Entrevista a María Rosa Lojo

María Rosa Lojo

Violencia de género, cautiverio, prostitución

Por Dra. Marcela G. Crespo (CONICET- Universidad de Buenos Aires – Universidad del Salvador)


 

Usted ha ficcionalizado, como escritora, y reflexionado, como investigadora literaria, sobre  problemáticas de género y situaciones de cautiverio en su extensa obra. ¿Cree que puede decirse que estas cuestiones están inscritas desde sus orígenes en la Historia y en la Literatura argentinas?

        Seguro, y desde tiempos arcaicos, aunque no necesariamente los relatos históricos (o con pretensiones de tales) y los literarios, coinciden en lo que cuentan. Hay una forma muy específica de violencia ejercida contra las mujeres, que no es solo la violación (obviamente, los varones pueden ser violados por otros hombres, y lo son, en las guerras y en las cárceles, por motivos que tienen ver con el deseo de “quebrar” al otro, con la humillación y el poder). Pero en el caso de las mujeres, existe además lo que podemos llamar “violación reproductiva. Botín de todas las batallas, son tomadas prisioneras para satisfacer deseos eróticos y para convertirlas en madres de hijos que pertenecerán a la comunidad de los captores y la acrecentarán.

Esta cuestión aparece ya en la primera crónica rioplatense, conocida como La Argentina manuscrita (1612), que se publicó recién en el siglo XIX, aunque circuló hasta entonces en manuscritos copiados. Su autor, Ruy Díaz de Guzmán (c. 1558-1629), militar y funcionario de la Corona española, había nacido en la actual ciudad de Asunción y era él mismo un fruto de esa violencia específica. De linaje mestizo, descendiente de hidalgos, pero también de una de las concubinas guaraníes de su abuelo Domingo de Irala. Su imaginación literaria, entretejiendo la memoria y la leyenda, forjó un episodio destinado a sobrevivirlo: el de la española Lucía Miranda, la supuesta primera cautiva.

Los hechos habrían sucedido entre 1527 y 1529, en el Fuerte Sancti Spiritu, primer asentamiento español en tierras rioplatenses, fundado por el marino veneciano y piloto del rey Sebastián Caboto. Aunque, fuera de Caboto, ninguno de los nombres de sus protagonistas figura en los documentos oficiales de la expedición, el relato se impuso con la fuerza de los mitos de origen. Presuntamente, todo habría ido muy bien entre los españoles y la población nativa, hasta que el cacique Mangoré, prendado de Lucía, ingresa en el Fuerte con un subterfugio, para luego abrirles las puertas a sus hombres, exterminar a los españoles y quedarse con la dama, que está casada con otro español: Sebastián Hurtado. Mangoré muere en la batalla, pero su hermano Siripo hereda, tanto el cacicazgo, como su pasión. A cambio de perdonar la vida de Sebastián, Siripo, que ya ha tomado por esposa a Lucía, les exige que no vuelvan a verse y le da a Hurtado otra mujer dentro de la comunidad indígena. El incumplimiento del pacto por parte de los antiguos cónyuges (que realmente se aman) motiva la condena de ambos a muerte.

Este episodio se siguió reelaborando durante siglos (hasta mediados del XX), en las más diversas formas cronísticas, poéticas, ficcionales. Realmente cala hondo en el imaginario rioplatense, y cada versión responde tanto a los intereses del autor/a como a los socioeconómicos y políticos de la época.

Al margen de que hubo realmente muchas cautivas blancas en los siglos que duró la guerra de fronteras en las pampas, en este episodio fundacional, que pretende explicar o justificar los comienzos de la guerra entre cristianos y pueblos originarios, la crónica (y la Historia, en general) elude hablar de otras cautiverios que ocurrieron en primer lugar, y que también seguirían ocurriendo hasta fines del siglo XX: los de las mujeres aborígenes tomadas a la fuerza por los conquistadores, y luego por los criollos.

 

En una de sus novelas, Finisterre, que transcurre en el siglo XIX, reelabora de una manera poco habitual la cuestión del cautiverio, por fuera de los estereotipos más comunes. ¿Podríamos pensarla como una propuesta que, insertándose en una tradición, se permite mostrar una realidad facetada, en la que otra alternativa – tal vez opuesta a la mirada hegemónica masculina (aunque en algunos casos provenga también de mujeres) que ha creado dichos estereotipos – es posible?

        Sí, hay algunos estereotipos bastante marcados. Está el dominante en el siglo XIX, que presentaba la vida de la cautiva (siempre la cautiva blanca) como un infierno, en manos de feroces captores, capaces de cualquier extremo de crueldad (la cautiva de Martín Fierro es tal vez el ejemplo más conocido). Y también arrancan en el siglo XIX (pienso en la novela Lucía Miranda, de Rosa Guerra) configuraciones que volvieron a florecer en la novela histórico-sentimental contemporánea, donde se exalta la pasión frenética entre la cautiva y el indio, generalmente un cacique o alguien de familia de jefes, de gran gallardía física (todo un macho Alfa) y capaz de poderosas seducciones eróticas, expresadas de manera muy explícita.

En la realidad histórica las cosas debieron de ser bastante matizadas. Como lo retrató muy bien Lucio V. Mansilla, no había diferencias tan notorias entre la vida de los indios y la de los gauchos. Todos vivían bastante pobremente (Mansilla se inclina a favor de los indios en cuanto al menaje doméstico), y las mujeres estaban expuestas a malos tratos de uno u otro lado de frontera, según quien le tocara en suerte. Entre los extremos del sufrimiento y el posible placer, seguramente habría una ancha franja que se acomodaba al medio y se terminaba trasculturando, sobre todo a través de los hijos, nacidos de la violencia, pero que les otorgaban un lugar en la sociedad.

Finisterre, que es una novela muy literaria, con mucho trabajo antropológico, se sale de estos carriles para ubicarse en otra posición que no pasa por la sexualidad. Aquí lo que aporta el cautiverio, dentro de su inevitable desgracia, es una experiencia de conocimiento, el chamánico. La heroína lo aprende al lado de un machi que no tiene interés erótico en ella porque, como solía pasar con los antiguos hechiceros varones en las culturas del tronco mapuche, es homosexual; el oficio mismo de chamán, por lo general, estaba en manos femeninas.

Además, en la misma novela se recuerdan episodios tremendos de violencia: una masacre perpetrada contra una comunidad de ranqueles desarmados, y el asesinato en masa de mujeres acusadas de brujas, luego de la muerte del cacique Painé. Este tipo de violencia específica (como se plantea en la misma novela) tuvo sus paralelos en la cultura occidental (donde la ejecución y quema de supuestas brujas fue muy común), aunque con la diferencia de que entre los mapuche-ranqueles las mujeres ejercían un poder curativo y sacerdotal oficial y legitimado, como machis, aunque también podían terminar siendo acusadas de brujas. En Occidente, la figura de la religiosa no tiene poderes sacerdotales (hasta hoy, salvo en iglesias cristianas reformadas, o en el judaísmo no ortodoxo) y está subordinada a una jerarquía masculina.

 

En la literatura de estas últimas décadas, aunque ya con antecedentes en nuestra literatura,  han ido apareciendo varias novelas que incluyen, protagonistas o no, a prostitutas, generalmente enfatizando su situación desfavorable. ¿Entiende que se las puede considerar como cautivas, víctimas también de la violencia de género?

        Creo que una gran parte de ellas han sido y son, en efecto, cautivas explotadas, y así las vio también parte de la literatura argentina. Tanto los escritores confesionales (Manuel Gálvez) como los socialistas (Castelnuovo, Stanchina) enfatizan sobre todo su condición de víctimas y consideran necesario erradicar el comercio sexual.

Resulta llamativo que en la obra de Borges, donde son escasas las mujeres, dos de ellas ejerzan la prostitución, en los cuentos “La intrusa” y “Emma Zunz”. Sus caracteres y sus motivos no pueden ser más opuestos. En el primero, Juliana, una joven iletrada y sumisa, ha sido siempre tratada como un objeto. Comprada y vendida en burdeles, termina en manos de los hermanos Nilsen, que la asesinan cuando su apego por ella comienza a deteriorar su relación mutua, tanto más valorada. Otro es el caso de Emma Zunz, que se vale deliberadamente de su cuerpo (el único instrumento que posee) para vengar la muerte de su padre. Pero cuando logra completar su coartada, no solo mata a Loewenthal en el nombre del padre, sino para “castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra.”

Leopoldo Marechal en su Adán Buenosayres (1948) incluye la prostitución como parte del paisaje urbano de los años ’20 y las excursiones “higiénicas” de la juventud masculina. Pero la imagen de la prostituta adquiere dimensiones simbólicas extraordinarias en Megafón o la Guerra, su última novela. Lucía Febrero, la Novia Olvidada, está presa en la última espiral del Caracol de Venus, burdel regenteado por Diógenes Tifoneades, y la gran misión –a la vez mística y terrena— del héroe es acudir a su rescate.

Aunque algún autor imagina prostitutas dueñas de sí, que se manejan con autonomía (Frontera Sur, 1994, de Horacio Vázquez Rial), la prostitución, como esclavitud sexual concreta de mujeres secuestradas aparece con renovada fuerza en novelas actuales, sobre todo en dos que se ocupan de la mafia de la Zwi Migdal y las redes policiales cómplices. La Polaca. Inmigración, rufianes, y esclavas a comienzos del siglo XX (2003), de Myrtha Schalom, es la biografía novelesca de una de sus víctimas, Raquel Liberman, cuyo testimonio permitió el procesamiento de cien proxenetas. El Infierno prometido. Una prostituta de la Zwi Migdal (2006), de Elsa Drucaroff, crea un personaje literario – Dina – atrapado por la misma mafia.

El largo juicio por el caso de Marita Verón (sobre el que se escribió una excelente investigación periodística: La red, de Sibila Camps), puso en el centro de la escena la prostitución en toda su violencia, que sigue siendo un gran tema para la ficción, en versiones muy recientes, como Beya, le viste la cara a Dios, de Gabriela Cabezón Cámara.