26 julio, 2019

Olga Orozco o la poética de la nostalgia

Víctor Pedro Giménez por Víctor Pedro Giménez En Ensayo, Poesía

Ella está sumergida en su ventana
contemplando las brasas del anochecer, posible todavía.
Todo fue consumado en su destino, definitivamente
inalterable desde ahora
como el mar en un cuadro,
y sin embargo el cielo continúa pasando con sus
angelicales procesiones.
(Fragmento de Mujer en su ventana)

La lectura de estos versos casi nos obliga a pensar en una Olga Orozco contemplándose a sí misma en un futuro, buscado y encontrado en el pasado. Un pasado al que la notable escritora jamás eludió, sino que, por el contrario, hilvanó y deshilvanó a través de sus poemas y sus conversaciones, como cuando en una entrevista expresó: “Así como uno cree que el pasado influye en el porvenir, creo que el porvenir influye en el pasado. Hay una interacción permanente de tiempos y para esto me ayuda la poesía, para hacerle trapisondas al tiempo que al final, me va a vencer. Igual que la muerte”.

Reflexiva irreductible, Olga Orozco trasunta a lo largo de su obra una espesa melodía que nos traslada a vericuetos de profundidades demasiado desconocidas, pero no por eso ajenas, y que huelen al terror que provoca el sufrimiento. Pero no cualquier sufrimiento, sino el que emana del interrogarse, del empaparse de nostalgias, del plantarse con altivez ante la nada.

“Escribir es una búsqueda que tiende a desenmascarar, a intentar echar una ojeada hacia lo alto por alguna puertita que se entreabre y se vuelve a cerrar muy rápidamente. Es apenas un vistazo, pero consuela”. (…) “Escribir no es placer, es mi manera forzosa de expresarme. La poesía me produce un profundo sufrimiento. Creo como Bachelard que está en lo muy alto y en lo abismal. Una se sumerge hasta un fondo demasiado desconocido y siente que queda unida a la superficie por una nada y encima no ha dejado miguitas en el camino como Hansel y Gretel. Y si es hacia lo alto, más difícil todavía. Llegás a zonas desconocidas, como si al nacer se hubiera abierto una especie de telón que se ha cerrado detrás nada más atravesarlo. Pero queda como una reminiscencia de estados de ánimo, cierta avidez por retomar algo de allí. Pero no es placer y ya es bastante salir entera”.

La palabra de Olga Orozco se encarga de poner a los recuerdos ante una nueva prueba de fuego, ya que los contacta con la realidad y los va llenando de sentido, de manera tal que los transforma en un tema artístico. Así, la sensación transmitida por su palabra sobrepasa la confidencia sentimental y “corporiza”, de alguna manera, una metafísica de presente perpetuo que, paradójicamente, se percibe y vivencia como de incorruptible atemporalidad.

 

“Entre perro y lobo” (Fragmento)

Me clausuran en mí.
Me dividen en dos.
Me engendran cada día en la paciencia
y en un negro organismo que ruge como el mar.
Me recortan después con las tijeras de la pesadilla
y caigo en este mundo con media sangre vuelta a cada
            lado:
una cara labrada desde el fondo por los colmillos de la
furia a solas,
y otra que se disuelve entre la niebla de las grandes
manadas.
No consigo saber quién es el amo aquí.
Cambio bajo mi piel de perro a lobo.
Yo decreto la peste y atravieso con mis flancos en llamas
            las planicies del porvenir y del pasado;
yo me tiendo a roer los huesecitos de tantos sueños
            muertos entre celestes pastizales.
(…) Pero ¿quién vence en mí?
¿Quién defiende de mi bastión solitario en el desierto, la
        sábana del sueño?
¿Y quién roe mis labios, despacito y a oscuras, desde
            mis propios dientes?

 

“Donde corre la arena dentro del corazón” (Fragmento)

(..)Yo nací con vosotras, incesantes arenas,
en lugar donde los días tienden sus flores cenicientas,
como si solo fueran recuerdos de un sueño,
la mirada de un tiempo guardada por congojas y fatigas,
que vuelve, largamente,
a repetir su inútil poderío.
Es la región mecida por llorosos derrumbes,
una llanura, al sur,
bajo el triste sopor de tristísimos cielos. (…)

 

Esa evocación de la nostalgia que construye en una alternancia de símbolos e imágenes, con tonos y palabras inconfundibles, resulta una conjugación equilibrada y armónica de lo intemporal con el tiempo. Y allí se nota, sin ninguna clase de simulación, el silencio del que ella alguna vez dijo: “El silencio es parte de un poema, como las palabras” y es el que puede escucharse cadenciosamente en el trasfondo de cada una de las palabras de sus poemas. Es un silencio que imprime un carácter de emoción corpórea a ese clima tan particular y envolvente de su poética, que sobrepasa al tiempo y al espacio para volverlos casi inútiles, quitándoles su razón de ser.

Por otro lado, el matiz poético y estético con el que evoca esa nostalgia, nos infunde con su lectura un dramatismo interior engendrado por la revelación de una ineludible presencia de las ausencias, ausencias no libres de cierta carga de terror por el sufrimiento, ausencias que llaman a la rebeldía y a la desesperación. Sin embargo, por encima de la desesperación de sus poemas, hay un navegar de las palabras que, engarzándose unas a otras imprimen en el fondo de la conciencia una caricia racional y sensitiva, que siempre conlleva el espectro y la estigmatización de una búsqueda febril e inagotable que es, también, un desafío a la muerte.

Hacedora y dueña de una poesía que, tal vez, podría identificarse con el romanticismo, neorromanticismo o con el surrealismo (algo que quizás importe muy poco), a lo largo de toda su obra puede verse su empeño por nombrar aquello que no puede ser nombrado.

En los albores del romanticismo, comenzó a gestarse la idea de que el arte es comunicación y, en el caso de la poética de Olga Orozco, se percibe claramente que ella ha sabido llevar esa comunicación a un plano de espiritualidad concreta, de la que el lector no puede desembarazarse en ningún momento. Y, posiblemente, ese sea el núcleo de su estética artística, ya que a lo largo de toda su obra vemos que van presentándose en forma asertiva las palabras de Tolstoi acerca del arte: “Evocar un sentimiento que uno ha experimentado y, una vez evocado, transmitirlo por medio de movimientos, líneas, colores, sonidos o palabras de modo tal que los demás experimenten el mismo sentimiento”.

Los matices elegíacos, los ecos litúrgicos de su poesía, su armonía implacablemente seductora, el clima pletórico de extensión y profundidad de sus palabras no pueden dejar de asociarse a un interpretar y vivenciar la vastedad omnipresente de su provincia natal, La Pampa.

 

Semblanza

Olga Orozco nace el 17 de marzo de 1920, en Toay, La Pampa. Adopta como apellido literario el de su madre, Cecilia Orozco, oriunda de la provincia de San Luis. Su padre, un siciliano de Capo d’Orlando, se dedica a la explotación de campos y bosques, por lo tanto la niñez de Olga se desarrolla en un entorno de estrecha vinculación con la naturaleza. Por esos primeros años, la vida familiar transcurre entre el pequeño pueblo de Toay y Buenos Aires. Cuando Olga tiene ocho años, la familia se traslada a Bahía Blanca. En 1936, se instala en Buenos Aires, donde Olga se recibe de maestra.

Más tarde y estudiando en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires conoce a los poetas Daniel Devoto, Eduardo Jorge Bosco y Alberto Girri. Traba amistad con la escritora Norah Lange y con Oliverio Girondo, quienes la vinculan con un círculo literario muy afecto al surrealismo. En 1940, se incorpora al grupo que publica la revista Canto, que reúne a varios de los escritores representativos de la generación del ‘40.

Por su parte, Olga hace comentarios acerca de teatro clásico argentino y español en Radio Municipal y forma parte de un grupo de radioteatro, convirtiéndose en actriz entre los años 1947 y 1954, interpretando el personaje de Mónica Videla. En compañía de Nidia Reynal y Héctor Coire trabaja también en Radio Splendid. En los ‘60, comienza a desempeñarse como redactora de la revista Claudia. También trabaja en periodismo, respondiendo a consultas sentimentales y realizando cálculos astrológicos firmando sus artículos con diversos seudónimos. Colabora en publicaciones como Sur, La Nación, La Gaceta de Tucumán, Papeles de Buenos Aires, Cuadernos Americanos de México, Cuadernos de París y otras.

En 1946, publica su primer libro, Desde lejos, y en sus versos ya pueden atisbarse los rasgos esenciales y característicos de lo que conformará la totalidad de su obra poética. Allí se encuentran esos ecos acechantes que solo esperan abalanzarse sobre nosotros para confesarnos la esencia del deterioro de las cosas que nos rodean y el potente espíritu del desamparo que nos invade cuando algo muta o perece. Y pese a todo esto, siempre está presente nuestra obstinación por buscar una inmortalidad que la muerte ya se ha encargado de desvanecer.

 

“Algunos poemas que rozan la muerte” (Fragmento)

Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero.
Amé la soledad, la heroica perduración de toda fe,
el ocio donde crecen animales extraños y plantas fabulosas,
la sombra de un gran tiempo que pasó entre misterios y entre alucinaciones,
y también el pequeño temblor de las bujías en el anochecer.
Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros las tatuaron.
(…) No. Esta muerte no tiene descanso ni grandeza.
No puedo estar mirándola por primera vez durante tanto tiempo.
Pero debo seguir muriendo hasta tu muerte
porque soy tu testigo ante una ley más honda y más oscura
que los cambiantes sueños,
allá, donde escribimos la sentencia:
“Ellos han muerto ya.
Se habían elegido por castigo y perdón, por cielo y por infierno.
Son ahora una mancha de humedad en las paredes del primer aposento”.

 

Pavana para una infanta difunta (Fragmento)

                                                A Alejandra Pizarnik

Pequeña centinela,
caes una vez más por la ranura de la noche
sin más armas que los ojos abiertos y el terror
contra los invasores insolubles en el papel en blanco.
Ellos eran legión.
Legión encarnizada era su nombre
y se multiplicaban a medida que tú te destejías hasta el último hilván,
arrinconándote contra las telarañas voraces de la nada.
El que cierra los ojos se convierte en morada de todo el universo.
El que los abre traza las fronteras y permanece a la intemperie.
El que pisa la raya no encuentra su lugar.
(…) Sólo había un jardín: en el fondo de todo hay un jardín
donde se abre la flor azul del sueño de Novalis.
Flor cruel, flor vampira,
más alevosa que la trampa oculta en la felpa del muro
y que jamás se alcanza sin dejar la cabeza o el resto de la sangre en el
umbral.
Pero tú te inclinabas igual para cortarla donde no hacías pie,
abismos hacia adentro.
(…) ¡Ah los estragos de la poesía cortándote las venas con el filo del alba,
y esos labios exangües sorbiendo los venenos de la inanidad de la
palabra!
Y de pronto no hay más.
Se rompieron los frascos.
Se astillaron las luces y los lápices.
Se desgarró el papel con la desgarradura que te desliza en otro
laberinto.
(…) Pero otra vez te digo,
ahora que el silencio te envuelve por dos veces en sus alas como un
manto:
en el fondo de todo jardín hay un jardín.
Ahí está tu jardín,
Talita cumi.

 

Su lirismo impregnado de fina inteligencia, ternura y fantasía alcanza un gran vuelo poético y estético en su segunda obra Las muertes (1952).

Coherente y consecuente con sus mundos repletos de imaginaciones y vivencias que se encaprichan por obtener una perdurabilidad irreductible, Olga Orozco ha realizado una obra que contiene títulos como Desde lejos (1946), Las muertes (1951), Los juegos peligrosos (1962), Museo salvaje (1974), Veintinueve poemas (1975), Cantos a Berenice (1977), Obra poética (1979), Mutaciones de la realidad (1979), La noche a la deriva (1983), Páginas de Olga Orozco seleccionadas por la autora (1984), El revés del cielo (1987), Con esta boca, en este mundo (1994), El cerco de Tamarindo (1995), Eclipses y fulgores (1998) y Relámpagos de lo invisible (antología, 1998). Estas obras se hallan complementadas en una sólida unidad armónica y poética con sus trabajos cuentísticos La oscuridad es otro sol (1991) y También la luz es un abismo (1995) y una obra teatral: Y el humo de tu incendio está subiendo (1973).

Su refinada calidad poética y literaria ha sido reconocida a través de los siguientes premios y distinciones: Primer Premio Municipal de Poesía (1963), Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía (1971), Premio Municipal de Teatro (1973), Primer Premio Municipal de Prosa (1974 y 1976), Segundo Premio Regional Nacional de Poesía (1978), Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes (1980), Premio Esteban Echeverría de Poesía (1981), Premio Nacional de Poesía (1983), Láurea de Poesía de la Universidad de Turín, Italia (1984), Diploma al Mérito en Poesía (quinquenio 1984-1988), Primer Premio de Poesía otorgado por la Fundación Fortabat (1987), Primer Premio Nacional de Poesía (1988), Premio Gabriela Mistral (1988, otorgado por la OEA), Gran Premio de Honor de la SADE (1989), Premio San Martín de Tours al Mérito en Literatura (1990), Gran Premio de Honor Alejandro Shaw (1993), Premio Konex de Platino (1994), Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (1998).

Su gran afinidad por la estética de vanguardia, su enaltecedora valoración de la nostalgia y el despliegue de una exacerbada vitalidad la emparentan profundamente con la poeta Alejandra Pizarnik, a quien le dedicara los versos de “Pavana para una infanta difunta”.

Reconocedora ella misma de las influencias recibidas de los poetas San Juan de la Cruz, Rimbaud, Nerval, Baudelaire, Milosz y Rilke, Olga Orozco construye una obra poética que ha sido traducida a varios idiomas y que constituye un auténtico pilar, referencial e ineludible de las letras hispánicas. Sin embargo, esta poeta, fallecida el 15 de agosto de 1999 como consecuencia de una afección circulatoria, ha trascendido muy por encima de sus influencias y se ha convertido en una de las voces más importantes de la poesía argentina y latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX.


Este ensayo fue publicado originalmente en la revista Lilith N°3 en junio de 2005.
Después en La Pluma Nº2 en diciembre de 2017

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