Entrevista a Selva Almada

Selva Almada

2/10/2015, Flores

Por Agustina Bazterrica


 

En Chicas Muertas, su primer narración de no ficción, Selva Almada relata tres femicidios en el interior argentino de los 1980. El asesinato de Andrea Danne en Entre Ríos, provincia nativa de Almada, pasó cuando la autora tenía 13 años, pero quedó en su memoria hasta impulsar su investigación del caso, hilvanado con uno en Chaco y otra en Córdoba.

El 9 de junio de 2014 la senadora nacional chaqueña María Inés Pilatti Vergara (FPV) presentó en la Cámara Alta un proyecto de declaración en repudio por Chicas Muertas. La legisladora entendió que la crónica plantea una “denegatoria” de la búsqueda de justicia por el femicidio de María Luisa Quevedo, ocurrido en Presidencia Roque Sáenz, Chaco, el 8 de diciembre de 1983. 

En esta entrevista se indagará sobre las paradojas que se producen cuando chocan de manera inesperada la realidad, la literatura y la política. La literatura y el arte generan una propuesta reflexiva y sortean con éxito los encontronazos con el realismo arbitrario de la política. 

 

Querría comenzar reflexionando sobre la libertad de expresión y la mordaza que se pretende ejercer hacia la creación en sus distintos lenguajes. El arte siempre ha sufrido de intolerancia y amenaza. Algunas censuras hablan de plagio. Otras, simplemente, se ejercen por estar en contra de contenidos ideológicos o políticos de determinadas obras. En Chicas Muertas vos rescatás del olvido tres femicidios que siguen impunes. Es como mínimo insólito que se te acuse de denegar justicia para con las víctimas, pero ¿qué opinión te mereció el pedido de repudio hacia tu obra en estos términos?

        Me parece un despropósito. Yo creo que la senadora no leyó el libro, si lo hubiese leído se daría cuenta de que es absurdo proponer el repudio a un libro que no sólo rescata la memoria de estas chicas que fueron asesinadas y cuyos crímenes nunca se resolvieron sino que, además, trata de un tema que está muy presente, no sólo en la agenda del Estado y del periodismo sino de la gente, de los ciudadanos. Después del #NiUnaMenos repudiar un libro que habla sobre femicidio me parece muy descabellado. 

 

En Chicas Muertas incursionaste en una experiencia nueva, una literatura de investigación, ¿por qué decidiste no ficcionalizar los casos?

        A mí no me gusta la ficción que quiere decir cosas o pretender hablar de tal o cual tema. Para mí la ficción va por otro camino. Eso no quita que después uno como lector encuentre cosas en los libros. Creo que todos alguna vez leímos algún libro que sentimos que nos salvó la vida o que nos dejó una enseñanza. Pero creo que eso es ajeno al autor, o debería ser ajeno al autor.

En este caso yo sí quería hablar de un tema. Entonces, desde el momento en el que yo quería hablar de femicidio y quería hablar de estos tres casos y quería hablar de lo que pienso acerca de la violencia contra la mujer ya inmediatamente a mí me corrió de la posibilidad de la ficción. Además a mí me gusta mucho el género crónica. Venía leyendo muy buenos cronistas como María Moreno, Cristian Alarcón, Josefina Licitra. También vi en ese género algo que me resultaba atractivo como lectora, que me resultaba atractivo ir ahí como escritora y ver qué sucedía. Por otro lado estaba uno de estos casos que fue el disparador del libro. Era el género que me permitía pararme en un lugar para hablar sobre algo con un trabajo de campo, con entrevistas, con un montón de cosas que yo no había hecho para otros libros.

¿Por qué voy a escribir una ficción de esto, si no quiero escribir una ficción? Quiero manejarme con datos, nombres y lugares reales y además dejar asentada mi postura frente a un tema que a mí me preocupa.

 

La tarotista a la que apodaste “La señora”, personaje de la vida real, ¿qué función cumplió en tu relato? porque es un personaje singular.

        Sí, es poco ortodoxo para lo que es una investigación periodística. No es que se me ocurrió a mí sino que lo leí de un cronista chileno, Francisco Mouat, que tiene un libro que me encanta que se llama El empampado Riquelme y cuando vi que él hacía esta operación, que dentro de la gente que investigaba para descular un caso real también consultaba una vidente, me admiró muchísimo.

Gran parte de la investigación la hice con una beca que me dieron en el Fondo de las Artes, en un momento se me había terminado la plata y no tenía medios como para seguir la investigación por mi propia cuenta y ahí leí el libro de Mouat y tenía un amigo que sabía que consultaba una tarotista, que era una mujer seria, y se me ocurrió ir a consultarla mientras podía seguir con la investigación más ortodoxa. En ese momento no pensaba incluirla en el libro. Me sirvió para encontrar relaciones entre los casos que yo no había visto[,]  que a mí me servían para estructurar el libro.

En el contexto del libro, lo veo como un personaje poético más que como una fuente científica; pero también es verdad que en dos de los casos los familiares habían consultado videntes, tarotistas que los ayudaran a descubrir que había pasado.  

 

La Señora habla, según lo que interpreté, de no alimentar una memoria vengativa, detalle que no descifraron los asesores de la senadora y por el cual presentaron el proyecto. ¿Te parece posible esto y te parece necesario perdonar?

        No. Creo que no pasa por una cuestión de perdonar. Me parece que estos crímenes merecen justicia y merecen un castigo a los responsables. Hay que resolverlos: nadie pagó por esos crímenes.

 

La violencia de género, como una de las consecuencias de la sociedad patriarcal, es un tema recurrente en tu obra. Lo encontramos en uno de los sermones del Reverendo Pearson, en El viento que arrasa; aparece en Ladrilleros, en esas mujeres fuertes pero machistas[,] y en Chicas Muertas. ¿Pensás que contamos con recursos para desmantelar esa estructura misógina?

        Yo creo que sí, y creo que esos mecanismos están cada vez más a la vista. El tema es qué hacemos con eso. Hoy están más a la vista y menos naturalizados que hace unos años.  Me parece que eso es real, digo, más allá de que siga habiendo una mujer asesinada cada treinta horas hoy es más visible. Hoy no se habla de crímenes pasionales sino que se lo llama por su nombre que es femicidio. Eso que antes estaba oculto o que se circunscribía a la paredes de la casa donde sucedía hoy ya salió a la calle. La marcha de #NiUnaMenos puso en evidencia eso, que a la gente común le empieza a interesar el tema.

 

¿Cuáles pensás que fueron las repercusiones de #NiUnaMenos?

        Creo que excedió las expectativas de todos y de todas. Sé que inmediatamente, porque lo leí en los diarios, crecieron exponencialmente las denuncias. A tres o cuatro meses de eso, no sé hasta dónde llegó. Sé que las chicas se siguen reuniendo y que están planeando otro tipo de actividades para seguir manteniendo vivo el tema. Ahora, la gente es muy rara. Va a las manifestaciones y después vuelve a sus casas y se queda tranquila. Pero bueno, yo confío en que algo habrá quedado.

 

Otro tema que atraviesa tu obra es el de las familias disfuncionales: ¿cuál es tu interés?, ¿la disfuncionalidad llevada al extremo termina en crimen?

        No sé si mi tema es la familia disfuncional, sino que mi tema o mi crítica es a la familia tradicional, más convencional. Me parece que es en la familia donde uno se enfrenta por primera vez a los abusos de poder. Es decir, todas esas cosas que después no funcionan como sociedad la conocemos en la propia familia. Y creo que la violencia de género y los femicidios vienen a reforzar esta idea. Entonces, me parece que eso, claramente, echa por tierra esta idea de que la familia es protección y la familia es amor. Digo, sí, pero también es toda la otra oscuridad.

Me había criado escuchando que tenía que tener miedo de los extraños, que el peligro estaba afuera[,] y el asesinato de Andrea me venía a decir que el peligro también podía estar adentro y que podía ser el peor y el más espantoso que podías imaginarte.