Ana Guillot – Solidaridad hémbrica

“Mala noche y parir hembra” dijo alguna vez el general Francisco Javier Castaños, vencedor en la batalla de Bailén, cuando su reina, en lugar de garantizarle un heredero a la corona, tuvo la pésima idea de dar a luz a una princesa. Así lo cuenta Angélica Gorodischer en su libro de título homónimo, y abre un canal por donde drenan y avanzan, pujan y reclaman todas las mujeres que, anónimas o no, han presentado cuerpo y batalla al status quo.  La cita desborda de elocuencia. Noche y tempestad y una damisela en lugar del heredero (príncipe y/o conquistador). Nada podría ser peor para un patriarcado que, desde siempre, ha establecido un vínculo de superioridad ante lo femenino.

El pater familiae, el macho alfa, el dador y supervisor de las tablas de la ley. Desde diferentes ángulos la hembra será la procreadora, circunscripta al ámbito doméstico, para parir nuevas subordinadas y nuevos regentes. Es difícil modificar el paradigma.

Desde la periferia, la mujer observa cómo es nombrada por el hombre. Sobran los ejemplos en el campo literario. Presentes en el imaginario masculino fuimos intensos personajes desde la tragedia griega (y antes aún) hasta la actualidad, pero… ¿qué ocurría mientras tanto con la mujer de carne y hueso? Y, más aún, ¿qué ocurrió con aquellas que osaron transgredir el mandato? Desde sor Juana (convento propio) hasta Virginia Woolf (cuarto ídem), el ancho mar de los sargazos1 se deglutió sus inquietudes, deseos y hasta su espacio público. Las brujas de la inquisición crujen aún en el caldero. Hildegarda de Bingen, Margarita Porete y tantas otras trovadoras de Dios fueron requeridas por las autoridades eclesiásticas (hasta por su dotes oraculares), aunque después las tildaran de hechiceras y las hicieran callar. Salvo raras excepciones siempre encarnaron la otredad: la loca en el desván, la de las cumbres borrascosas, la que debe ser traducida por el hombre. La hermana de Shakespeare2 anda aún por ahí, buscando respuestas.

Fue difícil apropiarnos de nosotras mismas (cuerpos, pulsiones, deseos, ideas, sentimientos y decisiones). Y ya no configuramos estereotipos, sino que elegimos construir la propia identidad con una nueva semántica (nombrar desde la hembra y no desde su traductor) y una nueva sintaxis que incorpora y respira la cíclica manera de metabolizar los procesos y la intuición (que no descree de la razón). “Atravesar el techo de cristal” fue la consigna. Superar el “ser para otro”, como señaló Simone de Beauvoir en El segundo sexo. La declaración de Seneca Falls (1848) denuncia restricciones e inaugura la idea de género (aclarando que, para la mayoría de quienes bregaron por estos cambios, la sexualidad es considerada multicausal).

Sin embargo y a pesar de la aparente evolución, las brujas en el caldero continúan licuándose en un caldito enjoyado; porque, aún cuando se las distinga, y sobre todo cuando se las distingue (como la “otredad”), subyace una actitud de prevalencia. Si la relación hombre-mujer fuera equitativa, equivalente y simétrica no sería necesario alardear de aquellas concesiones que se nos “otorgan”.

Es cultural, diremos. Y va a llevar muchos años más disolver ese modelo y evitar la herida al atravesar el techo de cristal. Si hasta los arquetipos lo desmienten: en los cuentos maravillosos, ante el final feliz, siempre es el príncipe quien se lleva a la princesa a vivir a su castillo. Parece una nimiedad, pero no lo es. Claramente ese material maravilloso (sic) dice mucho más y alumbra el viaje de los héroes tanto como lo hace la mitología cuando lo analizamos desde un punto de vista simbólico/sagrado o hermenéutico. Pero ese dominio domiciliario no deja de ser, al menos en su capa exterior, un rasgo curioso y, a la vez, muestra cabal de la dependencia (aún) existente.

De ahí a la violencia de género hay un paso: violencia no sólo física, sino económica y psicológica. Juegos de poder y subordinación. Ni una menos, debemos repetir. Y de eso no hay duda alguna.

Sin embargo, y aún a mi pesar, a veces es inquietante observar de qué manera somos las mismas mujeres quienes alimentamos la construcción del patriarcado al no ejercitar con plenitud de conciencia una red solidaria entre nosotras. Alimentadas por el “ojo del patrón” nos boicoteamos y nos acomodamos en ese colchón que parece mullido pero que conlleva una trampa.

El cuento “Felicidad clandestina”, de Clarice Lispector, podría ser un buen ejemplo de estas intermitencias; una especie de vuelta a la tensión entre hijas y madrastras y/o hermanastras. Caperucita deglutida no por el lobo sino por una par.  En él Lispector nos presenta a una niña que posee (retiene, esconde, ofrece pero no concede) el objeto de deseo de la protagonista: un libro (Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato). Y que, lejos de establecer una fraternidad genérica (o solidaridad hémbrica), la hace volver una y otra y otra vez sólo para reforzar ese deseo y gozar, por consiguiente, con la inmediata sensación de merma y/o falta de la misma. El libro no está, o lo tiene otra o acaba de entregarlo. Será necesario que, después de innumerables idas y vueltas, la madre de la angurrienta descubra la situación para que la protagonista reciba, por fin, el objeto deseado. Es decir que, como arquetipo, el aspecto materno/nutricio prevalecerá y, uterinamente, será entonces ella quien, en una actitud superadora de la antinomia, entregue el “objeto mágico” (alternativamente hada madrina, ángel o dador de dicho objeto según las funciones de Vladimir Propp3).

Resulta inevitable que la cultura patriarcal se fortalezca con estas actitudes que, lejos de combatirla, la abonan. Posiblemente esto también ocurra entre los hombres, pero eso es ya otro cuento. Hoy el ojo se ha detenido en esta triangulación en donde las oponentes pertenecen al mismo género. Habla Clarice de sadismo, de serena ferocidad, de un plan diabólico “…hasta que, madre buena, entendió al fin”. Violencia, entonces, de la mujer sobre la mujer. O deslealtad, o despecho o, sencillamente, descuido, mirar hacia otro lado.

Ni una menos, sin hombres necios4 que acusen pero tampoco mujeres que respalden. El río no calla su autodeterminación cuando todas lo integramos y redefinimos “degustando un licor nunca destilado, […] borrachas de aire, corruptas de rocío”5. Soltar la inundación y atravesar el espejo para que Caterpillar nos diga que somos “…más Alicias que nunca”6.

  1. Rhys, Jean, Ancho mar de los sargazos.
  2. La fantasía histórica que propone V. Woolf en Un cuarto propio.
  3. Propp, Vladimir, Morfología del cuento infantil
  4. Sor Juana Inés de la Cruz
  5. Dickinson, Emily (“I taste a liquor never brewed…”)
  6. Alicia en el país de las maravillas, de Tim Burton (película)