4 octubre, 2019

La bañera, a veces, es un cementerio

Marisa Ippolito por Marisa Ippolito En Crónica

Ilustración: “Niña y bañera” de Pilar Sevillano

…y lo es por la cantidad de cosas que se mueren o se ahogan desde los tiempos de los grandes baños de Mohenjo Daro. Un baño de inmersión supone un generador de ideas que van desde las pulsiones más carnales a las más homicidas. Atravesamos el erotismo con el reconocimiento del cuerpo que florece entre las llamas de un chorro de agua; sábados de glorias soñadas, domingos de pérdidas ignoradas, y una semana hábil del alma insurrecta. Y los azulejos, claro. A veces, solo se cuentan azulejos.

Siempre tuve debilidad por los baños de inmersión. No jugué con patitos, aunque sí con esponjas y jabones. También levanté el cepillo para lavar la espalda agradeciendo el Oscar a la mejor actuación del año. Tuve la obsesión insoportable de escribir con el lápiz delineador de ojos de mi madre, las iniciales de mis colecciones que corrían el riesgo de ser olvidadas; los nombres de estampillas, marquillas de cigarrillos, monedas, banderines y todo lo que pudiese apelotonar en los cajones de mi cuarto. Porque coleccionaba todo. Menos insectos, cualquier cosa. Cuando salía de mi baño podían verse inscripciones como: Q.R.D.T.Y.U.U.L.M. Intentaba recordar a que pertenecía cada inicial, pero para ese entonces el azulejo se había convertido en un papiro atigrado por la bruma que yo imaginaba londinense y que no era otra cosa que el vapor de la tina. Un ejemplo del olvido.

En la bañera vivía un mundo que me resultaba generoso pero en el cual yo no hablaba, sabía hacerlo claro, pero sencillamente no hablaba. En ese ámbito solo intercambiaba opiniones con las voces que tenía dentro de mí; por ejemplo yo era todos esos personajes que veía en la televisión; yo fui todos esos y muchos más que vendrían después. Ese mundo, sin embargo, me dolía. Suena absurdo decirlo así casi cuarenta años después, pero con sólo hacer una pequeña transpolación, siento lo que sentía. Debía, entonces, deshacerme de él. Matar al mundo. La razón, muy sentida por aquellas épocas en blanco y negro, era sacarme ciertas dudas antes de tener que hablar para deshacerme del planeta. Una de ellas era: ¿Mami vivirá mil años? Eso espero. ¡Qué problema! Ella siempre me respondía que era menos, aunque yo no tenía idea lo que significaba menos. ¿Menos que qué? Harta de contestarme siempre lo mismo un día me juró que viviría cien años, y ¡ya! ¡Sólo yo sé lo poco y miserable que me pareció! Tal vez porque asociaba que con los magros cien pesos de aquella época no se compraba demasiado, no duraban nada y que con mil sí, entonces la vida de mil años valdría más y duraría mucho más, como los mil pesos. ¿Debía esperar mil años para matar este mundo? Quién sabe, la cabecita en la niñez tiene caminos insondables y no sabe de devaluaciones y el contraste entre pesos y vidas.

Los primeros que murieron en la bañera fueron mis dos amigos: Felipe y Carlitos. Se fueron por el desagote con la última riada de la tina. No fue un día cualquiera, fue el día que comencé mi primer grado.

Felipe y Carlitos me acompañaron desde los tres a los seis años. Vivian conmigo y se sabían todos mis secretos, de ahí que aprendí su importancia. Nos sentábamos en medio del comedor y manteníamos largas conversaciones sobre la calidad de andar en bicicleta sin rueditas y dormir con la luz prendida. Me ayudaron a dormirme cuando los monstruos aparecían a las diez de la noche. Hicimos cálculos de golosinas por día; si Bambi seguiría llorando, si las figuritas abrillantadas eran brillantes porque así tenían un lugar en el mundo (en el álbum, para el caso); si en el parque por las noches, los pajaritos dormían con sábanas; y sobre todo, si el perro de la esquina era el mismo que salía en los dibujitos de la mañana. El de la esquina tenía una mancha negra en el hocico, en de la tele, no. Pichichus. Buenos y entrañables amigos…

Mi madre los aceptaba porque eran una compañía para mí. Ella no les discutía sus decisiones y siempre le parecieron educados. Yo a veces, en tono confidencial, le narraba a mami cuales eran nuestras futuras aventuras. Los tres dibujábamos con la mano izquierda y por eso éramos más amigos. Eso sí, no dormíamos juntos, se iban por el balcón y hasta esperaban a que me durmiera. Yo no sabía como hacían pero a la mañana cuando despertaba para ver los dibujitos ya estaban despiertos. Tampoco entendía por qué no veían a los reyes si ellos estaban en el balcón. Parece que se dormían también. De aburrimiento, me decían. Felipe era más callado, pero sus acotaciones eran casi perfectas. Había que ser de San Lorenzo porque era el mejor equipo por ejemplo, y porque era el ciclón y ese viento era más fuerte que el huracán. Carlitos, era el más quilombero; fue el que rompió el triciclo y las rueditas de tan rápido que corría. El mismo que quiso tocar la joroba de aquel pobre hombre porque decía que traía suerte. Yo lo seguí e hice lo mismo con tal mala suerte que justo llegó mi madre y me vio. Me castigó bastante.

Felipe y Carlitos murieron casi sin vivir, si vamos al caso. Cuando llegué de mi primer día de clase, fui a mi baño de inmersión y hable con ellos; les conté que había personas de mi altura, que hablaban en voz alta y que estaba conmigo en la clase. No se veían tan agradables como ellos, pero sí necesariamente diferentes. Era hora de separarnos. Como decían en Combate, cada cual por su camino. No se enojaron, les dije chau y quite el tapón de la bañera.

Mis dos más viejos amigos, bidimensionales y con caras imperfectas, se fueron por el agujerito de desagote de la bañera.

¡Brindo por ellos, por la memoria de Felipe y Carlitos!

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