22 marzo, 2020

Silvina

Lucrecia Labarthe por Lucrecia Labarthe En Narrativa

La casa era como la de antes, un pehache sucio y desordenado. También en Floresta. La comida, comprada en la rotisería: pollo y papas fritas con un vino pasable. Nos habíamos encontrado hacía una semana, veinte años después. Matrimonios y divorcios aparte, todo parecía tan igual que me impresionaba un poco. Venite a casa, había dicho Rocco por teléfono. Dale, que es domingo. Era tardísimo, pero fui igual, un almuerzo a las cinco de la tarde.

Después de comer subimos a la terraza y miramos a los chicos volar con sus barcos de grafeno naranja. Armamos un porro y hablamos de literatura mientras fumábamos. Estaba buena la yerba. Me entusiasmé con Silvina Ocampo probablemente porque cuando fumo me da por las injusticias. Para defenderla injuriaba a Bioy de todas las maneras que se me ocurrían en el momento.

—La trama celeste es una porquería. Una chotada intelectualosa. Y no es que Adolfito no tuviera talento, pero esa admiración esnob por Borges lo perdió. Tenía miedo de hacer algo propio, miedo de ser menos y así lo único que conseguía era achicarse cada vez más. Kohan dijo que, en todo caso, habría que decir que Bioy era el marido de Silvina Ocampo y no al revés. ¿No te parece genial?
—Mmm… No sé. Es cierto que la pusieron a un costado en su época, pero después fue muy reivindicada. Ya está, ahora pensemos en los escritores nuevos.
—Seguís siendo un pragmático, ¿no?

Hacía frío y le pedí que me prestara la capa. O no hacía tanto frío, pero tenía muchas ganas de ponerme de nuevo la vieja capa azul de metamateriales. Me envolví toda y me acaricié un poco la cara, oliendo disimuladamente. No tenía el olor de Tania, ya no, a pesar de que la cubríamos siempre con ella. Le quise preguntar si a él le habían contado algo de cómo estaba, dónde estaba. Se la llevaron tan chiquita, tan frágil. Mejor no, pensé. ¿Para qué?

—Silvina era atractiva, ¿no te parece? Esa nariz era muy sexi. Yo le daría, creo —dije imaginándome una escena en la carpa de los Ocampo en Mar del Plata, las dos con unas mallas enterizas claras de breteles cruzados.
Visualicé un poco el cuerpo blanco y los pechos grandes de Silvina y después confirmé.
—Sí, sí que le daría.
Ahora Rocco prestaba atención.
—Y yo miraría. ¿Me dejarías mirar?
Le sonreí torcido entrecerrando los ojos.
—Creo que sí.
—¿Quién es tu archienemigo ahora? —preguntó como si viniera a cuento.
—¿Por qué?
—Escuché por ahí que era Fiorella, y, con esto que estás diciendo, me vinieron unas imágenes…
—¿La conocés?
—Un poco.
Rocco miraba el suelo sucio de la terraza y molestaba una hormiga negra con un palito.
—Ah, un poco…, ¿lo suficiente para saber cuál es su superpoder?
—¿Por qué, vos no lo sabés?
—No se hace Rocco, vos sabés que no se hace.
—¿Qué cosa?
—Coger con ellos.
—¿Quién dijo que cogí con ella?

No contesté y me entristecí. Me ayudó el atardecer y el silencio que ocupaba los lugares donde antes jugaban los chicos en el cielo. Nadie cambia, pensé. Nadie, nunca.

Rocco armó otro porro y trajo licor de chocolate y dos vasos plásticos. Yo seguía acurrucada en la capa pero, cuando él subió, yo bajé al baño. Abrí todos los placares y los cajones de la casa. Encontré dos mutantes desconectados y otros dos sin terminar. Me tranquilizó. Yo no era la única que se sentía sola por la noche.

Cuando volví, Rocco tocaba la guitarra. Me puse a bailar por la terraza hasta que vino y me abrazó. Nos quedamos así un rato larguísimo y parecía que no existía nada mejor.

—Si tenemos otro bebé, ¿qué superpoder te gustaría que tuviera?
—El lenguaje —susurré.
—Acepto —dijo él en mi oreja— ¿cómo le pondríamos?
—Silvina.

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