23 marzo, 2020

Carla y la armónica

Marisa Ippolito por Marisa Ippolito En Narrativa

Ilustración: Julia Mora Crespo

Carla era una niña muy pequeñita y ciega que deambulaba descalza por la selva tropical de Yasí Porá. Virtuosa, no tropezaba nunca con lapachos o palos rosas y eludía con facilidad los cuatíes, carpinchos y yararás que salían al sol luego de las lluvias. Pero Carla lloraba y nada podía hacerla feliz. (Y no era su ceguera la razón de su llanto. Así había nacido de una madre que no era de estas tierras rojas). Lloraba sin lamentos ni gemidos y nadie nunca supo explicar bien su origen. “Hacía rías de lágrimas”, señaló Don Bóveda con un dejo de poeta.

En un día radiante de sol, Carla torció su cara al cielo, mientras derramaba lágrimas que caían finitas formando un pequeño lodazal a sus pies. Así estuvo un tiempo, tanto, que los sapos saltaron a chapotear en esa ría de lágrimas cristalinas. De pronto, los pájaros callaron sus cantos y el sonido de una armónica se escuchó retumbar en ese silencio selvático. Fue entonces, como un hecho excepcional, que Carla interrumpió su llanto.

—¿Quién está ahí? —preguntó.
Un hombre más alto que el jefe de la tribu de estas tierras rojas, se paró frente a ella. Dejó su armónica a un lado y se inclinó hasta llegar a la altura de la pequeña.
—¿Por qué lloras, niña? Eres muy bonita y muy joven para estar así.
—Me ha picado un mbariguí y me duele el ojo —mintió—. ¿Cómo hacías esa música?
—Con mi armónica de la fortuna. Quien la toca sonríe para siempre.
—Nadie sonríe para siempre —respondió Carla.
—Pues te apuesto que sí. ¡Cada niño que ha probado no ha dejado de sonreír nunca!
—¿Y puedo tocarla?
—Me gustaría verte sonreír, niña —Y el hombre que era más alto que el jefe de la tribu de estas tierras rojas, extrajo del morral que llevaba de lado, su navaja. El aire detuvo su rutina. El sol se escondió entre las nubes.
—¡Toma niña! Tienes que mecerla de un lado a otro. ¡Como si comieras una sandía! Verás como no dejarás de sonreír. ¡Nunca!
Carla tomó navaja y la colocó sobre sus labios. La meció de un lado a otro.
Y sonrió más, y más, y más.

Doña Cesárea contó, tiempo después, que una mujer de la tribu vecina, se acercó a Carla compadecida por la tremenda cicatriz que la hacía sonreír muy a su pesar.

—¡Pero que monstruosidad te han hecho! ¡Arreglaré esto de inmediato! —La señora sacó de su bolsillo una enorme bobina de hilo sisal y una aguja de colchonero y cosió con esmero la boca de la niña. “Moscas, tené por seguro, no iban a entrar”, dijo Doña Cesárea entre risas sin dientes.

Carla, para ese entonces, ya no podía ver, ni hablar, pero sí escuchar. Y fue tanto lo que escuchó, que quiso tejer sus propias canciones con aquellas voces. Decidida, tomó dos tallos de tacuara, afiló las puntas y las introdujo en sus oídos. La niña comenzó a tejer, cada vez más profundo… y más profundo, hasta que cayó sin vista, sin habla y sin voces que escuchar, sobre la roja tierra tejida de sueños.

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