Jennifer Clement: El alma en español – por Aline Davidoff

 

Jennifer Clement


 

Conocí a Jennifer Clement en un pasado remoto que roza la zona mítica de la primera juventud y de la infancia.

No fuimos amigas en ese primer tiempo sobre todo porque yo era, y sigo siendo por eso de las leyes físicas del tiempo, tres años mayor que ella. Eso sucedió  en la escuela. Una escuela a la que yo acudí por poco más de un año, el último de mi escolaridad preparatoria, antes de despegar al mundo. Aún así,  con un pie en el estribo y una montaña de exámenes por pasar, la recuerdo en el patio y en la entrada de la casa estilo victoriano en el barrio de San Ángel en la Ciudad de México, donde se alojaba, en ese entonces, la escuela.

Una niña rubia, alta, pecosa y pensativa, con rasgos muy bien definidos y resueltos a cumplir con algo que le era mandado del interior.

Imagino que en ese entonces, la adolescente, porque definitivamente ya no era niña y seguro fumaba cigarros y miraba desafiante a todo aquél que la veía, estaba leyendo a Emily Brontë a fondo y empezando la lenta construcción de su casa en las letras inglesas mientras se alimentaba con el México de los años 70 que ella misma describe tan bien en sus ensayos y novelas: cielos de un azul deslumbrante, mujeres con cabello hasta los tobillos, volcanes nítidos y nevados, gente bizca en las misceláneas y en los mostradores de las farmacias cuya doble mirada lo podía precipitar  a uno inmediatamente en el cuestionamiento y la duda.

Coincidimos varias veces en otros mundos en años subsecuentes con la vaguedad de quien se reconoce en un lugar público, sin saber detalles,  entre otros muchos rostros eventualmente reconocibles. Ya para entonces intercambiamos palabras, supimos un poco más la una de la otra porque en una ciudad de decenas de millones de habitantes seguíamos coincidiendo. Era casi una necedad.

Un día, ya en el siglo XXI, en una pequeña librería de libros en inglés, encontré el libro con la portada negra de La viuda Basquiat, con sus letras blancas  grafiteadas o ralladas sobre un pizarrón y me lo llevé y lo leí de una sentada.

Pasó casi otra década entera antes de que me volviera a encontrar a Clement, pero ésta vez ya sabía quién era porque los libros, aparte de ser lo que son, funcionan como un poderoso receptáculo de la esencia de su autor. No siempre el autor que anda en el mundo es ameno y tratable pero, por fortuna, algunas veces sí lo es.

Hasta aquí la historia personal.

 

Jennifer Clement ha escrito 5 novelas y 4 libros de poesía, ensayos y artículos para publicaciones prestigiosas. Escribe en inglés con su alma forjada en español. Esto tiene implicaciones y consecuencias parecidas a las que se pueden ver, por ejemplo, en los escritores de la India que escriben en el idioma de la colonia habiéndose nutrido de sabores y realidades muy distintas a las del mundo anglo-sajón. En ese trasladar un mundo a una lengua que le es ajena, o en ese aproximar infinitamente una lengua a una realidad, se genera una precisión sensible que pone en relieve aspectos que se invisibilizan de otro modo. Se recuperan olores, texturas, significados derivados de la apreciación perceptiva que, en su lengua original, podrían  permanecer ocultos. Toda gran traducción es una obra de arte y lo que hace Clement con México, ese traslado al inglés, es algo que nos permite a todos – hispano y anglo parlantes – , entender de otro modo.  Supongo que lo otro es la clave. Esto, hablando sólo de sus libros mexicanos: Una historia verdadera basada en las  mentiras, El veneno que fascina, y Ladydi.  

 Clement pone la mirada y el oído en la gente que sufre las peores condiciones. Las mujeres, las sirvientas, los llamados ‘sub-alternos’ por la crítica post-colonialista. Ella se pone en ese lugar y con una escucha compasiva escribe a sus personajes desde adentro. La gente que encontramos en sus libros es gente llena de calidez, de humor, de gusto por la vida a pesar de estar inmersos una y otra vez en la tragedia.  Aquí, no hay efectismo ni retratos pintorescos vistos desde la supremacía del inglés. Esto es México, cuando la historia sucede en México, y son los Estados Unidos profundos cuando la historia sucede en los Estados Unidos. Es México visto y acariciado amorosamente desde un inglés que toca la realidad al mismo nivel, un inglés que no se sube ni trepa ni se esconde de lo que, inevitablemente, le duele. Un inglés indefenso. Un fenómeno peculiar, me parece.

En La viuda Basquiat, uno de sus libros americanos, Clement sigue a la amiga y musa de Jean Michel Basquiat y se pone, esta vez en realidad, porque el libro es una memoria de su vida en los años 80 en Nueva York, a su lado, cómplice juguetona y querida. La aventura, para Clement, en este libro en blanco y negro lleno de melodías cortas que se repiten como un saxofón en la oscuridad apenas tocado por la luz de luna, se centra en la camaradería profunda por sobre el dolor y la añoranza. Es un canto frente a la crudeza de los tiempos que se inauguran, a la crudeza de un mundo despiadado en el corazón del capitalismo salvaje donde, de todas formas, la camaradería, el amor y el arte hacen su lucha y, en vista de los resultados obtenidos tanto por Basquiat como por Clement, vencen.

En lo que llamo sus novelas mexicanas las heroínas son víctimas reales de algún tipo u otro de explotación. Digo víctimas reales porque no son personajes que actúan como víctimas sino al contrario. Son seres que viven su vida con entusiasmo a pesar de la precariedad de su situación.

Aún en El veneno que fascina, la protagonista, una joven de clase acomodada en la ciudad de México, es víctima de la ignorancia en la que ha vivido desde pequeña por decisión de su padre, entorno a su propia estructura familiar.  La ignorancia impuesta es, sin duda, una forma de abuso. La subalternidad no se centra sólo en la cuestión de clase sino también en el género.

Ladydi está centrada en las mujeres que viven en la pobreza de un pueblo del Estado de Guerrero donde ya no hay hombres, todos se han ido a trabajar a los Estados Unidos. Ellas viven allí bajo el acoso de los narcotraficantes que se llevan impunemente a las que más les gustan, como si las mujeres fueran una mercancía que se puede robar, algo que vale menos que la gasolina que gastan sus enormes autos para llegar a la sierra dónde están estos pueblos y los campos de amapola. De nuevo aquí, Clement, con una voz delicada y sorprendente, entra en la vida de estas mujeres, traicionadas por sus hombres y atacadas por extraños. En medio de la violencia y el despojo, las mujeres viven, sueñan y deciden sus vidas en la medida en la que el mundo salvaje de la ley y la verdad y la mentira les permite,  siempre con un tenaz amor a la vida.

Clement escribe historias de mujeres y aunque ellas sean sus personajes centrales hay otro personaje siempre presente que es el más importante: el lenguaje y a través de él, la literatura. Esto es quizá lo más fundamental de sus libros. Clement hace honor a su gran linaje literario y esto, para el lector, sea o no consciente de ello, es un deleite. La literatura crea empatía. Lleva al lector al mundo interno de otros, hechos del mismo material, carne, hueso, añoranza deseo y muerte pero trasladándolos al misterioso reino de los sonidos y los signos evocadores, trasladándolos a la escritura.

Jennifer Clement creció en una familia de valores rigurosos en dónde se creía en los derechos civiles. Su padre participó activamente en ese movimiento antes de vivir en México. Ella aprendió, desde muy chica, a ver la desigualdad provocada por  raza, clase y género y el dolor que esta produce.  Hoy, después de veinte años de ser miembro activo de PEN, es la primera mujer presidente de PEN Internacional en los casi cien años de su existencia.

 

Quizá este pequeño esbozo ayude a entender su militancia en las filas de la libertad de expresión y la promoción de la literatura.