13 marzo, 2020

Detrás del ruido

"La infancia de William Burroughs" de Pedro Mancini

Alan Talevi por Alan Talevi En Reseña

Ilustración: Bang Ediciones

Hay veces que, cuando un director de cine decide encarar la adaptación de una obra, por afinidad temática o estética esa decisión nos resulta natural, incluso previsible. Algo así nos pasó, por ejemplo, cuando años atrás Tim Burton se abocó a versionar “Alicia en el País de las Maravillas”. La firma visual de Burton, esa especie de expresionismo gótico, circense, calzaba como guante con los personajes excéntricos de la obra de Carroll, y casi podíamos anticipar las versiones burtonescas del Sombrerero Loco o la Reina de Corazones.

Lo mismo sucede al leer “Detrás del ruido. La infancia de William Burroughs”, de Pedro Mancini. Mancini suele explorar personajes alienados, propensos a viajes mentales, con un estilo surrealista que él mismo, parafraseando a Laiseca, gusta llamar realismo delirante (pueden verse ejemplos de esto en otras obras suyas como “No soy Hordak” o “Alien triste”). Habitualmente, además, los relatos de este historietista argentino –que hace un tiempito saltó el charco y empezó a editar en Europa– tienen claras notas autobiográficas. No sorprende, entonces, que resuene con la narrativa inestable, alucinatoria y semi-biográfica de Burroughs.

 

La vida de Burroughs es fértil material narrativo; aquí Mancini indaga en la fase menos conocida de la biografía del escritor contracultural: su infancia. Criado en el seno de una familia conservadora de Missouri, iniciado de niño en los opiáceos y el uso de las armas de fuego (de las que ya adulto no se separaba ni para dormir), amigo de Ginsberg y Kerouac, puede que el episodio más conocido de su biografía sea el asesinato de su segunda esposa, Joan Vollmer, cuando, bajo los efectos del alcohol y la droga e intentando fallidamente emular la hazaña de la ballesta y la manzana de su tocayo Tell, erró al vaso que ella sostenía sobre la cabeza y le dio un balazo en la frente (se dice que ella, al apuntarle él, sonrió, cerró los ojos y dijo: “no puedo mirar, sabés que no soporto ver sangre”). David Cronemberg, en Naked Lunch, llevaría al cine la historia del asesinato y de cómo éste catalizó la escritura de la novela homónima; en la película, se confiere a la muerte de Joan un sentido sacrificial, como si fuera una especie de rito de pasaje para que Burroughs se consolide como escritor profesional. Esta interpretación coincide con la del propio Burroughs: en su célebre introducción a la edición de Queer de 1985, pondera la muerte de Joan como un motor de su escritura y describe el episodio como una experiencia de posesión. Habla de una entidad viral que se apodera de él (Ugly Spirit), entidad que podría estar ligada a su teoría ulterior del lenguaje como un virus: la Palabra es algo foráneo al hombre, y establece con lo humano una relación inicialmente simbiótica y progresivamente maligna. La narrativa de Burroughs es más un ejercicio de ensamblado experiencial que un intento compositivo, y él le asigna una función exorcizante, adecuada a su cosmovisión maniquea.

Mancini, se percibe, conoce a fondo la vida y obra del escritor norteamericano. En “Detrás del ruido”, como en cualquier ficción biográfica, se conjugan elementos bien documentados con hipótesis elaboradas por el biógrafo. A eso se suman, en este caso, recursos francamente literarios. Se ha dicho que la infancia es el tiempo en el que se forjan los mitos de toda una vida, y el guionista y dibujante encuentra en los primeros años de Burroughs las semillas de (casi) todo lo que vendrá: el aislamiento social evidenciado en el primer relato conocido del escritor (“La autobiografía de un lobo”), la malograda relación con un amigo de la preadolescencia, el primer contacto con la morfina, las armas de fuego, incluso el hobby de coleccionar esos insectos por los que sentía una fascinación fóbica y que incorporó de manera reiterada a su obra.

En la novela gráfica de Mancini, solo dos obsesiones del Burroughs adulto aparecen mitigadas o elididas: su enérgica pulsión sexual y el extrañamiento ante el lenguaje (Burroughs llegó a proponerle un origen extraterreste). Son, sin embargo, ausencias plenamente justificadas por la etapa de la vida de Burroughs en la que Mancini elige hacer foco.

En los lápices y la narrativa de Mancini, el espacio de laissez faire de la Interzona permite un pliego en el tiempo y hace posible un revelador cara a cara entre el escritor niño y su yo viejo. La Interzona es el espacio perfecto para que el historietista transite del realismo al delirio, una frontera que disfruta y que tan tan bien explota gráficamente.

 

La lectura es fluida (ayuda mucho la decisión de dividir la novela gráfica en partes más bien breves, con sentido tanto unitario como aditivo). “Detrás del ruido” confirma a Pedro Mancini como una de las figuras más interesantes de la historieta local contemporánea. Es un viaje agridulce, terrible en la confirmación de que los impulsos destructivos suelen tener, como origen, la incomprensión y la vulnerada vulnerabilidad.

Detalles de la publicación:
Editor en Argentina: Hotel de las ideas
Editor en España: Bang Ediciones
Páginas: 128.
Formato: 20 x 15 cm.
ISBN: 978-987-4164-07-0.
Primera edición: 2017.
Blanco y negro.

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