8 septiembre, 2019

Uno para cada lado

Diego Vannucchi por Diego Vannucchi En Narrativa

Ilustración: J.S.B.

¿Qué hiciste, pelotudo?

Tuco escucha el grito de Joselo que ya se escapa por el lado de los surtidores. Vuelve a mirar al playero desangrándose en el suelo. Tira el celular, guarda el arma en la campera y empieza a correr. Cuando sale de la estación de servicio, tropieza. Una punzada le sube desde el tobillo. No se detiene.

Va por la calle poco iluminada. Al final de la cuadra, está el kiosko donde se juntan los domingos. Corre desparejo. Cuando llega a la esquina, cruza sin mirar. Un auto dobla. Los faros de frente lo enceguecen. Sube a la vereda. Va pegado a las rejas de las casas. De repente, la cabeza de un perro se asoma entre unos barrotes. Tuco esquiva el tarascón haciendo un zigzag.

Atraviesa la vía muerta. El tobillo entró en calor, duele menos. Decide hacer una cuadra más hasta la calle donde vive Mayra. Ella quería convencerlo de que zafara, de que no se metiera en quilombos. Vos no entendés nada, le había dicho. Nada de nada. Desde aquel día, no se volvieron a ver.

Piensa en doblar, pero cambia de idea. Es mejor seguir una más, hasta la que sale a cinco esquinas, al pool donde conoció a Joselo tomando unas birras. Pegaron onda enseguida. A la semana siguiente, el otro lo esperaba con un calibre 22 y una 9 milímetros.

Escucha sirenas. La estación de tren está un par de cuadras más allá. No le gustaría cruzarse un cana cerca de Tempo, pero sigue avanzando. Es el camino más corto. Para no llamar la atención, pasa caminando por la puerta del boliche. Ahí había conocido a Mayra. Bailaba sola arriba de un bafle. Quizás, bailaba para todos.

El tintineo de la campanilla le indica que las barreras están bajando. A media cuadra, escucha la bocina de la locomotora. Es un último esfuerzo pero, a los pocos pasos, se frena en seco. Ve una luz que reconoce de inmediato. Es azul. Es intermitente. Se cierra la campera. Esconde las manos en los bolsillos. El patrullero avanza despacio y frena justo delante de él como si supiera que está escapando. Pero no: frena para dejarlo pasar. Él agradece levantando una mano.

El guarda ya hizo sonar el silbato. El tren arranca. Tuco cruza las boleterías y corre paralelo al anteúltimo vagón. Primero alcanza un pasamanos y después apoya el pie sano en el estribo. Consigue levantar el otro justo cuando el andén se termina. Siente la puerta fría del vagón en la espalda. Le hace bien. Decide quedarse a ahí.

La noche es fresca, estrellada. El tren va hacia el oeste bordeando la base aérea de El Palomar. Recupera el aliento, saca el arma de la campera y, cuando pasa sobre el arroyo Morón, la deja caer.

Aparecen los tinglados de la fábrica abandonada. Antes de llegar a Hurlingham, entra al vagón casi vacío. El guarda bosteza. Él pasa a su lado rengueando apenas. Al fondo, hay una pareja acurrucada. Se escuchan risas contenidas como las de Mayra y él cuando volvían del centro. Hagamos nuestro jueguito, decía ella divertida. Las manos de Tuco se perdían bajo el vestido hasta la tanga siempre húmeda.

Se acomoda por el medio, del lado del pasillo. Estira las piernas. Repasa el plan. Era un laburo fácil. El sereno de la YPF a esa hora debía estar dormido, y estaba dormido. Joselo se iba a llevar el auto del dueño, mientras él se ocupaba del playero, un flaco de pelo largo al que se le aflojaron las piernas cuando le mostró el chumbo. Hasta ahí, todo bien. Le había ordenado que enfilara para el baño. Vio que tenía un teléfono en el bolsillo del mameluco. Se lo pidió. Siguieron caminando. De repente, empezó a sonar “Chica caprichosa”, de El Polaco. El celular se iluminó. Desde la pantalla, Mayra lo miraba con sus ojos claros y le sacaba la lengua. ¿Quién es? preguntó. Mi chica, dijo el flaco. Tuco se frenó. Lo dejó alejarse unos pasos y le metió un cuetazo en la espalda. Cayó un metro más adelante. La sangre se esparcía por el piso cuando escuchó a Joselo. Salieron corriendo uno para cada lado, tal como lo habían previsto, si la cosa se complicaba.

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