27 julio, 2019

El argentino que tradujo a Joyce

Lucrecia Labarthe por Lucrecia Labarthe En Reseña

El libro de Lucas Petersen, El traductor del Ulises, es una biografía. En el epígrafe de su introducción, nos habla el mismo protagonista, José Salas Subirat (1901-1975), sobre la idea de hacer su propia biografía y dice: “No tiene ninguna importancia. Si quiero que me guste, tiene que ser falseada. Si quiero que guste a los demás, también”. Pero en el libro, Petersen va por el camino contrario. No falsea, sino que indaga, descubre, relaciona. Como bien nos lo recuerda, Joyce fue el maestro de la épica del hombre común, uno tan ordinario y grandioso, tan usual y misterioso como el mismo Salas.

Llegó a haber cuatro traducciones al español del Ulises de Joyce: la primera, la más citada y la más criticada es la de Subirat. Petersen se mete en la vida de este vendedor de seguros devenido traductor con curiosidades e intereses tan variados que no puede dejar de evocarnos al mismo Leopold Bloom.

Borges criticó la traducción de Subirat. Saer la defendió. Subirat simplemente amó el Ulises y deseó su lectura al punto de dedicarle cinco años de su vida a traducirlo. Aprovechando los viajes al trabajo, sin recibir ningún pago, reconocimento o fama; solamente la consecución del impulso personal, único, de la obra que se lleva a cabo para cumplir con uno mismo.

 

El protagonista

Dice Alan Pauls: “Inmigrante catalán de familia humilde, Salas Subirat no pasó de quinto o sexto grado. El suyo (como el de muchos de su generación, que fue la del grupo Boedo, el arte social, el voluntarismo democratizador, el nacimiento de la industria cultural) fue un autodidactismo salvaje, alimentado en escuelas nocturnas, instituciones académicamente sospechosas como el Centro Asturiano y bibliografías armadas a los ponchazos entre los clásicos populares de la Biblioteca de la Nación, los fascículos de la editorial Claridad y las literaturas de kiosco. A los doce años, fue empaquetador en una imprenta; más tarde, cobrador de la firma de cajas de seguridad Borges (una ironía que a Borges no le habría disgustado); por fin, en calidad de taquidactilógrafo, accedió al empleo en el que permanecería, con alguna interrupción, hasta jubilarse: la compañía de seguros La Continental, donde viviría su vida “oficial”, estable, monocorde, imperceptible, y llegaría a ser una estrella del seguro de vida a escala latinoamericana (tanto, que sobreviviría a un accidente aéreo en Venezuela). Además del catalán (lengua familiar), dominaba el inglés y rudimentos de francés e italiano, aunque menos por haberlos aprendido que por cierta “facilidad para los idiomas” que más tarde (Petersen se permite aquí un divertido escepticismo) le depararía también el abc del ruso, el alemán y el portugués y lo alentaría a fundar su propia institución pedagógica, la Academia de Taquigrafía e Idiomas J. Salas.”

 

El libro

El trabajo está muy bien documentado, basado en una investigación minuciosa. Pero no son solamente los datos que aporta, sino la capacidad del autor para relacionar e inferir de estos datos lo que nos permite imaginar y conocer a Subirat. A través de él llegamos también a ver otro Buenos Aires, con su ambiente literario y sus propias contradicciones. Asistimos así al escenario de la década del 20: la conformación del grupo de Boedo, las revistas literarias y culturales de esos años y sus postulados ideológicos (Martín Fierro, Los Pensadores y luego Claridad), la red de vínculos y contactos que establecen los escritores, dentro y fuera del país. En el medio de ese decorado aparece Salas Subirat con sus dos primeras novelas, sus libros sobre Marinetti o Beethoven y sus intervenciones en las revistas, especialmente a través de reseñas. Petersen lee en estas intervenciones la construcción de un punto de vista sobre el arte, marcado por “una oscilación entre la atracción y la repulsión, la curiosidad y el desdén que le produce la vanguardia”.

Si algo muestra El traductor del Ulises es que una traducción es un suceso artístico, socialmente complejo y creativo y que debe juzgarse no en relación a una supuesta posible exactitud sino a su capacidad de crear un lazo entre la red cultural del escritor y los lectores que esperan del otro lado del idioma.


Reseña publicada en La Pluma Nº1 en julio de 2017

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