

La guerra de las mariconas

por Genaro Press

Redacción por Redacción En Crónica

“Am I original?
(Yeah)
Am I the only one?
(Yeah)
Am I sexual?
(Yeah)
Am I everything you need?
You better rock your body now”.
“Everybody”, Backstreet Boys

Cuando el viernes se hace sábado, cuando una princesa bella y misteriosa se vuelve Cenicienta, Leonardo Colona, 40 años, de Firmat, Santa Fe, empieza a convertirse en una reina. En una drag queen. En Odra Drag. Pero acá no existe mano mágica ni varita de hada madrina. En vez de viajar en carroza, recorre en taxi las 32 cuadras que hay entre su casa de Belgrano de Vorterix, en Colegiales, donde se hace la fiesta Plop! Baja con una valija rígida Karpatos roja y una bolsa de supermercado en la mano. Leonardo saluda a todos los del lugar que, sin funcionar, está como él: sin brillo. Por ahora es un tipo pelado vestido de negro. Y Vorterix es un rectángulo oscuro que cuando se apaguen las luces recibirá a 1500 personas, entre adolescentes, veinteañeros y veteranos que saben mantenerse despiertos después de la medianoche.

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¿Qué es una drag queen? En lo formal se trata de la suma del acrónimo de dress as a girl del teatro shakesperiano y la forma vulgar en inglés de decir maricón para definir a un varón que usa una apariencia femenina exagerada con un fin performático. Pero ese concepto hoy tira de sisa. En Todo sobre mi madre, la película de Pedro Almodóvar de 1999, Agrado, la travesti protagonista, polemiza sobre las drags: “Y si tuviéramos poca competencia con las putas, las drags nos están barriendo. ¡No puedo con las drags! Han confundido circo con travestismo, qué digo circo, ¡mimo! Una mujer es un pelo, una uña, una buena bemba pa mamarla o criticar… ¿Dónde se habrá visto una mujer calva? ¡No puedo con ellas! ¡Son unas mamarrachas!”.

Una drag es una puesta en escena. Una simulación que usurpa la forma de la mujer para provocar, sorprender, descolocar. Se trata de desdibujar la frontera entre lo femenino y lo masculino, lo humano y lo inhumano usando ojos de colores, siluetas imposibles, pelucas, apliques, barbas con mucho glitter y maquillaje. Es transformarse en un bicho raro perfecto, hermoso, veloz, luminoso.

El drag tiene su lenguaje y sus términos. Siempre se hablará en femenino de otra drag, de montarse por vestirse, de trucarse por disimular el bulto, y de fishy cuando una drag “huele” a mujer, siguiendo una línea que liga al sexo femenino con los productos del mar.

“El mundo pone las cosas en cajas: bueno/malo, casado/soltero, hombre/mujer. Al drag no lo podés ubicar en ningún lado”, desafía Franco Iavicoli, 24 años, de Zárate, estudiante de caracterización teatral en el Colón y que elije llamarse La Taura cuando se monta.

Lo mismo piensa su tocayo Franco La Pietra, 36 años, de Buenos Aires, quien brilló en la noche de los 90 como Selen y ahora aparece esporádicamente como Kuma. “La drag es un caos que tiene belleza. Y ese caos es la imagen femenina. Y en esa imagen femenina hay una destrucción y dentro de eso hay una armonía que busca una imagen”.

En esa década que amamos odiar, cuando lo gay y lo straight empezó a mezclarse, las drags eran criaturas del under. Hoy, en el mismo lodo todos manoseados, pasaron al over, a un lugar más artístico. Y hasta con puntos de encuentro como Trabestia Club Drag o las fiestas Namunkurá, Plop!, La Warhol, Whip, Mostrafest y Noche Diamante. Incluso hay una escuela para aprender a ser drag. ¿Los motivos del cambio? En Buenos Aires, desde hace dos o tres años, es furor el reality RuPaul Drag Race que arrancó en el año 2009, lleva nueve temporadas (más dos All Stars con concursantes emblemáticos) y puede verse en Netflix. Las drags deben sortear desafíos y las dos consideradas como las peores, por un jurado que preside RuPaul, se enfrentan en un clásico del drag y el transformismo: el lipsync, nombre actual del viejo y querido playback.

Testigo y protagonista de la noche menemista, Kuma reconoce que el programa “estableció un mainstream, un mercado. Aplaudo a RuPaul por lo que hace a nivel comercial, aunque determina una forma de hacer drag”.

“El programa marca una ‘hegemonía del drag de RuPaul’: pide que seas flaca, hermosa, pulida, con peluca preciosa… más fishy. A una drag que le escape un poquito a eso la echan enseguida”, especula La Taura.

Tal vez Joseph Attieh, 27 años, de Valencia, Venezuela, hubiera durado poco en RuPaul. Él le da vida a Sosuna Morosa, una de las drags más reconocidas y hermosas de la noche actual. Aunque no es la única, se distingue del resto porque tiene barba. “Nunca tuve una reacción negativa o comentarios tipo ‘¿Qué está haciendo este puto loco con esa barba?’. Más bien todo lo contrario. Me dicen ‘¿Cómo puedes ser tan diosa con esa barba?’. Mi intención es mezclar lo masculino con lo femenino y crear una sola cosa que no es ni una ni otra. O son las dos”.

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Luego de repasar la coreografía de Leandro Nimo, bailarín del programa de Tinelli, Leonardo va al camarín. Hay poco espacio porque habrá un show de Jimena Barón, que ocupó tres de los cuatro lugares que suelen repartirse entre los once performers de la Plop! En un baño diminuto Leonardo empieza a ser Odra. De su valija toma un maletín, en donde está el secreto mejor guardado de toda drag: el maquillaje. “Primero me aplasto las cejas con Mastic, un pegamento artístico que se usa para postizos”, explica desparramándose un líquido que saca de un envase similar a un esmalte de uñas. “Sale con alcohol”, aclara, mientras con un abanico apura el proceso de secado y va a un camarín que funciona como sala de maquillaje. “Acá tenemos maquilladoras y gente que se encarga del vestuario pero si no hago todo yo”, cuenta Odra y se acomoda en una banqueta alta, casi en posición de meditación, para que una chica se ocupe de su cara. “Haceme una cresta con brillo” y sus dedos van de sus ojos a la cabeza rapada. Le comenta a la maquilladora que se va a poner “algo de jean con amarillo”.

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“Lo de ahora está bueno porque es masivo. Pero no veo artistas. Es como todo ahora: para afuera. Es más importante lo que se ve. Lo de RuPaul es maravilloso pero en ese reality no vi nada que no se haya hecho acá con mucha menos guita y menos recursos”, describe Gonzalo Costa, 37 años, de Córdoba, sobre las nuevas drags porteñas y las que participan en el reality. Más conocido como Costa, Gonzalo es panelista en un programa de tele, en la radio con Santiago del Moro y trabaja en una obra de teatro erótica de Flavio Mendoza. No se define ni como hombre, ni mujer, ni travesti ni transformista sino como un artista formado en el under noventero y con Jean François Casanovas, ícono del transformismo porteño. “Los chiquititos que ahora se visten de mujer copian rutinas que hacíamos nosotros o de las de antes de nosotros. Las miran por YouTube. Cuando yo era joven, para tener un musical de Susana Giménez tenías que conocer a alguien en algún canal. Hasta vendíamos lo que no teníamos para comprarnos una peluca. Ahora tienen todo servido”.

Si esto fuera una película, acá habría un corte. La secuencia siguiente sería en Peuteo, un bar de Palermo donde los domingos a la noche Cristal Fluo, conductora de Lipsync for your tips and life, agradece la peluca, el maquillaje, el vestido y los zapatos alla Susana Giménez o Mirtha Legrand. Como en el resto de las fiestas con drags, un elenco estable de chicas hace lipsync con más o menos trabajo coreográfico o algún paso de comedia o stand up si la involucrada tiene lengua karateca y se arenga al público para que haga playback o concurse en “batallas” de baile al estilo de las payadas gauchescas.

Insiste Costa: “Para mí no hay artistas ahí. No es que las odio –aclara–, es que me parece que tienen todo a mano. Son muy talentosos y están formados en canto y en baile porque los padres los apoyaron. Si nosotros queríamos ir a estudiar teatro nos fajaban”.

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La cara de Odra está llena de base Kryolan, que sale de un tubo grueso metalizado que cuesta 900 pesos pero dura un año, con la que la maquilladora también cubre el cuello y las orejas, antes de buscar la sombra adecuada entre las verdes, turquesas, violetas, azules, naranjas y negras que se despliegan en una paleta. Odra pide más base “en la zona barbal”. También hay tubitos plásticos con brillos. Y dos tupper Colombraro con más maquillaje uno y lleno de pinceles otro. Los ojos de Odra brillarán verdinegros. Le pide a la maquilladora que le corrija la ceja derecha: “quedó un poquito más fina”, comenta señalándose la línea negra que le da marco al ojo. Un poco de rubor en las mejillas, rimmel y rouge rojo y la cara, lista. Pero todavía falta.

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Agustín Kim, 20 años, de Berazategui, armó a Kim Nox luego de desulmbrarse con la sexta temporada de RuPaul. Eso fue en 2013. Recién en 2015 se animó a salir a la calle de drag. “Fui a una fiesta de disfraces como Úrsula, la mala de La sirenita. Gasté mil pesos en zapatos, maquillaje y accesorios”, recuerda y dice que para él el drag es una manera de “liberarme artísticamente. Pero eso lo tengo claro cuando me di cuenta de que por vestirme de mujer no implicaba que quería ser una”.

Por esos mismos meandros navegó La Taura. “Cuando empecé a draguearme, creí que quería ser trans y me empecé a sentir mal. En 2014 nadie veía RuPaul y la gente no estaba demasiado acostumbrada a ver una drag o a tener un amigo que le encantara eso. Me sentía raro por querer encintarme el pito y ponerme una peluca pero a la vez era increíble hacerlo. Y en RuPaul encontré una gran ayuda. Y también en mi psicóloga, que me hizo ver que ahí se presentaba todo muy relajado. Me di cuenta de que me podía draguear por un rato. Cuando me relajé empezó a fluir todo mucho más. Hasta mi género. Ahora estoy de oficinista pero en general ando con las uñas pintadas, maquillado. Soy mucho más libre”, describe.

Sosuna Morosa pasó un momento parecido y lo superó trabajando consigo mismo. Pensando. “Está bien ser como uno quiera ser, sin necesidad de ser masculino o rechazar ese costado femenino que todos los varones tenemos. Fue entender que estaba bien que me gustasen cosas que pueden ser consideradas femeninas y apreciarme. Quererme como persona. Al final, la gente siempre va a criticar hagas lo que hagas o seas como seas”.

Lo que las tres dicen con naturalidad implicó mucho trabajo de drags de décadas anteriores que pusieron, literalmente, el cuerpo contra la discriminación y, didácticas, fueron aclarando el panorama y explicando lo que es una drag y respondiendo si eran varones, mujeres, travestis, transformistas o que pin que pan.

Una de ellas fue Kuma, junto a Sir James, Ihona Tempura, Towa Hot e Isis. Con un leve revoleo de ojos y una media sonrisa, recordando las noches fatigadas en Ave Porco, El Dorado y Morocco, se sabe responsable de que exista esa chance para las chicas de ahora. “A todas ellas les digo ‘de nada’ porque nosotras empezamos a aclarar las cosas” y aprovecha para reflexionar sobre qué diferencia a las drags de antes, que copiaban a supermodelos como Naomi Campbell, Claudia Schiffer y Cindy Crawford, con las de ahora.

“Muchas de mi generación terminaron siendo trans o travestis –relata Kuma– porque el drag era una transición para otra cosa. Los chicos de hoy saben que no por montarse quieren ser mujeres. Antes tenías que enfrentar ese dilema: ¿a mí me gusta hacer esto para vivir? ¿A mí me gusta salir así a la calle? En un punto sí y en un punto no. Las de los 90 también tuvieron esas preguntas y se les presentó esa bifurcación. Algunos eligieron un camino y otras, otro”.

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Mientras le deja el lugar a una compañera, Odra se para frente al espejo en otra parte del camarín. De su bolso saca una lata de pastillas Billiken rosa, con Blancanieves en la tapa, y un pequeño pomo de pegamento. Se pone una gota en cada lóbulo de la oreja y se cuelga un delfín negro, hecho de perlas facetadas. De la latita saca unas arañas, de patas negras, largas y brillantes. “Son pestañas que hago con la parte de atrás de carpetas de plástico”.

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¿Hay un drag made in Argentina? Para Costa sí. “Nosotros hacíamos shows en un rancho. Hemos actuado arriba de cajones de cerveza”, describe. Kuma va un poco más allá, al corazón del ser nacional: “es arreglarse con lo que hay. Nosotros no teníamos nada, no había nada. Ni maquillaje”.

Para las nuevas generaciones se está gestando algo más. Sosuna, por ejemplo, en la última Trabestia hizo un striptease y al sacarse la falda descubrió el cartel que pregunta dónde está Santiago Maldonado. “Me pareció bueno integrar algo de conciencia social y creo que la cosa está yendo para ese lado. No quedarse solo en lo estético del drag”.

La Taura propone una búsqueda más andrógina y señala una grieta. “Hay quienes hacen drag hegemónico rupaulesco, que determina que cuanto más femenina, más linda sos. Hay quienes lo hacen de manera hermosa y sofisticada. Eso es pasarela. Pero a mí me aburre. Me dan ganas de decir ‘sacate el envoltorio. Salí del pack, Barbie’”.

Kuma aporta otra diferencia que, para ella, ayuda al fenómeno. Y lo celebra. En el documental de 1986 Paris is burning, que toda drag tiene que haber visto (está en Netflix, bitches), las chicas de la época se agrupaban en “casas”, que no eran otra cosa que refugios con drags al frente y que “enseñaban” un estilo. Tres décadas más tarde, y descontando una breve experiencia pedagógica de Sir James, algo similar está sucediendo. “El mensaje que dejó Casanovas es que hay que trabajar en equipo. Formar parte de algo. La drag siempre trabaja sola con su maquillaje y su montaje. Ahora empiezan a surgir algunas casas (Brillantina y Las guerreras), que arrancaron en Trabestia, porque se necesitan una a la otra. Pero más que casas lo que acá influye en el estilo son las fiestas. Entonces están las que van a Trabestia, las que van a Whip, a la Warhol y así”.

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Odra sale del camarín y va hasta su valija roja. Saca lo que se va a poner, un par de botas negras y un sobrecito de tela. Esquiva a dos chicas sentadas en el suelo que están terminando de arreglarse y se mete en el bañito. Cierra la puerta para el momento crucial de toda drag: trucarse. Desde la pista llega la música. Gilda canta “No debemos de pensar que todo es diferente…”. Los cuatro minutos veinte del tema alcanzan para que Odra esté lista. Abre la puerta y tiene puesto un vestido mini de lentejuelas negras con dos manos bordadas del mismo material. Odra brilla como una bola de espejos. Un chaleco de jean, medias de red, calzas violetas, guantes que le cubren los brazos. Con las botas, que tienen una plataforma de veinte centímetros, mide dos metros de altura. De la bolsa del súper saca una especie de mohicano verde y naranja, y vuelve al baño. Se pega la peluca sobre la cabeza rapada. “Creo que ahora mido como 2,20”, festeja y se agacha para salir del baño. Otra vez frente a su valija roja, junta las rodillas, las flexiona para bajar un poco y poder sacar una caja con diez uñas negras. Se las pega, con mucho cuidado, una por una. Una vez secas, busca un perfume y se lo rocía por todo el cuerpo: Odra huele a cítrico. De un paquete de Lucky Strike saca un cigarrillo, lo prende, le da una pitada y despliega el abanico con la otra mano para alejar el humo. Ahora solo tiene que esperar el momento del show.

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