¿De qué hablamos cuando hablamos de microficción?

Por Raúl Brasca


A esta altura parece ya rutinario e improductivo, cuando hablamos de microficción, insistir en aquello de no sobrepasar la página, de procurar que estén presentes los elementos determinantes de la narración, de que se cuente explícitamente una historia. Todo ello es más o menos verdad si no se toman en cuenta las excepciones, que son muchas y suelen incluir ejemplos insoslayables. Lo cierto es que, más allá de la normativa, los autores y los lectores sabemos cuando una brevedad es una microficción, y lo sabemos porque somos los autores los que escribimos las “excepciones” y las incluimos en nuestros libros sin siquiera pensar en ello, y son los lectores quienes las leen en el conjunto sin experimentar el menor sobresalto. Probablemente sea aplicable a la microficción lo que Cabrera Infante dijo de la literatura en general: “literatura es todo lo que se lea como tal” lo que, para mí, está lejos de la tautología. Es que, más preciso o más vago, más racionalizado o más intuitivo, siempre tenemos un criterio para elegir nuestras lecturas “literarias”. Lo mismo sucede con la microficción.
¿Qué rasgos espera de una microficción un lector entrenado? Me atrevería a hacer una enumeración decreciente en importancia a partir del rasgo más compartido por los lectores:

-que sea ficción
-que esté incluida dentro de lo que cada uno considera brevísimo
-que le exija su aporte
-que le produzca una emoción estética identificable
-que le cuente una historia
-que tenga humor
-que sea lúdica
-que sea recordable

Analicemos uno por uno estos rasgos. Que sea ficción: significa que es una composición imaginada o inventada que puede o no consistir en una historia y cuyo objetivo no es instruir sino generar algún tipo de emoción. Esto excluye de la microficción los textos puramente informativos y los ensayísticos. Que esté incluida en lo que cada uno considera brevísimo: el concepto de brevedad varía con la época y con el lector, lo que era breve en la época en que se escribían novelas en doce tomos hoy puede resultar extenso. Además cada lector percibe como breves textos de diferente longitud. Sin embargo, otros rasgos que también forman parte de la expectativa del lector de microficciones difícilmente pueden sostenerse en textos de más de una página. Que le exija su aporte: el lector habitual de microficciones sabe que va a tener un hiato al final de la lectura, una breve suspensión intelectual necesaria para producir sentido. Para que esta operación se produzca el texto le exigirá que recurra a su enciclopedia personal, a su poder de asociación, a su malicia, quizá a su picardía. En todo caso, lo provocará exigiéndole que aporte lo suyo. Hay un demandante silencio siempre presente en la microficción que debe aflorar y ser iluminado por obra del lector. Este silencio no es una palabra escamoteada que habrá que descubrir, como en la adivinanza. Tampoco el ocultar hasta el final un sentido de efecto risible, como en el chiste. El silencio de la microficción es complejo y su forma más extendida es la alusión, muchas veces irónica. De allí su enorme poder de sugerencia, su frecuente ambigüedad y polisemia y, también, su capacidad para travestirse. Gracias a la ironía una microficción puede parecer una noticia periodística o un microensayo, claro que en ninguno de los dos casos la lectura será literal porque el lector, que no es ingenuo, rechazará la naturaleza habitual del formato para adoptar la de la ficción. Que le produzca una emoción estética identificable: la construcción del silencio mencionado, requiere un cuidado extremo con las palabras. Lo que se diga deberá ser dicho con la mayor precisión. Hasta la ambigüedad debe ser precisamente calibrada. Precisión y concisión significan condensación de significado y, consecuentemente, brevedad. Es decir, la brevedad no es el punto de partida sino una consecuencia. Con concisión y precisión en las palabras y silencio entre ellas, se edifican arquitecturas mínimas de particular y reconocible belleza y, también, mecanismos de alta eficacia. Abandonemos ya para siempre la obligación del “final sorprendente”: nada hay menos sorprendente que una sorpresa anunciada. Que le cuente una historia: las microficciones narrativas se llaman microrrelatos y constituyen una abrumadora mayoría sobre el total de las que se escriben. Algunos les exigen que reúnan todos los requisitos de la narración (alguien a quien le pasa algo durante un lapso de tiempo) como en

El dinosaurio

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Augusto Monterroso

Y, en el otro extremo, hay quienes se conforman con que la historia esté apenas insinuada, es decir, fuera del texto, como en

Francisco de Aldana

Recuerde usted, señora, la noche en que nuestras almas lucharon cuerpo a cuerpo.

Juan José Arreola.

Los microrrelatos son las microficciones mejor estudiadas. Existe una teoría, desarrollada principalmente por el Prof. David Lagmanovich, que los considera el último eslabón en la cadena de la narratividad.
Cuando el microrrelato se somete a los rasgos antes mencionados de la microficción, sobre todo si alberga considerable silencio, toma distancia considerable del cuento corto: no hay progresión o desarrollo, su final suele no coincidir con el final de la historia (supuesto que lo haya) y es reemplazado por algunas posibilidades, fácticas o no, sutilmente sugeridas desde la última línea. Esto obliga a que su estructura, si bien narrativa, sea diferente a la del cuento. Que tenga humor: el humor de la microficción no es el del chiste, está ligado a la ironía y, en especial, a la sátira. Un ejemplo magnífico de cómo el texto recurre a la experiencia del lector para satirizar formas de dominación es

Caballo imaginando a Dios

A pesar de lo que digan, la idea de un cielo habitado por Caballos y presidido por un Dios con figura equina repugna al buen gusto y a la lógica más elemental, razonaba el otro día el Caballo.
Todo el mundo sabe –continuaba en su razonamiento- que si los Caballos fuéramos capaces de imaginar a Dios lo imaginaríamos en forma de jinete.

Augusto Monterroso

Que sea lúdica: la brevedad y el manejo virtuoso de las palabras hacen de la microficción campo propicio para el juego con las palabras y el sentido. Los autores suelen aprovechar, por ejemplo, las ambigüedades propias de la lengua, silencios que habitualmente manejamos sin darnos cuenta, para producir textos que las ponen al descubierto y desconciertan con sentidos inesperados.

Conozco a un hombre que dormía con sus brazos. Un día se los amputaron y quedó despierto para siempre.

César Vallejo

Que sea recordable: esto se le exige a cualquier ficción pero en el caso de la microficción suele suceder muchas veces que el texto se agota en el impacto por lo cual la exigencia cobra un valor especial.
Por supuesto, esta enumeración (en la que los cuatro primeros serían los rasgos necesarios que harían de una brevedad una microficción), es personal. La importancia de las características utilizadas para cualquier clasificación no es inherente a aquello que se clasifica sino que es asignada por el clasificador. Muchos consideran que la narratividad es tan importante como la ficcionalidad y la brevedad, y entienden que sólo estos tres serían los rasgos necesarios. Esto privilegiaría al microrrelato (definido como microtexto ficcional narrativo), lo pondría en el centro de gravedad del corpus, permitiría incluir ejemplos en la primera opción excluidos, y dejaría a otros en los márgenes o en una zona difusa más allá de sus límites.