24 abril, 2020

Construcción de una muerte

Julio Sandoval Berti por J.S.B. En Narrativa

Ilustración: El constructor por J.S.B.

Mi amigo vino a la tarde y me contó la historia que había quedado pendiente. La última que me faltaba para cerrar el libro y mandarlo a imprenta. Me había prometido contarme una historia violenta de sexo y desengaño, dijo que no me defraudaría. Nos sentamos afuera, en el patio, cerca de la parrilla. Acerqué la heladerita con cervezas que había cargado por la mañana y la puse entre las reposeras. Tengo un almacén a media cuadra que me trae las cervezas especialmente, para darme el gusto. Lo dejé tomarse su tiempo para empezar a hablar. De a poco se fue soltando, a medida que el pico se le calentaba con la negra importada. Una vez que arrancó no paró hasta el final. Me contó toda la historia desde el principio, en el orden en que sucedieron los hechos, como hace siempre. Pero hay un orden mucho más sutil detrás del orden en el que ocurren las cosas, un orden desconocido.

Como yo lo veo, este último cuento debería comenzar con el personaje parado frente a la ventana, mirando hacia la plaza de enfrente a través de los altos blindex del edificio. No puedo respetar, como quiere mi amigo, que el cuento comience por la mañana, cuando el personaje despierta, sin saberlo aún, el día de su muerte. Eso es inaceptable. Nadie, ni siquiera este triste personaje que construyo se merece conocer de antemano qué día será su último día. Sino que debe mantener por lo menos la esperanza de que va a poder cambiar su destino y revertir todo aún en el último minuto, en el último segundo de la historia.

Para mí lo mejor es que la acción comience por la tarde, a la salida del trabajo de ella, con el personaje mirando por la ventana y esperando que ella aparezca caminando apurada, huyendo del ex novio que la acecha desde los dinteles de los edificios, por detrás de los postes, escondido entre los árboles gruesos de la plaza. El personaje debería estar parado frente al gran ventanal de blindex vestido con sus pantalones de gabardina marrón, la camisa a cuadros amarilla y el pullover puesto sobre los hombros, atado alrededor del cuello. Es una imagen patética, es cierto. Pero no hay manera de que un personaje escritor no luzca patético en una historia como ésta, sobre todo si muere al final. A lo mejor podría intentar colocarle el pullover en lugar de que lo lleve colgado sobre los hombros, y de paso despeinarle un poco ese flequillo ruliento y rubio que, por supuesto, también luce patético.

Mientras oscurecía en el patio y tomábamos las últimas cervezas mi amigo insistió bastante con que el nombre del personaje femenino debería mantenerse en Macarena, como la real. “De ninguna manera”, le dije. Él se me quedó viendo desde su silla con los ojos ya vidriosos. Me levanté de la reposera y di unas vueltas en círculos sobre el césped. Todavía tenía mi lata de cerveza en la mano, que también dibujaba su propio círculo alrededor del césped. A su vez mi muñeca hacía girar la lata en círculos más pequeños, pero en sentido contrario, como imitando el movimiento de la mano al escribir. Círculos dentro de círculos que se inscriben en círculos más grandes. Círculos que giran en planos diferentes y en diferente sentido. Lo miré directo a los ojos: “Un personaje mío no se va a llamar así”, le aseguré. Pero él insistía e insistía con que yo sabía que ésa era la verdad, que Macarena se llamaba la chica real de la historia que me había contado. “Tampoco estoy para darte el gusto”, le dije a mi amigo confidente. A la mierda la verdad. Yo solamente quiero que el cuento sea creíble, nada más.

Después de oír la historia completa de boca de mi amigo narrador (y de fumarme seis o siete páginas de su diario íntimo y personal con las anécdotas de las minitas que se está cogiendo), ya sentado solo frente a la computadora, se me ocurrió bautizar al personaje femenino como Valeria en honor a una ex que me había hecho una jugada notablemente maligna el año anterior. Valeria Britos se llamaba, o se llama. Desde entonces no la veo pero me enteré que todavía anda por acá, que no se fue del país como me había dicho. De vez en cuando me llegan rumores por parte de algún que otro incauto que al cruzarse conmigo me cuenta que la vio en tal o cual lugar: “Bajaron de una moto, andaba de la mano, anteojos negros, era a la tardecita, iban a los pedos, un petiso la agarraba, a las tres de la mañana, tenía el pelo largo, en la mesa de al lado, medio canchero, me saludó cuando se iba, salieron rajando, cruzaron enfrente, botas con tachas, usaba casco, capaz que no me vio, se le sentaba en las piernas, subieron a una moto, ni me saludó, salieron rajando, las lanas le bailaban”.

Aunque las versiones son diferentes de sujeto en sujeto, invariablemente después de la anécdota vienen dos preguntas, una detrás de la otra, preguntas que duelen como disparos a quemarropa sobre un chaleco antibalas: “¿Che, tu novia no se había ido afuera a estudiar? ¿No era tu amigo ese pibe con el que andaba?”.

No estoy seguro de ponerle Valeria igual. A lo mejor convenga más ponerle otro nombre. Algo como Justina, por ejemplo, aunque el comportamiento de Valeria no haya tenido nada de justo. Pero preferiría ponerle Justina porque es irónico: Una estocada aguda, finita, casi imperceptible, dedicada a una persona que siempre se imaginó propensa a los actos justos. Igual que Macarena. Según me contó mi amigo es abogada y conoció al personaje principal preparándole los papeles del divorcio.

Aquí anotaré algo al margen: ¿Acaso debo enfocar el cuento desde la perspectiva de una mujer que se enamora de un tipo casado? Lo que a esta altura me parece un cliché. ¿O mejor debo hacer foco en el ex novio acosador que sigue a Macarena a todas partes? En esto le doy la derecha a mi amigo, que a su vez es confidente de Macarena y conocía de antes la existencia de este personaje oscuro y envidioso que la seguía a todas partes. El tipo había quedado resentido cuando ella, después de dejarlo, lo limpió de todos sus círculos y lo bloqueó en las redes. El único que no sabía nada de él, pobre, era justamente el occiso. Macarena no le había querido contar nada para no asustarlo. Si se lo decía, pensaba ella, lo más seguro es que saliera huyendo despavorido. Lo que hubiese sido una lástima justo ahora que se estaban conociendo.

Así mi desprevenido y patético personaje espera en calma que Justina llegue por primera vez a su casa. Encargó la cena en el restaurante vecino a su edificio. Arregló él mismo la mesa eligiendo la vajilla nueva y el mejor mantel. Puso velas. Incluso compró un presente (una estola de seda con motivos florales) y dejó la bolsa que exhibe la marca cara de la prenda sobre la silla donde se sentará ella. Mira su reloj: son las diecisiete veintisiete. Cerca de donde está el personaje parado ahora, esperando, debo poner el espejo grande con marco de madera que después se va a partir en mil pedazos cuando el otro irrumpa en el  departamento y lo agarre a trompadas. El otro no es otro que el ex novio de Macarena —o, me corrijo— de Justina. El espejo debería estar colgado junto al marco de la puerta que conduce a la habitación. Debería tener algo así como un metro setenta u ochenta de alto y no ser demasiado ancho. El ancho de una persona de talla normal, sesenta centímetros, digamos. Algo que le sirva al personaje para reflejar su ropa nueva después de salir de la habitación. Tiene que ser un espejo que cuando llegue el momento se parta de manera tal que un trozo de vidrio con la forma de una garra quede adherido a la dura madera del marco para formar lo que después será el arma homicida: un gancho líquido y luminoso con una empuñadura transversal de cedro rojo.

El departamento donde vive el personaje, su distribución, es exactamente igual a una oficina que queda en un segundo piso de un edificio de Puerto Madero donde trabajé durante varios años llevando y trayendo cheques para un abogado prestamista. Entraba por un pasillo largo que a mano derecha tenía una pequeña kitchenette con desayunador. Un poco más adelante, a la izquierda, había un hall donde, embutido en la pared, había un placard y ahí nomás un bañito junto al despacho del que era mi jefe. Pero no lo recuerdo bien por haber trabajado ahí, sino más bien porque fue en esa oficina donde Valeria me dijo que se iba a ir a estudiar afuera, que se había ganado una beca, que lo justo era que yo la dejara ir en la búsqueda de sí misma, de su proyecto. Ese mismo departamento, así tal cual, es posible arrancarlo de su edificio en Puerto Madero y extrapolarlo a la calle Marcelo T. de Alvear, al tercer piso de un edificio vidriado que da a la Plaza Rodríguez Peña, donde el personaje espera mirando por la ventana. Detrás de él puedo colocar, en lugar del ancho escritorio de vidrio con patas cromadas de mi jefe, una larga biblioteca repleta de libros separados por adornos y souvenirs traídos de distintas partes del mundo,  a lo largo de los muchos viajes de mi personaje. Incluso puedo exhibir allí una vieja Olivetti portátil, todavía funcional, para separar y a la vez unir, en el segundo anaquel, los tomos de Grandes pensadores de Gredos, que están hacia la ventana, de la colección erótica que se extiende hasta el borde derecho de la biblioteca y que incluirá, como destacados, algunos ejemplares de Sade, la trilogía de Miller, varios tomos en prosa de Bukowski, posiblemente dos o tres antologías de cuentos eróticos argentinos y casi todos los números de La Sonrisa Vertical.

Reflexiono sobre lo importante que es darle a mi personaje un buen motivo para dejar entrar a su enemigo que está gritando del lado de afuera de la puerta. “¡Tenés que pagar!”, golpea y repite. Pero él no es tonto. Espía por la mirilla y ve un hombre que no conoce. ¿Por qué razón habría de abrirle? Sospecha o intuye que este hecho algo tiene que ver con Justina, que seguramente en este instante debe estar corriendo por las escaleras para detener a este sujeto. Él podría, perfectamente, ir hasta el teléfono y marcar el 911, pero no lo hace. Es el punto donde ficción y realidad convergen. En esta parte es mejor no inventar nada. Debo contarlo exactamente como ocurrió, como mi amigo me lo dijo.

Su vecina: una señora ya mayor, muy querida, con quien mantenía una relación que era tanto más virtual que física a pesar de que vivían en puertas enfrentadas, a las que ninguno de los dos llamaba nunca, salvo una vez, cuando se conocieron. La extraña relación se había iniciado bastante tiempo antes, en una reunión en planta baja en la que la vecina lloró la muerte de su compañero. Esa noche él tocó su puerta por primera y última vez. Al pie le dejó un gato junto a un recipiente lleno de leche y se encerró otra vez en su departamento. A partir de entonces no pudieron dejar de escribirse uno a otro.

El personaje ve por la mirilla que la vecina sale al pasillo con el gato en brazos. Le pregunta algo al hombre que intenta derribar su puerta y nota que los golpes cesan. El tipo gira y observa un momento a la vecina. Sin darle ninguna importancia el tipo se pone a golpear y gritar otra vez. “¡Hijo de puta! ¿Me oís? ¡Tenés que pagar!”.

Entonces él sale. Teme que algo le pase a la vecina. “Está bien, está bien. Yo me encargo”. En cuanto la vecina entra y cierra su puerta el tipo lo toma del pullover y lo mete como un torbellino dentro del departamento. No sabe si con el talón o qué, el tipo, sin soltarlo ha cerrado la puerta. Su espalda va a dar contra la biblioteca. De camino atropellan la mesa. Una copa rueda y se quiebra. El vino recién descorchado se vuelca desde la mesa y empieza a formar un charco negro sobre la alfombra negra. Mi personaje está en el suelo, indefenso, sin entender demasiado lo que está ocurriendo. Tiene el flequillo volado y la ropa suelta. Está apoyado con los codos sobre los libros tirados en la alfombra. Los ojos del hombre recorren todo el departamento. Lo ve atar cabos. Ha visto las velas encendidas de la mesa. Ha visto el vino. Ha visto las tapas de los libros que cubren el piso. Sin pensarlo demasiado el tipo toma la máquina de escribir y la arroja contra él. Logra interponer un brazo entre él y el alma de acero de la máquina. Un dolor estridente le estalla en el brazo. Mi personaje no alcanza ni a gritar. Aterrorizado se queda viendo cómo medio antebrazo se le dobla hacia abajo como si fuese un fideo hervido recién sacado del agua. A partir de allí la pelea será despareja.

Justina va a llegar por el lado sur de la Plaza. Va a caminar en diagonal sobre una cinta de sol que los edificios van a hacer visible justo a las diecisiete treinta. Va a venir vestida completamente de negro, como le gusta vestirse a Valeria —o le gustaba, al menos—. El personaje va a verla venir a través de la ventana y va a pensar que la colorida estola que ha comprado combinará a la perfección con el atuendo oscuro que trae ella. Se alegrará porque Justina ha llegado a tiempo. Pero después va a percibir esa sombra que la sigue y la alcanza justo antes de que ella pueda cruzar la calle. Es el otro, que la toma del brazo y la gira. Desde arriba, mi personaje verá que discuten, pero no podrá oír nada de lo que se dicen. El otro está enfurecido. Zamarrea a Justina de los hombros. Mi personaje no puede oír nada pero entiende que el otro quiere obligarla como a entrar en razón. Justina le dice algo al otro que mi personaje sólo puede entender por la forma en que se mueve la boca de Justina: “¡Que hacés, imbécil!”, alcanza a entender desde atrás del blindex. La mano del otro se alza un metro por encima de la cabeza de Justina y baja violentamente hasta que la palma engancha la cara justo por debajo de la oreja y la levanta diez centímetros del piso. Justina vuela como desmayada y cae inerme unos metros por delante del otro. Un taxi frena y el chofer se baja y le grita algo al tipo. De pie junto a su vehículo toca insistentemente la bocina para llamar la atención de algún policía. Hace volar los pájaros de la plaza y un perro que cruza la avenida apura su cuadrúpedo paso pensando que el bocinazo es para él. Mi personaje está estático, atónito, sigue parado detrás del blindex. Ve que el otro, allá abajo, está como efervescente, de pie, mirándolo fijo desde el otro lado de la calle. Entonces parece comprender a qué ha venido y, antes de que cruce la calle, él ya sabe que va a cruzar.

El personaje lo sabe porque yo lo sé. Puede ver las proyecciones mentales que genera mi conciencia; que, de alguna manera, es compartida por ambos y se retroalimenta. Él ve flashes, relámpagos, imágenes que se representan en su conciencia como intuiciones. No tiene certezas, no puede tenerlas. Sólo la sensación insoslayable de que algo grave va a ocurrir si no se mueve, si no hace algo. Intuye que ese hombre que está abajo en la vereda viene a matarlo. Intuye que tiene que ver con Justina. Intuye que el hombre va a cruzar la calle y que va a tocar a su puerta. Entonces el personaje hace algo que yo mismo no calculé: gira y observa por un momento el teléfono. Es un simple movimiento, nada más que eso. Ahora soy yo el que empieza a recibir los flashes que vienen de su retroalimentación. Él mira el teléfono absorber el tiempo en su mesita y sabe que todavía puede llamar al 911. Mira la puerta y sabe que puede salir de su departamento y refugiarse con cualquier excusa en la casa de su vecina. Sabe, incluso, que lo más probable es que el otro esté subiendo por el ascensor, que él puede salir corriendo y bajar las escaleras a toda prisa para levantar el cuerpo de Justina abandonado en la plaza. Soy yo el que recibe los relámpagos, el que no sabe bien, el que intuye lo que va a pasar. Mi personaje, en cambio, ya sabe lo que debe hacer.

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