25 julio, 2019

Alfonsina: cronista irónica de la feminidad prescriptiva

Lucrecia Labarthe por Lucrecia Labarthe En Crónica, Ensayo

Ilustración: Valentín Cacault

El 27 de junio de 1919, Alfonsina Storni entrega un artículo para la revista La Nota, titulado Un libro quemado. En ese texto Alfonsina escribe sobre otra mujer que escribe. Esa otra mujer era Santa Teresa de Jesús, quien fue obliga da a quemar sus textos sobre El cantar de los cantares por su confesor, que pensaba, como San Pablo, que las mujeres no deben expresarse (“Callen las mujeres en la Iglesia de Dios”).

Los escritos de Santa Teresa se recuperaron. Los de Alfonsina nunca se quemaron, pero no fueron lo suficientemente leídos. La imagen de esta fantástica escritora, coloreada y corrompida por su suicidio y su estereotipo de madre soltera insatisfecha por desamor, no integra a la cronista lúcida, a la ideóloga que no deseaba para ella un lugar socialmente aceptado. A los 28 años habla así sobre el sometimiento: “En la mujer sin más dotes que ella misma, su condición de sometido, económicamente, aumentará su complejidad. Porque todo sometido es más complejo que el sometedor. Los servidores, pertenezcan a cualquier sexo, suelen tener idiosincrasia femenina”, dice en “La complejidad de la mujer”. Sobre el matrimonio, explica: “Concibo el matrimonio como una alta institución del espíritu cuyo único vínculo positivo es el fino amor, el hondo amor, el respeto profundo, la tolerancia delicada. Pero a mi alrededor he visto siempre pobres cosas, tristes negocios, incomprensión, ignorancia”.

Las publicaciones de la época: Caras y Caretas, El Hogar, La Nota o el diario La Nación encaraban el proceso de modernización y de formación de una sociedad de consumo. Estaba todo un poco mezclado: los periodistas hablaban de moda –y también de política– en un registro heterogéneo. Todavía no se había clasificado y ordenado la información que se ofrecía y a Alfonsina la invitaron a escribir cosas “de mujeres” o “para mujeres”. ¿Qué hizo ella con este ofrecimiento? Crónicas.

Para explicar un poco cómo encaró Alfonsina sus crónicas, veamos lo que dice Martín Caparrós sobre este género: “La crónica es una mezcla, en proporciones variables, de mirada y escritura. Uno de los mayores atractivos de hacer una crónica es esa obligación de la mirada extrema, esa actitud del cazador que sabe que todo lo que se le cruce puede ser materia de su historia. Y escritura: atreverse a decir de otras maneras, a buscar formas, a pensar relaciones”. En marzo de 1919, Alfonsina asume para La Nota la autoría de la columna femenina titulada durante un tiempo Feminidades –y más adelante Vida femenina– hasta el cierre de la revista. En estos escritos, mantiene un sostenido tono irónico. Ironiza sobre la mujer que se arregla para “cazar un marido”o la que mide sus gestos para salir a la calle. No vamos a encontrar en estos escritos la voz poética. Probablemente no haya una única voz capaz de describir cabalmente a Alfonsina ni tampoco una única voz en la propia Alfonsina.

Con el uso de la ironía, la escritora resolvió el conflicto de enfrentarse al ideal de la mujer doméstica y se refugió en la parodia y la ficcionalización. De ese modo, pudo rechazar el modelo imperante de feminidad, sin llegar a la crítica directa ni a mostrar otros modelos de deber ser femenino.

La dama de negro

En La dama de negro, Alfonsina parte, como va a hacer repetidamente, de una escena urbana reconocible. Describe la vestimenta excesiva de una mujer y la ornamentación a la que sometió a su hija de cinco años.

Levanté los ojos en busca del detalle sobre el que debía hincar mi crítica, y mi amiga me dijo al oído: ―Fíjate en la nena; tiene el cabello oxigenado y está pintada. La miré detenidamente. Efectivamente: la inocente criaturita, por debajo de la gentil capota, dejaba aparecer bucles de un oro sin brillo, desigual y sucio […]. Las dulces y frescas mejillas cargadas de carmín perdían su natural frescura para adquirir el aspecto de una muñeca barata y ramplona, con que suelen adornarse los escaparates de las tiendas de los suburbios” (Storni 4/4/1919 p. 427-8).

Como cierre de la crónica dice: “¿No habrá en esta dama de treinta y cinco años un instinto invencible de arte? ¿No habrá querido imitar a ciertos pintores del renacimiento, que hacían magníficos rostros de niños? Bien pudiera ser; éste es el siglo de las sorpresas” (Ibídem). La ironía se adueña del texto con estas preguntas retóricas.

La voluminosa señora

En La voluminosa señora, la cronista observa una escena en el subte, esta vez, de una mujer sentada al lado de su marido. Aquí se profundiza en el conflicto entre la mujer soltera y joven, y la casada y “respetable”. Alfonsina observa y decodifica: hay desprecio y prejuicio en la mujer del subte.

Su alma, o cosa que de tal hacía, había empezado a transformarse en cosa sólida que entonces era músculo y ahora es grasa. Tan corta de seso, como larga de lengua, mantuvo en jaque la reputación de parientes y amigos […]. La esposa os recorre entonces, también y francamente, de pies a cabeza, amoratado el rostro de sangre; sus ojos perdidos casi en los gruesos párpados caen sobre un modesto escote que en primavera lleváis y os lo fulminan, dase vuelta hacia el espejo en consulta y advierte que por debajo del costoso sombrero unos cabellos asoman en desorden, descomponiendo su aspecto; arréglalos con una menuda horquilla y os hace ver dos magníficos anillos de brillantes” (Storni 1/8/1919 p. 810).

Nosotras y la piel

En Nosotras y la piel el tema vuelve a ser la moda relacionada con la hipocresía social. Alfonsina se opone a un grupo de señoras que prohíben la exhibición de ciertas partes del cuerpo en las mujeres, asociando la piel a la moralidad: “Resulta, pobres de nosotras, que mucha parte de la dignidad y el pudor femeninos lo tenemos en la piel, a la que no podemos lucir ni mirar sin que nuestra moral sufra un descalabro. Nunca hasta hoy se me había ocurrido pensar que fuéramos una cosa tan amorfa como lo que aquel hecho da a entender. Hasta hoy, yo había pensado que la moral femenina era mucho más profunda, más valiosa, más completa” (Storni 19/9/1919 p. 976-7).

En estas crónicas, Alfonsina hace desfilar ante nosotros mujeres jóvenes y viejas, solteras y casadas, y en todas ellas el cuerpo aparece disfrazado, subordinado, desviado. Sentimos con ella el rechazo hacia la manera en que las mujeres urbanas se adecuan, corporal y mentalmente, a las normas sociales. Las imágenes nos revelan la obscenidad del sometimiento del cuerpo. Agresiva o piadosa, la ironía se posa sobre lo visible y hace de ese cuerpo el espacio para la desacralización de los modelos femeninos. Alfonsina señala hasta el cansancio su falta de identificación, como mujer, frente a estos estereotipos. Manifiesta su resistencia a la mímesis, ataca dos realidades: las mujeres obedientes y el sistema, que las somete.

El 25 de octubre de 1938, Alfonsina se suicidó arrojándose al mar desde la escollera del Club Argentino de Mujeres de Mar del Plata. Cuenta María Moreno: “Cenicienta trágica, perdió un zapato antes de saltar, un mocasín que es el calzado de la mujer moderna”.

 

Bibliografía:
La dama de negro. La Nota: Buenos Aires, 4/4/1919, no 191.
La voluminosa señora. La Nota: Buenos Aires, 1/8/1919, n° 207.
Nosotras y la piel. La Nota: Buenos Aires, 19/9/1919.

 


Ensayo publicado en La Pluma N°1 en julio de 2017.

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