23 septiembre, 2019

Principio de incertidumbre

Alan Talevi por Alan Talevi En Narrativa

Ilustración: Anastasia Sevastyanova (Anastasis)

Conocí a Javier en un taller de teatro, hace quince años. Él tenía 18 y yo, 23. Yo acababa de romper un compromiso de casamiento. Ese año tomé muchas clases: canto, teatro, yoga. Todos los días hacía algo, supongo que para distraerme. Javier recién terminaba la secundaria, pero parecía mayor. Su padre no aprobaba que estudiara teatro porque decía que muchos hombres del ambiente eran homosexuales. En su lugar, pretendía que Javier se estableciera como profesor de golf. Javier había estado a punto de clasificarse para el circuito profesional.

Era rubio, alto, sociable. Ya a tan corta edad las mujeres lo perseguían. Cuando llegaba a un lugar, dedicaba unos minutos para saludar a cada persona. Lo mismo al despedirse. Saludaba y despedía a todos a los abrazos.

Al terminar el curso de teatro conocí a la que después sería mi esposa. Por esa época, Javier tuvo un accidente en Mar del Plata manejando hacia un torneo de golf. Aunque había salido ileso, lo tomó como una señal: colgó los palos y se mudó a Buenos Aires para convertirse en actor.

Javier, ahora, se ganaba la vida como modelo publicitario. Estaba obsesionado con formar una familia. Seguía yéndole bien con las mujeres (alardeaba de que se acostaba con más de cien al año), pero no conseguía pareja estable. Cuando tenía sexo con una mujer la invitaba a quedarse a dormir en su casa; por la mañana la sorprendía preparándole el desayuno. Decía que, más que el sexo, le gustaba pasar la noche con ellas. Tenía la tendencia a hablar muy pronto con sus “novias” sobre la posibilidad de tener hijos. Las presentaba enseguida a sus padres. Se obsesionaba con las que no le correspondían y descartaba pronto a las que le seguían la corriente. Comencé a sospechar que había algo que él no decía. Era improbable que, entre cientos de mujeres, no conociera una con la que hubiera reciprocidad.

Con los años perdió carisma. Se fue opacando, como si algo en él se estancara. Terminé de darme cuenta en la fiesta de la resurrección.

La fiesta de la resurrección fue una fiesta en honor a mi esposa. Ella había estado internada en terapia por un embarazo malogrado. Eclampsia. El mismo pico de hipertensión que mató al bebé laceró el hígado de mi mujer. Estuvo internada cuarenta y cinco días y cuando salió del hospital, organizamos la fiesta.

Javier había vuelto hace poco de un viaje por Japón. Apenas llegó empezó a contar, a viva voz, anécdotas niponas. Había estado en un shopping de juguetes sexuales: en un piso vendían bombachas usadas. Pedían cifras asombrosas por una bombacha con sus correspondientes olores. Había estado en un sauna japonés. Los hombres allí no se tapaban los genitales. Le había asombrado lo pequeños que eran. No podía dejar de mirar esos penes diminutos.

Una amiga me comentó que Javier era desagradable. Que intentaba acaparar la atención. Que sus historias no gustaban a nadie.

Por esa época, Javier compró un departamento en Buenos Aires y adoptó un gato al que llamó Schrödinger. Unos meses después, viajé a Buenos Aires para asistir a un evento de poesía, donde leería unos poemas. Invité a Javier a almorzar antes del evento: comeríamos algo e iríamos juntos a la lectura. Me levantó con su auto en Retiro. Apenas subí, pidió disculpas: tenía que hacer una llamada. Me encogí de hombros. Dijo que estaba saliendo con alguien y tenía que llamarla. Conectó el celular al estéreo. Atendió una voz de mujer con acento extraño. Javier le dijo que estaba conmigo y le avisó que estaba en altoparlante. Saludé a la mujer y le pregunté de dónde era. Croacia. ¿Cómo se llamaba? Ljubica. Javier aclaró que Ljubica significaba “violeta”. Ljubica era productora de cine. Había venido a Argentina a filmar. Le pregunté si se quedaría en el país.
—Depende de tu amigo —contestó.
Javier dijo que eso estaba por verse porque Ljubica ayer se había ido de fiesta sola.
—Dejate de joder —dije.
—¡Gracias! —dijo ella—. Habla con tu amigo, hazlo entrar en razones.
Javier le preguntó a Ljubica si podía acompañarlo al shopping más tarde a buscar un regalo.
—Mmmmm. Mejor no. La última vez que fuimos al shopping estuviste toda la tarde quejándote de que odiabas los shoppings. Prefiero no ir contigo si te pones de tan pésimo humor.
Noté que Javier se encrespaba. Arreglaron para verse esa noche.

Cuando cortó la comunicación, me contó que Ljubica tenía 42. Lo preocupaba el tema de la fertilidad; si la pareja funcionaba estarían obligados a buscar un hijo pronto.

Fuimos al barrio chino. Compramos esos cilindros de sushi envueltos en papel film que venden en las tiendas. Los fuimos comiendo mientras paseábamos. Yo tenía mucha sed. Compramos unas latas de jugos de fruta orientales. Como las latas estaban escritas en chino, no sabíamos qué estábamos comprando. Preguntamos a la chica de la tienda: uno de los jugos era de mango; el otro, de una fruta que acá no hay. No había traducción, o ella no la conocía. Pronunció, inútilmente, el nombre chino de la fruta.

Nos sentamos a beber en un banco en la calle. Javier dijo que a las bebidas les faltaba frío. Era cierto, pero tenía tanta sed que me terminé el contenido de la lata incógnita en segundos. Era bastante feo: una especie de melón con regusto a café. Javier dijo que Schrödinger no estaba bien. Un linfoma. Con solo nueve meses tenía un linfoma. El veterinario había diagnosticado que padecía una especie de SIDA felino. La enfermedad se transmitía en peleas callejeras o de madre a hijo.

Pensé que el nombre del gato había sellado su destino. Seguía teniendo sed. Dije que iba a comprar otro jugo de sabor distinto. Sugirió que fuera a otra tienda para conseguirlo frío. Compré de ananá. Cuando volví a su lado, dijo que tenía fe en que el gato se recuperaría. Si se muriese, añadió, sería un golpe duro: se había acostumbrado a que alguien lo esperara en la casa. El jugo de ananá venía con trocitos de ananá que se acumulaban en el fondo de la lata.

Preguntó si quería que camináramos hasta el lugar de las poesías. Caminamos por Libertador, pasamos cerca del Monumental. Me comentó que no había visto las películas de Ljubica porque no quería enamorarse de ella de esa manera.
—No entiendo —dije.
—¿Qué no entendés?
—Que quieras enamorarte de alguien de una manera y no de otra.

Un amigo me mandó un mensaje diciendo que iba a llegar tarde al evento. Contesté que no había problema: seguramente no empezaría puntual. Javier preguntó con quién hablaba. Dijo que era de mala educación estar pendiente del teléfono mientras conversaba con él. No le contesté. Intentó quitarme el teléfono. Le pedí, fastidiado, que se tranquilizara. Dijo que prefería irse, que lo estaba maltratando.

Ayer recibí un mensaje que decía: “Murió el mejor gato del mundo”. Lo llamé. El gato tenía líquido en los pulmones. Lo habían sacrificado. Pregunte si Ljubica estaba con él. Dijo que no, que estaba en Croacia. Volvería en unos días. Le aconsejé que pensara en adoptar otro gato. La dije que había tenido mala suerte: había gatos que vivían veinte años. Toda una vida.
—Puede ser —contestó.
Insistí. No se trataba de reemplazar a Schrödinger. Sería una relación nueva con un animal nuevo. Un vínculo distinto.

Deja un comentario