1 marzo, 2020

La literatura de la pseudociencia y la nueva generación de escritores argentinos

Una entrevista con Roque Larraquy

Julio Sandoval Berti por J.S.B. En Crónica, Reseña

Ilustración: J.S.B.

La siguiente es una traducción de la entrevista que Susanna Greenblatt le hizo a Roque Larraquy para la revista digital “Words Without Borders Daily” en febrero de 2020. Words Without Borders es una ONG de Estados Unidos, ubicada en Brooklyn (New York), que se encarga de dar a conocer literaturas en traducción dentro de ese país, promocionando escritores y poéticas de otras partes del mundo. En esta oportunidad fue seleccionado el Director de la carrera de Artes de la Escritura de la UNA y su novela “La comemadre”, que fue traducida para ese mercado por Heather Cleary. A continuación podrán leer la entrevista completa:

Cuando compré mi copia de La comemadre del novelista argentino Roque Larraquy, el librero me miró desde atrás de la caja registradora y me dijo: “Preparate, este libro le voló la cabeza a mi esposa”. Imitó una explosión que surgía de su cabeza. La comemadre, traducida por Heather Cleary y publicado por Coffee House Press, fue nominado en 2018 para el Premio Nacional del Libro de Literatura en Traducción. El delgado volumen está divido en dos secciones, cada una de ellas llena de un inquietante ingenio, poética gore y personajes despreciables. Y, a pesar de la advertencia del librero, no estaba preparada.

La primera mitad de la novela se desarrolla en 1907 y se centra en un hospital rural argentino cuyo personal está buscando respuestas científicas a una pregunta que ha languidecido durante mucho tiempo bajo el ámbito de la filosofía religiosa: ¿qué sucede cuando morimos? Después de una serie de ensayos preliminares con unos patos muy poco suertudos, los médicos concluyen que las cuerdas vocales aún pueden funcionar durante los nueve segundos siguientes a una decapitación repentina. Con este conocimiento, proceden a realizar su gran experimento en seres humanos, a quienes reclutan con un anuncio que les promete probar un suero curativo para el cáncer: azúcar y vainilla. Una dudosa moral se mezcla con la ejecución del experimento. A medida que las guillotinas caen, estos inocentes sujetos ofrecen sus últimas palabras a la ciencia, para ser estudiadas en la búsqueda de evidencia de una verdad más elevada. En la segunda mitad, la novela sigue a un artista de performance que trabaja en Buenos Aires cien años después. En el mundo del arte posmoderno, la auto disección en pos de una trascendencia demuestra ser igual de espantosa y estar plagada de los mismos dilemas que la medicina de principios de siglo.

La comemadre (Entropía)

La comemadre (foto: Editorial Entropía)

Al leer La comemadre, uno tiene una idea de cómo podría ser Larraquy como educador: riguroso, interesado en asumir riesgos, sin temor de los humores y horrores que conviven en la mente humana. Larraquy actualmente se desempeña como director de la primera carrera universitaria en escritura creativa de la Argentina, un programa que ayudó fundar en la Universidad Nacional de las Artes, una universidad pública. El programa de cinco años, con sede en Buenos Aires, ofrece especializaciones en poesía, ficción, dramaturgia, narrativa audiovisual y otras formas escritas. Y, como es el caso con todos los títulos universitarios públicos de Argentina, los cursos son totalmente gratuitos para los estudiantes. Con una matrícula superior a los 1,000 ingresantes en 2016, la primera camada de estudiantes está punto de iniciar su último año, y Larraquy está ayudando a moldear esta nueva generación de escritores que se iniciarán en el panorama literario argentino.

Hablé con Roque Larraquy sobre La comemadre, escritura que parasita y funda el programa de escritura de la UNA y la historia y el futuro de la literatura argentina.

Susannah Greenblatt (S.G.): La comemadre explora dobles de muchos tipos: gemelos unidos, humanos de dos cabezas, doppelgängers, cirugías plásticas de fusión de identidad. ¿Cómo ves la relación entre la primera y la segunda mitad de la novela?

Roque Larraquy (R.L.): La idea inicial para La comemadre era que tendría dos textos diferentes y que entraran en diálogo. No es que escribí los dos textos por separado y los uní. Desde el principio, la idea era hacer esta operación de dobles. Me interesaba que la novela no sólo fuera un texto literario, sino también un objeto o un cuerpo que encarnara sus propios conceptos.

También quería trabajar con la posibilidad de diálogo entre una perspectiva científica y una perspectiva proporcionada por el mercado del arte de esos años, que tenía que ver con el cuerpo, con la experiencia como parte del objeto artístico. Entonces me pareció que esas dos partes podrían coexistir en conflicto y que una podría parasitar a la otra.

S.G.: La semilla de la parte histórica, que tiene lugar en 1907, fue un anuncio real que encontraste en una revista vieja. ¿Puedes contarnos un poco sobre ese anuncio? ¿Qué hay de eso que capturó tu imaginación?

R.L.: Antes de encontrar ese anuncio, estaba realmente fascinado con los textos escritos a principios de siglo. No textos literarios, sino textos sobre espiritualismo, medicina galvánica, frenología, etc. Todas esas autoproclamadas “ciencias” que, con el paso del tiempo, perdieron su estatus científico y quedaron en el olvido. Lo que me interesa de ellos es que son disciplinas que buscan legitimarse como tales, y produjeron textos furiosos, argumentativos, que intentan convencer al mundo: la verdad yace aquí. Y también están construyendo un sistema léxico (nombres, palabras, terminología científica) que de alguna manera da cuerpo a la disciplina. Eso me pareció muy relacionado con la literatura. Son textos que, leídos cien años después del hecho, tienen potencia. Si se olvida que están tratando de presentar una concepción de “lo real”, son, como construcciones ficticias, extraordinarias.

Mientras leía todo eso, encontré un anuncio en una revista llamada Caras y Caretas, que era una revista realmente importante en Argentina con serios debates políticos del momento. Era un anuncio que prometía una cura para el cáncer en una clínica suburbana de esta ciudad que apenas se había desarrollado y que aún no se había incorporado a Buenos Aires: Temperley. Y luego, lo que realmente despertó mi interés fue que el anuncio decía que el suero fue desarrollado por un Doctor Beard en Edimburgo, Inglaterra. Este error realmente me pareció una excelente semilla para desarrollar un mundo narrativo.

S.G.: A medida que los médicos contemplan los dilemas filosóficos de la guillotina, comienzan a debatir dónde reside el yo y cuándo deja de existir. Para vos, ¿cuándo y cómo comienza a existir un personaje? ¿Puede un personaje dejar de ser o dejar de ser él mismo?

R.L.: No sé si creo tanto en la idea de que un personaje es una encarnación ficticia de una identidad o una psicología. Para mí, un personaje es, en términos estrictamente formales, un sistema de recurrencias. Hay un nombre, un conjunto de acciones, su forma de hablar, en caso de que hablen en el texto. Estos siguen reiterando y entre estas reiteraciones aparecen pequeñas variaciones. Para mí, un personaje es así. Perdón si eso suena un poco desalmado.

Un personaje que no es el narrador y que no habla de otra manera, creo, se constituye en la lectura. Uno comienza a construir fantasías de identidad o psicología que incorpora en un personaje. Creo que cada personaje, antes de que el lector entre en juego, es un personaje incompleto. Es el lector quien une esos elementos.

Roque Larraquy por Pablo García

Roque Larraquy (foto: Pablo García)

S.G.: El tema del fracaso atraviesa ambas partes de La comemadre, emergiendo como un paso necesario en la búsqueda de trascendencia y, a veces, también como su resultado. ¿Puedes hablar un poco sobre tu interés en el fracaso?

R.L.: La comemadre, y también mi segundo libro, Informe sobre ectoplasma animal, y la tercera novela que estoy terminando actualmente están ambientados en la primera mitad del siglo XX en su mayor parte. Este período me interesa, porque es un momento en que la perspectiva positivista, tan arraigada en la idea del progreso, de los grandes objetivos, de las grandiosas proyecciones del futuro, debe lidiar con sus propias limitaciones y el fracaso de esos grandes proyectos a medida que el siglo avanza.

El fracaso me interesa, por un lado, como una herramienta estética. Para mí, el arco descrito en un gran momento de apogeo y luego de decadencia ofrece muchas posibilidades de narración. Por otro lado, me permite establecer algún tipo de conexión entre la literatura y la historia de Argentina, que se caracteriza por tener, entre fines del siglo XIX y la primera mitad del XX, una situación económica que permitió grandiosas ambiciones de prosperidad, sin dejar de ser un país profundamente desigual, incluso en aquellos momentos en que estaba signado por la riqueza.

Con respecto al fracaso como escritor o al fracaso del escritor, no sé si tengo algo muy desarrollado que decir. En América del Sur, los escritores casi nunca pueden vivir razonablemente bien de lo que producen —hay sólo unos pocos casos que pueden— por lo que parece que la idea del fracaso y del éxito generalmente toma una medida más material: el éxito en términos de ventas, éxito en términos de distribución, en renombre.

En cualquier caso, desde mi punto de vista como escritor sudamericano, el fracaso sería tratar de escribir con una idea preconcebida de lector, enmascarar tus propias intenciones como escritor y terminar escribiendo algo que no te representa a vos ni a lo que querías representar. El texto, pienso, construye “el lector”. Entonces, escribir para alguien que es imposible de discernir de antemano, ahí está un punto de entrada fácil a la idea de fracaso.

S.G.: ¿Fundar una licenciatura en escritura creativa fue un proyecto que tardó un tiempo? ¿Por qué llegó a buen término en ese preciso momento de 2016?

R.L.: Bueno, para empezar, tal vez la pregunta sería “¿Por qué no antes?” Y esto también es algo que nos preguntamos. Existe una fuerte tradición en Argentina en negar que se pueda enseñar escritura, para empezar. En UNA, todavía estamos debatiendo esta pregunta con algunos críticos literarios que, para decirlo sin rodeos, dicen que escribir es una especie de regalo de Dios, que proviene de las manos de las musas, o algo así. Un crítico literario muy famoso dijo que la escritura artística es una facultad regida por el deseo y que el deseo no se puede enseñar. Pero la profesora y escritora Gabriela Cabezón Cámara respondió con su propia pregunta: si no se puede enseñar el deseo, ¿cómo se puede criticar? ¿Cómo se puede formar a un teórico o crítico literario pero no a un escritor?

S.G.: ¿En qué se diferencia este programa de las opciones de educación sobre escritura anteriores? ¿Puedes hablar un poco sobre lo que pasó al diseñar el curso de estudio?

R.L.: Buenos Aires es un lugar donde hay muchas oportunidades para la capacitación y educación de escritores, entre ellos títulos de postgrado, clases en centros culturales y talleres impartidos independientemente por cien mil escritores diferentes. Pero lo que faltaba era una carrera de grado, un programa universitario que reuniera todas esas prácticas de manera integrada.

En nuestra investigación, estudiamos programas de otras universidades del mundo y notamos que muchos de los programas existentes en países de América Latina estaban realmente enraizados en la tradición hispana, con un gran enfoque en la literatura del Siglo de Oro español. Para nosotros era importante que nuestro programa tuviera una base en la tradición latinoamericana de la escritura.

Después, en los Estados Unidos, existe un mercado editorial tan fuerte y consolidado que parece dominar el enfoque de la educación en los programas de escritura creativa. Nos pareció más una capacitación sobre cómo encontrar el éxito en el mercado literario.

Entonces, lo que tuvimos que descubrir fue el papel que este programa tendría en un país como Argentina, que tiene una tradición literaria extraordinaria pero no tiene un mercado editorial que coincida con esa tradición en términos de tamaño, volumen o influencia. La escritura narrativa no está considera como un producto de consumo masivo aquí. Queríamos que este fuera un programa que integrara la educación no sólo en la escritura literaria sino también en otras modalidades de escritura. Hay narrativa, narrativa audiovisual, dramaturgia, ensayo y otras carreras profesionales. Tiene un alcance más amplio que permite a los estudiantes considerar qué lugar podría ocupar su propia producción en el contexto de toda la escritura que se produce hoy.

S.G.: Ahora que hay más de 1.000 estudiantes en el programa y estás conociendo a una nueva generación de escritores, ¿qué te emociona sobre el futuro de la literatura en Argentina?

R.L.: Lo que me emociona es que este país, que ha tenido una historia tan larga e impredecible, tiene una relación tan potente con la escritura y la lectura.

Me alegra mucho ver cómo trabajan estos estudiantes tanto dentro como fuera de la universidad. Han celebrado sus propios concursos de escritura, han trabajado con las imprentas para publicar a los ganadores de estos concursos, han fundado sus propias editoriales independientes para prosa y poesía, y sus libros se venden en librerías y se reseñan en los periódicos. Hacen revistas. Tienen una visión política del papel del escritor y hay una participación política muy fuerte entre los estudiantes en general.

Algo que me interesa particularmente en la creación de un programa público gratuito es que no sólo hay personas de todas las edades, sino también personas de todos los orígenes sociales: no es un espacio dominado por las clases media y alta. Ves que hay estudiantes que son trabajadores de la construcción y trabajadores del comercio, y algunos son los primeros en sus familias en estudiar en una universidad. Tenemos niños que acaban de terminar la escuela secundaria junto a personas con doctorados y niños de ochenta años, todos coexistiendo. Ser testigo del crecimiento de esta comunidad con el programa me hace sentir que hay una gran promesa para el futuro y que algo va bien.

por Susanna Greenblatt
(Traducción de Julio Sandoval Berti)

Translation of Susannah Greenblatt, "Literary Pseudoscience and a New Generation of Argentine Writers: An Interview with Roque Larraquy."
Published in *Words Without Borders, https://www.wordswithoutborders.org/dispatches/article/roque-larraquy-on-literary-pseudoscience-interview-susannah-greenblatt,*February 2020. Copyright©2020 by Words Without Borders. All rights reserved.

Susannah Greenblatt (foto de Elijah Stevens)

Susannah Greenblatt es escritora, cineasta y traductora del español con sede en Brooklyn. Se graduó con Altos Honores en la Universidad Wesleyan en 2016 como Licenciada en Historia. Actualmente, trabaja como coordinadora de comunicaciones y marketing digital en Words Without Borders, y es una escritora colaboradora del blog de la revista, WWB Daily. Sus escritos y traducciones también han aparecido en Literary Hub, Ramona: revista de artes visuales y Epiphany Magazine. Su cortometraje, La Ciega (2018), que se proyectó en festivales en los Estados Unidos y Canadá, está basado en su tesis sobre la vida y el juicio —por parte de la Inquisición Española en 1675— a María Cotanilla. Dicha tesis le mereció un premio de la White Fellowship for Excellence in History. Recientemente, co-dirigió un video de música para “I Love You // Like the Sun” del artista electrónico Qire, con sede en Nueva York. También trabaja para la Agencia Literaria Anne Edelstein y vive en Brooklyn. (Foto de Susannah Greenblatt por Elijah Stevens).

 

Roque Larraquy es escritor, guionista, profesor de diseño narrativo y audiovisual argentino y autor de tres libros, La comemadre (2010), Informe sobre ectoplasma animal (2014, ilustrado por Diego Ontivero) y La telepatía nacional (que se publicará en junio de 2020). En 2016, fue nombrado Director de la primera carrera que otorga títulos en escritura creativa en Argentina, ubicado en la Universidad Nacional de las Artes, una institución pública.

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