21 noviembre, 2019

Autreiyius

Alan Talevi por Alan Talevi En Narrativa

Son las 18:55 y hace exactos cincuenta minutos que Lucas y Victoria bajaron del avión en Atlanta. El otro avión, el que los llevará a Los Ángeles, despega en quince.

Cuando, tres meses atrás, él compró los pasajes con escala, Victoria preguntó si alcanzarían a hacer la conexión en apenas una hora. Lucas, con suficiencia, dijo que sí: si la compañía aérea ofrecía la conexión era porque tenían estudiado cuánto tiempo se tardaba en ir de un avión a otro. Ahora, Victoria está cruzada de brazos y los ojos de él van y vienen desde el reloj hacia la fila zigzagueante de gente en el puesto de migraciones.

Viajan con lo justo: ropa, la computadora portátil, una pequeña provisión de yerba y alfajores. Algunas cosas de valor las dejaron, en custodia, con familiares. El resto lo vendieron o regalaron.

En el primer control de seguridad, apenas bajaron del avión, les hicieron quitarse los abrigos, los cinturones y los zapatos. La oficial que los cacheó era una negra alta y gorda. Les pidió ver los pases de abordaje del vuelo a Los Ángeles. Pronunció “bording pasis, plis” con la misma manera cantada de hablar que usan las negras de las películas. Las negras de las películas, cuando hablan, mueven mucho las manos, pero la oficial del aeropuerto las tenía quietas sobre la hebilla el cinturón del uniforme. Lucas le dio los pases y ella los examinó con detenimiento, como si sospechara que fueran falsificados. En la parte blanca de sus ojos había manchas amarillas, difusas.

Después los acribilló a preguntas. Hacía la siguiente antes de que Lucas y Victoria terminaran de responder la anterior: número de vuelo en el que habían llegado, en qué vuelo se iban, desde dónde y hacia dónde, en qué lugar de Los Ángeles se hospedarían. Les hizo abrir el equipaje de mano, midió a ojo el volumen de un frasco de perfume y les requisó un champú. Parecía irritada por el inglés rudimentario de Lucas y Victoria.

Después de superar el escrutinio, él, sin darse cuenta, se alejó tan rápido del control que dejó a Victoria rezagada. Ella tuvo que gritarle que la esperara. Lucas se dio cuenta de que estaba rechinando los dientes. Pensó en la llegada a América de los antepasados de la oficial de aduana. En hombres y mujeres hacinados durante meses en la panza de un barco. Las pieles negras, un poco azules, el torso desnudo y grilletes en las manos y los pies. Arrojados a una tierra cuyo idioma no comprendían. Y ahí estaban, doscientos años después. Comprendiendo.

Ahora Lucas y Victoria están en migraciones y la fila zigzagueante no se mueve. Victoria se muerde la lengua para no decir “yo te dije”. Lucas mira el reloj cada medio minuto. Los pasajeros estadounidenses que llegaron con ellos desde Buenos Aires piden a los funcionarios que les dejen adelantarse en la fila. Algunos lo consiguen. Los argentinos que viajaron con ellos, en cambio, están extrañamente callados.

Se escucha, por el altoparlante: “Last col for pasenyers of flaigt ei-ei-faiv-tu-ziro-uan, destineiyion Los Ányeles”. Después, una larga lista de nombres pronunciados con dificultad, incluidos el de Lucas y el de Victoria. ¿No saben que el vuelo de Buenos Aires llegó con retraso? ¿Del caos de migraciones? ¡Si tanta gente llega tarde por algo debe ser! Una de dos: American Airlines carece de comunicación interna o de sentido común.

Se resigna: no van a llegar.

Cuando logran superar migraciones el vuelo AA5201 lleva media hora en el aire. La conversación en el mostrador de la compañía aérea está llena de malentendidos. En determinado momento, Lucas cree comprender que la empleada quiere que compren de nuevo los pasajes a Los Ángeles. Finalmente, consiguen que los ubiquen, sin pagar nada, en el vuelo de las 22:52, en asientos separados. El viaje va a durar algo más de cuatro horas y aterrizarán de madrugada. La peor hora, la de los vuelos más baratos, los que nadie quiere. Quisiera quejarse, pero no sabe bien cómo.

Victoria está contenta de no tener que pasar la noche en el aeropuerto y propone, para festejar, que se salgan del presupuesto y compartan un sándwich de atún y un muffin en uno de los bares. Beben, cada uno, un café grande. Después deambulan por los negocios que quedan abiertos. Se prueban perfumes caros. Victoria le muestra colores de maquillaje que, dice, no se consiguen en Argentina. A Lucas los colores de los frascos no le parecen nada extraordinario; Victoria, en cambio, ve en ellos matices sutiles. Merodean un stand de una marca de whisky en el que un hombre trajeado custodia una botella de 18 años. La botella está medio vacía y en el mostrador del stand hay vasitos de plástico, pero el hombre no les ofrece nada. Descubren que, sin dinero, los aeropuertos pueden ser bastante aburridos. A las 22:05 están en la puerta de embarque.

Suben al avión. El asiento de Victoria está en el fondo. El de Lucas, apenas pasando primera clase. Lucas le dice que la va a extrañar y ella sonríe. Él se puso ya el cinturón de seguridad y los auriculares, cuando alguien le toca el hombro: un dedo que cae insistente como el pico de un pájaro carpintero. Es un barbudo de unos treinta años, abrazado al estuche de una guitarra. Usa anteojos de carey con cristales rosados. Su ropa huele como si recién la hubieran sacado de la tienda. Detrás de él, lo escoltan una mujer que se parece a Yoko Ono y un hombre igualito al cantante de Limp Bizkit, con un pañuelo rojo en la cabeza. Yoko va vestida con ropa tajeada y un sobretodo raído, y así y todo se nota que está forrada en plata. Ella y Limp Bizkit se acomodan en sus asientos, al otro lado del pasillo.

El barbudo le muestra a Lucas dos pasajes de avión. Le indica, con énfasis, los números de asiento que figuran en los pasajes. “Fortin bi, fortin ci”. Después señala el número de asiento de Lucas: 14B. El hombre aclara, como si hiciera falta: “dis ar our sits”. Lucas mira por encima del hombro del hombre, esperando ver a un cuarto pasajero rezagado, pero no hay nadie. El hombre tiene dos pasajes, pero no hay nadie con él. Yoko y Limp Bizkit están mirando a Lucas, interesados en el desarrollo de la situación. Lucas se queda mirando la barba del hombre barbudo: ¿cómo puede una barba ser desprolija y, al mismo tiempo, generar la sensación de que está cortada con precisión milimétrica? Piensa en un arbolito de bonsai.

El hombre eleva la voz: “Camón man. Muuv”. Lucas se estira en el asiento, mira hacia atrás buscando a Victoria. No alcanza a verla. Se aferra a los apoyabrazos. No piensa bajarse. No piensa separarse de Victoria en ese país del orto.

Una azafata se acerca. El hombre de la barba explica, a toda velocidad, lo que está pasando. Habla tan rápido que Lucas no consigue seguirlo. La azafata le pide a Lucas el “bording pas”. Él no reacciona. Quiere que venga Victoria y hable con la azafata. La azafata intenta en español: ¿tarjeta de embarque? Su español es impecable. Es, se nota, de ascendencia latina. Lucas le da el pase. Ella verifica, después mira al hombre de barba, le pregunta dónde está su acompañante.

El hombre de barba hace entonces algo sorprendente. Eleva un poco el estuche de la guitarra y dice:
—Jiar. Yis mai companion.
Lucas tarda unos segundos en comprender que el hombre le compró un pasaje de avión a su instrumento y que se refiere a la guitarra como si fuera una mujer. La azafata le dice al hombre que buscará otro asiento para la guitarra. El hombre grita: “¡Nou guei!”. Él compró un pasaje para su guitarra. Eligió el asiento para ella. Nadie va a separarlos. La azafata intenta explicar que la compañía debió reubicar pasajeros de un vuelo que llegó con atraso. Yoko decide intervenir en favor de su amigo y dice, en tono alto, desde el otro lado:
—Ji has raigts. Bui nou our raigts. Iu buil not teic advantash of jis caindnes.
La azafata suspira, sonríe. Lucas se pregunta de qué amabilidad habla Yoko. La azafata explica que, al parecer, no quedan dos asientos contiguos libres. El barbudo dice:
—Dis is autreiyius.
Yoko insiste:
—Bui nou aur raigts.
Limp Bizkit mira todo con gesto inexpresivo. ¿Está drogado?

La azafata consuela al barbudo: tienen un asiento disponible en primera clase. Entonces, utilizando una sonrisa encantadora y un gesto tan amable que el hombre de barba no puede resistir, le quita la guitarra y se la lleva por el pasillo, en dirección a primera clase. Lucas repasará luego muchas veces, en su cabeza, los movimientos de la azafata, la gentileza firme con la que separó al hombre de su guitarra, el desconcierto y la resignación del barbudo. Azafata y guitarra se alejan y Yoko viene desde el otro lado de la nave y consuela al amigo acariciándole el brazo, mientras él ruega a gritos “Teic gud quear of jer” y acto seguido amenaza con demandar a la compañía si algo llegara a pasarle a “ella”.

La tensión flota en el aire. Lucas mira hacia adelante. Se pregunta por qué se llevaron la guitarra a primera y no le ofrecieron el asiento al hombre de barba. Él mismo se responde: la guitarra no toma champán. El hombre de barba y Yoko murmuran. Lucas no entiende lo que dicen, pero siente que esos dos le están arrancando la piel a murmullos. Limp Bizkit ahora duerme con la boca abierta. Ronca. Cada tanto el barbudo clava la vista en Lucas, pero Lucas sigue mirando hacia adelante. Tiene ganas de hacer pis. No se anima a mirar al hombre ni siquiera para pedirle que lo deje pasar para ir al baño. El café que se tomó era demasiado grande. El café en grandes dosis tiene efectos diuréticos. Aguanta tanto como puede. Pasa media, una hora, cuando no puede más se escucha a sí mismo diciendo, sin mirar al hombre, en el inglés más cuadrado que alguien podría imaginar:
—Exquius mi, ¡plis!
El hombre de barba no se mueve. Le clava la mirada. Lucas insiste:
—Exquius mi, ¡plis!
El hombre se levanta a desgano, como si su cuerpo pesara una tonelada. Bufa. Se cruza de brazos al lado de la fila de asientos. Yoko, desde el otro lado, dice algo relacionado con la guitarra. ¿Le está sugiriendo que vaya a buscarla? ¿Quiere aprovechar la incursión de Lucas al baño para tomarle el asiento? Lucas camina hacia los baños que quedan justo antes de primera clase. Entra, hace pis. Al activar la descarga se pregunta si los aviones tendrán un baño químico o si despedirán la orina en el medio de las nubes, si la orina se congelará por las bajas temperaturas y quedarán cristales amarillos flotando al viento, si el pis caerá a la tierra disuelto en la lluvia. Sale al pasillo y mira hacia su asiento. El barbudo está ahí, el asiento sigue libre. Siente curiosidad: corre la cortinita que separa a la clase económica de primera. En los aviones, a las clases las separan, nada más, una cortina (a veces), unos pocos pasos. Algunas filas más adelante, entrevé, sobresaliendo por encima del asiento, el estuche de la guitarra.

Se mete a primera. Ahí el espacio es abundante, se puede respirar. La mayoría de los pasajeros duermen, algunos se pusieron antifaces. Más adelante, dos azafatas toman un café en una especie de vestíbulo cerca de la cabina. Tratando de no despertar a nadie, camina hacia al asiento de la guitarra. Ahí está ella, lo más campante, distendida en el asiento, calentita, dentro de su estuche. Es un estuche rígido, tapizado en cuero fino, con trabas de metal. Alguien le puso el cinturón de seguridad alrededor. Siente curiosidad por el color de la guitarra. ¿Con qué materiales estará fabricada? ¿Madera? ¿O algo más moderno, como fibra de carbono?

Mira hacia ambos lados. Nadie va ni viene; la cortinita está quieta. Estira la mano y quita el cinturón de seguridad. Después la desliza hacia la primera traba de metal y escucha el “click” de esta al abrirse. Luego, el click de la segunda. Corre la tapa. La guitarra es de madera muy clara, casi blanca, reluciente; el golpeador es negro. No sabe dónde buscar la marca. Escucha que la guitarra le dice:
—Acariciame.
La voz parece salir de los micrófonos, justo antes del puente. Se pregunta dónde aprendió la guitarra español. Después ella le sonríe (Lucas no entiende cómo, pero sabe que ella está sonriendo), y vuelve a decir:
—Acariciame las cuerdas.
Pero Lucas no tiene ganas de acariciar las cuerdas. Preferiría tener un buen alicate. Cortarlas.

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