30 julio, 2019

Locomoción

Fernando Rojas por Fernando Rojas En Narrativa

Ilustración: Fernando Rojas

Una hormiguita te va trepando por el codo, llega al antebrazo y sin que te enteres una segunda se te trepa por el dedo gordo del pie, otra te está haciendo cosquillas deslizándose desde el parietal izquierdo hasta el cuello, acaparando toda tu atención así que de un manotazo la tirás al suelo y agitás la cabeza, zarandeás el cuello, los hombros, los brazos, por las dudas, porque aunque ya no está permanece un estremecimiento que te hace ver que tenés más hormiguitas por todos lados que, regocijadas, cándidas, se te suben y te recorren las coyunturas, no te pican pero te estremecen a más no poder, tanto, que la codicia por una ducha para sacártelas de encima te paraliza, te ahoga, te corta la respiración y las hormigas son bien chiquitas y sólo te producen un repugnante cosquilleo por lo cual con ambas manos, encolerizado, sacado de quicio, como un loco, te restregás el cuerpo en un arrebato y un furor que descuida siempre alguna parte porque las manos no son una ducha y no dan abasto para sacártelas todas al mismo tiempo y de una sola vez, sacando las que están en los hombros al tiempo que se te suben otras por las piernas y por los muslos desmantelados, por los pies descalzos y por los tobillos; cuando tirás las de un brazo y querés derribar a las otras de más abajo y ya tenés millones en los hombros otra vez viniendo como lo hacen siempre, con la mayor inclemencia, desde la espalda que ya está cubierta de nuevo; raro es que sientas especialmente a tres que no sabés que son tres, pero que te acarician el pecho y vos a punto de liberar un poderoso y enérgico grito, pero no, porque te das cuenta que mejor empezás a escupir cometiendo ese torpe y típico sonido que hacen todos cuando sienten un pelo pegado en la lengua; ojalá fuese un simple pelo muerto y no un montón de hormigas vivas del tamaño de un grano de azúcar cada una, azúcar negra, amarga o salada, mejor no saberlo, mejor escupir, estorbarles el paso hundiéndose en las comisuras de tus labios, bajando y subiendo, y vos que escupís y zapateás y te frotás con las manos y los pies y cerrás los ojos y sentís los pasitos caminándote, eludiendo las trabas que tus párpados agrietados están haciendo a las incontables patitas que ya recorren el tabique, a punto de encontrar las fosas nasales; te vas preparando; están llegando, a punto de dar la vueltita hacia abajo y meterse en tu nariz… y soplás, y soplás con tanta fuerza que tirás a esas y a las que estaban en la boca y en el mentón y a unas cuantas del pecho y seguís soplando mientras insultás mentalmente, chillando como un cerdo sabiendo que hay cientos, miles, millones, billones que inmediatamente relevan a las caídas y seguís soplando y escupiendo y gritando en tu cabeza, con todo tu sistema nervioso lo que no podés gritar con la voz; y ocurre lo que faltaba, lo que era de esperarse: un murmullo, un susurro de antenitas y patitas roñosas emitiendo una viscosa resonancia en el oído, han encontrado el último orificio despoblado investigando desde el lóbulo y el sendero espiral de tu oreja las curvas que desembocan en el centro hasta tocar fondo, van entrando una detrás de la otra en fila marcial a la cueva que termina en tus tímpanos; es una ventaja que los tímpanos estén ahí taponando el paso o de lo contrario tendrías muy pronto hormiguitas en ambos hemisferios del cerebro.


Publicado en la Pluma Nº2 en diciembre de 2017.

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